- El debate en torno a la libertad lo mantienen aquellos que, mareados o agotados, empiezan a pasar más rato fuera que dentro, acostumbrándose a una luz que a la mayoría de sus congéneres les resulta cegadora, a un silencio que otros consideran insoportable, a una quietud que relacionan con la muerte
En la caverna de Platón ya no ven sombras en un muro; ahora tienen una pantalla gigante cuyos límites apenas alcanza uno a reconocer. Tampoco están atados. Siempre han podido girar la cabeza, si bien la atracción de aquel océano de píxeles les mantiene desinteresados de lo que tienen detrás, tan invariable, tan tosco. La permanente atención a imágenes y sonidos artificiales (que a veces adoptan estructuras lingüísticas) es voluntaria. De ahí el debate. ¿Son prisioneros o no? ¿Es menos dueño de su vida el prisionero platónico de la caverna, sin posibilidad de acceder al conocimiento de la realidad, que nuestro complacido cavernícola adicto a la pantalla, dueño de sus movimientos, libre de salir cuando quiera a tomar el aire, dotado de inteligencia suficiente para hacerse una idea de su situación?
El debate en torno a la libertad lo mantienen aquellos que, mareados o agotados, empiezan a pasar más rato fuera que dentro, acostumbrándose a una luz que a la mayoría de sus congéneres les resulta cegadora, a un silencio que otros consideran insoportable, a una quietud que relacionan con la muerte. Los pocos que prefieren estar fuera, lejos de caer en el abismo de una nada demasiado luminosa, mantienen apasionadas conversaciones sobre la libertad, sobre la condición de su especie, sobre las causas que llevan a los de dentro a la renuncia. La discusión llegó cuando surgieron, entre los hartos de la pantalla, facciones que se atribuyeron la renuncia.
«¡En modo alguno!» —respondían otras facciones. Conviene subrayar en este punto que el número de facciones de un grupo puede crecer por encima del número de componentes del mismo. Por contraintuitivo que parezca. «¡En modo alguno! Nosotros no renunciamos a nada. Existe un mundo auténtico, al que nos apegamos, y luego está la zombificación, o la primatización, o la evolución inversa de esos que se encierran ahí dentro para aturdirse. Son ellos los que renuncian al mundo, a la vida, a los horizontes despejados que nos ofrece este paisaje». Otras facciones dirigen su atención al concepto de realidad, que reputan el único relevante. «¿A quién le importa la etiqueta ‘renuncia’? Postulamos que esto de fuera es real, pero aquello de dentro también. Todo es real. Y racional».
«¡Amigos, amigos, solo la libertad merece nuestros desvelos, nuestra energía y aun nuestra vida! Deberíamos circunscribir el debate a un objetivo primero: elucidar si todos somos libres, también los componentes de la adormecida y estulta masa de ahí dentro, o si solo lo somos nosotros». Entonces salió un tipo por la boca de la caverna, dando tumbos, con una sonrisa atontada y protegiendo con una mano, a modo de visera, sus ojos del sol despiadado. Se dirigió a ellos: «Ambos mundos son igual de reales, y solo se puede renunciar a una parte de la realidad por algo que sea más real aún. ¿Dios? De momento, aquí el único libre soy yo, disfrutando de la pantalla durante el día y de la naturaleza por la noche. Diviértanse un poco. Adiós».