Miquel Escudero-El Correo

La periodista Gloria Steinem, un referente clásico del feminismo, soltó un día una frase que hizo mucho ruido y que aún resuena: «Una mujer necesita a un hombre como un pez necesita una bicicleta». Esto es, para nada. Dejando de lado las irreductibles beligerancias antimasculinas (o, acaso, antifemeninas), la profesora Camille Paglia –también feminista y estadounidense– lleva años planteando, de forma totalmente desacomplejada, liberar el feminismo de las feministas oficiales. Hace casi veinte años, en una conferencia dada en Harvard y recogida en su breve libro ‘Feminismo pasado y presente’, planteó unas preguntas que no pueden soslayarse: ¿Quién define qué es ser feminista? ¿Quién confiere legitimidad o autenticidad al feminismo? Por otro lado, solo gritando consignas, qué se consigue de provecho.

Camille Paglia, una especie de Pepito Grillo del feminismo, advierte de que en Occidente se ha disparado el número de gente cohibida y reacia a expresar puntos de vista no ortodoxos, impera una emocionalidad ‘correcta’ que amenaza al disidente. Paglia reclama el derecho a oír voces objetivas, claras, desapasionadas. Y reivindica leer a los grandes autores, que, aun pudiendo ser objetables, estimulan la imaginación y «nos activan células cerebrales que ni siquiera sabíamos que teníamos».

Entre estos autores está Mary Wollstonecraft que compuso la ‘Vindicación de los derechos de la mujer’ a fines del siglo XVIII, madre de Mary Shelley, autora de la famosa novela en la que nació Frankenstein y casada con el poeta Shelley.

Hacia 1860, el número de bicicletas se expandió. Y hoy, prácticamente, cada ‘pez’ puede tener una, aun sin necesitarla.