Antonio Rivera-El Correo
Las cosas con el tiempo se naturalizan. Tras veinticuatro ediciones, creímos que la Korrika salía sola y que daba vueltas por el país sin nadie detrás, con el simple y espontáneo impulso del pueblo. Ahora vemos que no es así, que la Korrika es de alguien, capaz de decidir quién va y quién no, y cómo. Esos dueños han resuelto que la presencia de Comisiones Obreras no es bienvenida porque antepone los derechos laborales de los trabajadores a los del idioma. Ese sindicato (y más gente) rechaza que el conocimiento de la lengua sirva para limitar el acceso al empleo público a una parte exclusiva de la población. Enfrente, otro sindicato (y más gente) no ve discriminación en ello. Los dueños de la Korrika han decidido que estos segundos tienen razón y que la actuación de los primeros «lastra el desarrollo de nuestra lengua».
El cisma ilustra el hecho evidente y conocido de viejo de que el euskera puede ser una realidad prepolítica, transversal y común a las diversas maneras de vernos, pero que no lo es su sentido social. Como otros instrumentos sociales, las lenguas se mueven de manera dinámica entre el prestigio y el estigma. El euskera vive ahora en una situación prestigiosa porque lo defienden las instituciones y una mayoría de la ciudadanía, y porque es útil para prosperar socialmente. Esa coincidencia, en un primer momento, contenta a todos, pero, cuando se limita la oferta de satisfacciones a su través, obliga a exagerar la exigencia, deja fuera a personas y genera descontento, deja de ser naturalmente aceptado. Del mismo modo, cuando su funcionalidad se convierte en lo sustantivo y no se traduce en un uso social voluntario y cotidiano, se comienza a valorar la necesidad de pasar de la libertad a la obligación para así escapar a la evidencia del fracaso.
Estamos ya en esas dos situaciones y el debate de esta edición lo desvela. Y lo hace respondiendo a la ideología partidaria que ha ido haciéndose dueña de la Korrika a lo largo de este casi medio siglo. Diferentes expresiones de parte y sobre distintas problemáticas lo dejaban claro en cada edición y lo han vuelto a hacer en esta recién comenzada. El cisma es tan serio que ha obligado a todos a tomar posición. Unos han resuelto no ir (PSE), otros rezan por la concordia (PNV), otros se ponen de perfil (Bildu), otros se caen del guindo (Podemos, IU, Sumar) y otros se confunden con los dueños de la carrera (ELA) y así resuelven en su favor este nuevo pulso sindical (y social).
Lo resumía bien el texto de la tosca pancarta vista en los primeros kilómetros de la presente edición: «CC OO, PNV eta PSOE, zuek gabe hobe» (sin vosotros mejor). Igual sí, sin ellos, ni su apoyo social, ni el de las instituciones que gobiernan, ni el de los presupuestos infinitos para el tema. El pueblo por sí mismo. Una elección que los dueños de la Korrika podían haber tomado ya en 1980, pero que han preferido postergar en el tiempo porque siempre es mejor gestionar privadamente los recursos públicos conseguidos que valerse solo por los propios. Es lo que llamamos en Euskadi iniciativa popular.