Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli

  •   El caso español es para nuestra desgracia la peor versión de la democracia de confrontación

Una descripción recurrente por parte de políticos, periodistas, académicos y comentaristas en general al referirse al clima reinante hoy en España entre el Gobierno y la oposición suele recurrir a dos términos con inusitada frecuencia: “crispación” y “polarización”. Desde el célebre “Nos conviene que haya tensión“de Zapatero en conversación con Iñaki Gabilondo en 2008 tras una entrevista en televisión cuando creía que su micrófono ya no estaba abierto, es innegable que la temperatura del enfrentamiento entre partidos ha ido aumentando hasta alcanzar un nivel patológico que pone en peligro la salud institucional del sistema.

La dialéctica amigo-enemigo establecida por Carl Schmitt se ha impuesto en la escena pública española generando un espectáculo constante de descalificaciones, insultos, deslegitimaciones y desprecios que convierten cualquier sesión parlamentaria nacional o autonómica o pleno municipal en un cruce agrio de injurias e improperios que imposibilitan el intercambio racional de argumentos o la crítica fundamentada en datos objetivos. Últimamente han aparecido los primeros conatos de violencia física, que suele ser la secuela inevitable de la verbal cuando ésta alcanza cotas indigeribles.

Dinamitar la Transición

El origen de este enrarecimiento de la atmósfera política está en la victoria por mayoría absoluta de José María Aznar en la elecciones generales del año 2000 y en la constatación por parte de la izquierda de que la única forma de recuperar el poder consistía en dar una patada al tablero, resucitar el guerracivilismo -de ahí las leyes de Memoria- , dinamitar el legado de la Transición basado en la reconciliación y en el diálogo y dividir a los españoles como sucedió en 1936 en dos bandos irreconciliables cuya única manera de relacionarse fuera la embestida mutua.

Las democracias pueden ser de confrontación o consensuales. En las primeras la lucha por ganar la mayoría es implacable y la oposición somete al Gobierno a un marcaje inmisericorde hasta derrotarle en las urnas. Esta dinámica de acoso y derribo a la mayoría por parte de la minoría que aspira a reemplazarla no es incompatible, véase el Reino Unido, con la aceptación por todas o casi todas las fuerzas representadas en las Cámaras de un conjunto inamovible de supuestos básicos, la Corona como cúspide del entramado constitucional no escrito, el interés nacional cuando éste se encuentra con verdaderas amenazas y una serie de convenciones que marcan límites que no se traspasan. En las segundas no existe una clara definición entre Ejecutivo y oposición, los procedimientos están pensados más para alcanzar acuerdos que para que haya un ganador y un perdedor y los debates son preferentemente sobre cuestiones técnicas y no ideológicas Un ejemplo notorio de esta estructura es la Unión Europea, donde no hay un Gobierno y una oposición, el Consejo está formado por ministros de los Estados Miembros, pero es una institución legislativa y en la Comisión se sientan representantes de diferentes familias políticas que deben actuar colegiadamente.

El caso español es para nuestra desgracia la peor versión de la democracia de confrontación porque une a la dureza del combate electoral la ausencia de un acervo compartido de principios, valores y tradiciones inmune a los cambios de mayoría. Con decir que un tercio del Congreso de los Diputados tiene como objetivo confesado liquidar la Nación a la que representa y que el principal partido del Gobierno se apoya en esta jauría para mantenerse en La Moncloa, no hace falta añadir nada más. Además, no es que la izquierda en el poder no dé cuartel al espacio alternativo liberal-conservador, es que lo deslegitima como actor democrático, lo califica de fascista y llama a levantar un muro que lo aísle en una intimidante versión contemporánea del “No pasarán”.

Desprecio y ofensas

Lo más triste de este cuadro decepcionante es que el recurso a la polarización, es decir, la visión del adversario político como un enemigo a exterminar, como un mal químicamente puro con el que uno no debe contaminarse ni siquiera hablando, como un apestado que sólo merece desprecio y ofensas, suele ocultar la carencia de un proyecto atractivo de vida colectiva, la pobreza intelectual del que no dispone de los conocimientos necesarios para articular un armazón conceptual que preste solidez a sus propuestas y el resentimiento del que es consciente de su rampante mediocridad y no soporta tener delante una opción de mayor fuste y superior nivel. La polarización aparece así como una rencorosa manifestación de impotencia, como la rabia incontenible y mezquina del que sólo puede mandar destruyendo previamente todo lo que es noble, excelso y valioso, para reinar espumeando frustración sobre un desolado erial.