Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli

  • La revolución de Fidel, el Che y sus barbudos solo ha sido una desoladora pérdida y ruina de 67 años de vida para los cubanos

Es una ironía de la historia que sea la administración Trump, a quien los problemas de la democracia interesan de poco a nada, y que prometió una presidencia sin guerras, la que haya liquidado la dictadura de Maduro en Venezuela, atacado a la teocracia islamista de Irán, y ahora esté acabando con la dictadura cubana. Lo cierto es que la dictadura llevaba meses en coma: sin electricidad, petróleo ni más energía alternativa que los animales de tiro, con la economía hundida que certifican las imágenes catastróficas de barrios enteros en ruinas, calles llenas de basura y escombros y tiendas vacías. Tras perder a Venezuela, su petróleo y divisas, Trump y Marco Rubio solo han tenido que intimar a rendirse a Díaz Canel y la cúpula castrista para que se apresten a negociar el fin de la calamidad instaurada el 1 de enero de 1959.

Cuba es el experimento comunista qué más apoyo y popularidad ha tenido, y también uno de los más patéticos en su fracaso. En los apoyos intervinieron varios factores: el antiamericanismo llamado antiimperialismo, la simpatía por el David barbudo frente al Goliat multimillonario del norte, el atractivo de una aventura que sintetizara alegría tropical, épica guerrillera y socialismo marxista, más la simpatía incondicional de los intelectuales llamados progresistas, nuestro tema concreto aquí. Y quien más y mejor representó ese cheque en blanco fue Jean Paul Sartre.

El Che, mesías de la revolución mundial

En la posguerra, Sartre devino con rapidez el filósofo y escritor más admirado de Francia, que era casi como decir del mundo occidental, y en el gurú de cualquier movimiento o tendencia opuesta a la democracia liberal y el capitalismo. Así que la revolución cubana de 1959 no podía sino entusiasmarle, como la revolución cultural de Mao o el terrorismo argelino. Al año siguiente visitó la isla durante casi un mes con su inseparable Simone de Beauvoir, y escribió numerosos artículos laudatorios. Pero lo que más impresionó al gran mandarín de las letras fueron los líderes revolucionarios, pues Fidel Castro aún no se había declarado comunista ni pasado con armas y bagajes al bloque soviético. Y quien más sedujo a Sartre fue el Che Guevara, así que hizo una contribución decisiva a la deificación del personaje como nuevo mesías de la revolución mundial.

Una fotografía muestra a la pareja francesa en un sofá escuchando arrobados al Che Guevara, con la famosa imagen de barba rala, pelo largo, boina con estrella y uniforme militar que inmortalizara Alberto Korda justo durante aquella visita; Fidel acompaña puro en mano. Del Che, Sartre escribió que era “no sólo un intelectual sino también el ser humano más completo de nuestra época”. Tamaño entusiasmo se entiende mejor a la luz del carácter medroso del propio Sartre, que reconoció en el Che al psicópata revolucionario sin escrúpulos que él no pudo o se atrevió a ser. Durante la ocupación alemana se mantuvo fuera de la resistencia y de toda aventura peligrosa; pudo estrenar tranquilamente en el París ocupado Las moscas y A puerta cerrada, y publicar El ser y la nada (1943) sin la menor molestia por parte de la censura nazi. Quizás ocultó su impostura de falso resistente elevando a los altares al Che Guevara, o al sanguinario y fanático panfletista Franz Fanon. También atacando a Albert Camus, que sí participó en la resistencia antinazi, por su posición en la terrible guerra civil de Argelia, crítica con el terrorismo nacionalista y con la brutal represión francesa. Sartre estaba, por supuesto, con los terroristas, pero a salvo en sus amados cafés de París.

Refuerza esta teoría de sustitución y activismo violento revolucionario por sujeto delegado que, a diferencia de los intelectuales que rompieron con el castrismo según se convertía en otra dictadura comunista –Octavio Paz, Vargas Llosa, Cabrera Infante-, Sartre mantuviera intacto toda su vida el apoyo a la dictadura de Fidel Castro y a la memoria del Che.

El compromiso existencial con la violencia

Otra explicación la proporciona la teoría del compromiso político desarrollada por Sartre y convertida en dogma de generaciones de intelectuales comprometidos, valga la redundancia. El primer Sartre existencialista estaba lejos del marxismo, donde más tarde se refugió a su impostada manera, pero sostuvo que la misión de la vida es elegir por uno mismo una identidad personal y desarrollarla sin límites: la libertad no sería sino esa elección. Se convierte en compromiso político al exigir elecciones similares a los demás a partir de la náusea existencial que, inevitablemente, implicaba romper con la herencia cultural, social o ideológica. En esa perspectiva, la elección más admirable era la revolución en la que un país entero elegía romper con su historia y ser algo completamente diferente. Romper con violencia y sangre con el pasado colonial y los colonizadores, como pedía Franz Fanon y hacía Ben Bella en Argelia, o los castristas-guevaristas en Cuba y el mundo entero tratando de crear muchos Vietnam.

El perspicaz escritor Ernst Jünger, ocupante en París como oficial de la Wehrmacht, ya observó que la obra de Sartre podía servir para justificar cualquier elección de identidad por amoral o putrefacta que fuera, y Carl Schmitt anotó en el mismo sentido su utilidad blanqueadora para los antiguos nazis, pues si uno había decidido libremente hacerse nazi, no cabía reproche alguno según la moral sartreana. Así que, para Sartre y los suyos, la dictadura cubana estaba plenamente justificada por su carácter de alternativa violenta a la liberal democrática y al capitalismo, representado por los Estados Unidos. Ese papel justificaba cualquier tropelía que la dictadura pudiera cometer, desde apoyar dictaduras izquierdistas y terroristas de todo el mundo a reprimir y arruinar al pueblo cubano, convertido en mero objeto experimental del compromiso político sartreano.

Lo mismo que sigue defendiendo hoy Noam Chomsky y la paleoizquierda mundial, cuya desolación por el fin del desastre cubano y sin la menor épica con la que consolarse, es proporcional a la alegría y alivio de los cubanos que estos días asaltan y queman sedes del infame Partido Comunista. Y con ellos, de todos los demócratas del mundo. Porque lo más terrible de la dictadura que encandiló a Sartre y a centenares de escuchados y admirados intelectuales autodeclarados progresistas es que la revolución de Fidel, el Che y sus barbudos solo ha sido una desoladora pérdida y ruina de 67 años de vida para Cuba. A cambio, no ha obtenido absolutamente nada aparte de canciones revolucionarias, obscena propaganda tergiversadora y un país en ruinas a reconstruir. Y ha sido una vida entera.