Ignacio Camacho-ABC

  • El bloqueo ferroviario de la Costa del Sol es un síntoma de ineptitud técnica, esclerosis funcional e irresponsabilidad política

Ocupado en hacer oposición a Trump, a Von der Leyen, a Netanyahu, a Ayuso, a Feijóo y al lucero del alba –menos a los amigos de Zapatero que siguen controlando el régimen venezolano–, el Gobierno se ha olvidado de gobernar, ese aburrido trabajo que consiste en ayudar a la gente a resolver sus problemas cotidianos. Asuntos como la vivienda, el precio de la luz, de la gasolina, de los tomates y demás suministros básicos, la eficacia de los servicios burocráticos de la Administración del Estado o la gestión del tráfico ferroviario para que los trenes no lleguen con retraso. (Incluso para que simplemente lleguen a destino sin contratiempos trágicos). El grito contra la guerra, que está muy bien, no agiliza ninguno de esos trámites esenciales para la vida diaria de los ciudadanos, aunque nos hayamos acostumbrado a no protestar por pura resignación al colapso, por convicción de la inutilidad de quejarnos, por certidumbre estoica de que de cualquier modo nadie nos va a hacer caso.

El caos de la alta velocidad quizá sea el ejemplo más claro y deplorable de esa desidia tan normalizada, tan rutinaria, que ha dejado de ser noticia: un calvario de incidencias eléctricas, averías del material rodante y fallos en las vías. Pero dentro del escandaloso deterioro, símbolo de una gobernanza en ruinas, el aislamiento de Málaga y la Costa del Sol en el arranque de la temporada turística constituye un monumento a la incompetencia técnica, la esclerosis funcional y la desfachatez política. Porque además de no haber sido aún capaz de reparar un talud hundido hace más de cuarenta días, la cúpula de Transportes elude dar la cara ante una opinión pública lógicamente enfurecida. Ni el ministro Puente, tan farruco en las redes sociales, ni la vicepresidenta Montero, candidata socialista en Andalucía, se han dignado comparecer para dar las explicaciones que una de las metrópolis más dinámicas de España merece y necesita. Sobre la torpeza, irresponsabilidad, y sobre la ineptitud, cobardía.

Las autoridades sanchistas aprovechan la psicosis de inseguridad desencadenada por el accidente de Adamuz para camuflar su negligencia. El desbarajuste es por nuestro bien, aseguran, un ejercicio de prudencia que conlleva inevitables molestias –«disculpen las mejoras», ¿recuerdan?– mientras todo se arregla. Pero la catástrofe de Sierra Morena no fue más que un síntoma, una letal consecuencia de un modelo en quiebra completa. La inversión tecnológica más importante de las cuatro últimas décadas se ha hundido por una acumulación de dejadez, corrupción, clientelismo y pereza. Así, mientras la Guardia Civil y la comisión de expertos alertan sobre la opacidad de Adif a la hora de informar con detalle de la tragedia cordobesa, el litoral malagueño vive una epidemia de cancelaciones de reservas ante la ausencia de alternativas para un sector de enorme relevancia estratégica. Por mucho menos en Cataluña rodaron cabezas. Pero en este viejo país ineficiente (Gil de Biedma) hay territorios de segunda y de primera.