Ignacio Camacho-ABC
- En una guerra donde los demás dirigentes europeos ven un grave problema, Sánchez cree atisbar una coyuntura de conveniencia
Las tres últimas elecciones regionales han venido a confirmar que la estrategia de la polarización ha invertido su efecto. La idea en la que Sánchez ha basado su estancia en el poder es, o era, la de un enfrentamiento de bandos –bloques– capaz de garantizarle una especie de empate eterno que los nacionalistas y separatistas, cuyos votantes actúan con una lógica propia, zanjarían siempre inclinando la balanza hacia el lado izquierdo. Pues bien, por las razones que sean, el rechazo, la decepción, el hartazgo o el desgaste causado por la inercia del tiempo, ese empate ha quedado resuelto, desequilibrado con carácter inexorable en contra del Gobierno. Por muy mal avenidos que el PP y Vox se muestren a la hora de establecer acuerdos, juntos superan en todos los casos el cincuenta por ciento. Y sus sectores sociológicos de apoyo pueden entender dificultades o reticencias entre ellos para investir a Guardiola, Azcón o Mañueco, pero no van a admitir titubeos cuando llegue el momento desalojar a Pedro.
El presidente, no obstante, cree haber encontrado en el conflicto de Irán lo que ahora se llama una ventana de oportunidad para recuperar al menos una parte del respaldo perdido en la izquierda. Donde la mayoría de los dirigentes europeos ven un grave problema, él atisba un resquicio, una coyuntura de conveniencia que le podría permitir nivelar sus expectativas adversas. Difícil; aunque las contradicciones, la improvisación y la zafiedad de Trump acaben dando la razón a quienes cuestionan la necesidad y el planteamiento de esta guerra, el factor esencial de decisión de voto seguirá centrado en las cuestiones domésticas. Ya se vio en Castilla y León y con alta probabilidad se volverá a comprobar en Andalucía esta primavera, donde la mayoría absoluta de Juanma Moreno depende sólo de la correlación interna de fuerzas entre los dos partidos de la derecha. En ese sentido no cabe prácticamente ningún margen de sorpresa porque el avance conservador responde a un consolidado cambio de tendencia.
Al sanchismo, cuya muleta de apoyo, Sumar, se ha quebrado sin visos razonables de recomponerse del descalabro, sólo le salvaría ya un cisne negro, un acontecimiento inesperado con suficiente potencia para sacudir el tablero y ponerlo boca abajo. Para eso sería necesario que la contienda en Oriente Medio provocase un terremoto global sostenido a medio y largo plazo, y aun así suelen ser los gobernantes en ejercicio los que salen peor parados en estos casos, por ejemplo en los procesos de recesión económica o incremento inflacionario. Lo único a lo que el jefe del Ejecutivo está en condiciones de aspirar es a sostenerse después de la derrota en el liderazgo de un PSOE fortalecido por la absorción de su principal aliado. Más allá de eso y descartado el pucherazo –por inviable en términos fácticos, no porque vaya a faltar voluntad de intentarlo–, necesitará algo parecido a un milagro para revalidar el mandato. En este momento sólo una autolesión de sus adversarios podría proporcionárselo.