Luis Ventoso-El Debate
  • La principal ventaja de estos intérpretes graníticos es que son capaces de interpretar de manera imperturbable unos papeles totalmente inverosímiles

En 2003 se nos fue el rocoso Charles Bronson. A Bruce Willis lo tenemos ya prejubilado por unos tristes problemas neuronales. Y ahora ha caído con 86 años el gran Carlos Ray Norris. O Chuck, para las artes interpretativas y marciales.

Poco a poco se nos van los héroes clásicos de las pelis de mamporros, tan apropiadas para una medio cabezada ante la tele en un sábado un poco tontolaba. Pero no todo está perdido. Todavía contamos con el esforzado Jason Statham; con Liam Neeson y su serie Venganza, de cuyas entregas se ha perdido la cuenta; con el impávido Keanu Reeves en su rol de John Wick y con el veterano de guerra Stallone, que aunque acartonado, cualquier día vuelve a anudarse la cinta de Rambo en la frente y gana él solo de una tacada un par de guerras, como ya hizo con la de Afganistán, cuando se merendó a a caballo a medio Ejército soviético.

Chuck se enroló en la Fuerza Aérea de Estados Unidos con 18 años y lo mandaron a Corea. Allí se interesó por las artes marciales, campo en el que acabaría creando hasta su propia disciplina, el Chun Kukdo, que nos coge ya mayores para iniciarnos. Bruce Lee se fijó en él y lo fichó para hacer de malo en varias pelis de kárate, de esas que tanto amenizaron los gallineros de los cines de pueblo españoles en el siglo pasado. A partir de ahí, Chuck Norris inició una exitosa carrera en el cine y la televisión.

Como actor, el hierático Chuck hacía gala de una expresividad equiparable a la de una escultura del románico. A diferencia de Chuck, Keanu Reeves al menos es capaz de arquear una ceja. Stallone, aunque no puede mover media cara, logra mirar con ojos de pena y es capaz de hablar. Clint Eastwood constituye ya un portento escénico, pues ha conseguido levantar ambas cejas de modo alterno e incluso es capaz de fruncir los labios y el entrecejo (como director sí es un titán).

Con esta caricatura exagerada quiero decir que todos estos actores de registro limitado han alcanzado el estrellato gracias a una personalidad propia y acusada. Han logrado crear un personaje reconocible: el tipo duro que aguanta lo que sea de una manera imperturbable.

Peter es un actor de la escuela de Chuck y otros mamporreros. Es más malo que la quina, pero se muestra granítico, a prueba de todo, porque todo le resbala. Este viernes asistimos a un ejemplo esperpéntico de esa forma de actuar:

Tras ser exterminados en las elecciones de Castilla y León, los integrantes del moribundo yolandismo necesitaban hacer un gesto para la galería, plantarse de algún modo ante Peter. Una posibilidad era dejar sus cargos, abandonar el Gobierno. Pero antes muertos que sin su berlina oficial y su casoplón a cuenta del Estado, pues saben que cuando caigan no volverán a verse en otra igual. Así que a modo de pellizco optaron por montar un espectáculo: o añades lo de la vivienda al paquete de ayudas, o no entramos a la reunión del Consejo de Ministros. El show preescolar duró dos horas, hasta que alcanzaron un acuerdo que era harto previsible, pues estos vividores de la política amagan, pero nunca dan. Viceboutique tiene que seguir ahí como sea, porque en los meses que restan de sanchismo todavía puede programarse viajes oficiales a las nieves del Kilimanjaro, la Isla de Pascua, Hawái y el Festival de Sundance. Como poco…

Tras el amago de boicot del yolandismo terminal, Peter se presentó ante las cámaras imperturbable, como un actor rocoso que se aferra a su único papel, el de atornillarse a la silla negando la realidad. Su rostro demacrado y crispado constituía toda una estampa de su destemplanza psicológica. Ojeras mal maquilladas, pupilas echando fuego, la boca torcida –sin que la sonrisa postiza pudiese disfrazar esta vez el acopio de mala leche que lo carcomía–, los pómulos huesudos, con esas extrañas rayas oscuras que los marcan desde que empezó a enflaquecer con los disgustos de su mujer, su hermano, su fiscal, su Ábalos, sus derrotas parlamentarias…

Nuestra oposición es manifiestamente mejorable. Con todo lo que tiene Sánchez encima, han sido incapaces de trasladar al conjunto de la sociedad española la idea de que no tenemos Gobierno, sino solo un simulador dedicado a la propaganda y que okupa el poder sin haberlo ganado en las urnas. Pero hay que concederles a PP y Vox que es muy difícil hacer mella en un político amoral, al que todo le da igual y hace gala de una jeta de acero inoxidable.

Mientras veíamos el plante de Sumar, en el periódico comentábamos bromeando entre nosotros: «Ahora, en un rato, saldrá ahí el tío y dirá que aquí no ha pasado nada». La realidad superó a la chanza. Sánchez salió a la palestra y sin despeinarse explicó a los españoles que el circo de dos horas a las puertas del Consejo de Ministros «no es un problema, sino todo lo contrario, porque el diálogo es un activo de este Gobierno de coalición».

Vivimos en el cuento del rey desnudo, en un gran carnaval disimulado por la realidad paralela de las televisiones del régimen. La ventaja de Sánchez es que la acumulación de disparates ha llegado a tales extremos que la opinión pública ya no se espanta por nada. Un día veremos a los ministros de Sumar y el PSOE disparándose con pistolas de agua en el Consejo de Ministros y el Telediario de TVE abrirá con Mazón y Vito Quiles.