Manuel Marín-Vozpópuli
- Sánchez ha transformado la socialdemocracia española en un pseudosocialismo extremista populista, intervencionista y corrupto
Si algo están demostrando los microensayos electorales de las elecciones generales con las urnas autonómicas en Extremadura, Aragón o Castilla y León es que en el análisis de la fractura de España entre bloques ideológicos izquierda-derecha, la primera está prácticamente en derribo. La evidencia de los reiterados porcentajes de voto oscilantes entre el 53 y más del 60 por ciento favorables a partidos de la derecha sitúan a la izquierda ante un espejo demoledor: no movilizan, no gestionan y no lideran. Punto. El ciclo ha virado -el tiempo hasta las elecciones generales de 2027 determinará si de modo irreversible- y no hay muchas más lecturas que ofrecer. El PSOE, el sanchismo, sólo consigue nutrirse de votos de una extrema izquierda que se ha autodestruido víctima de su demagogia, sus contradicciones y su inutilidad gestora. No es nuevo que Pedro Sánchez, pésimamente aconsejado por José Luis Rodríguez Zapatero, optó por podemizarse con una doble estrategia de radicalización programática y de fagocitación de líderes sin criterio abducidos por la moqueta y el protagonismo. Pero sí es nueva la consecuencia. Sánchez ha logrado parte del objetivo, que la extrema izquierda votante ya no se sienta representada por ningún gurú de la nada ni por liderazgos prefabricados en una peluquería. Sin embargo, no ha logrado el segundo fin perseguido: sencillamente, no le da para sumar.
Este terreno táctico está trillado y, salvo algún tipo de convulsión social movilizadora de una izquierda aburrida, nada hace indicar que ponga en peligro el ‘pendulazo’ hacia la derecha. En cambio, el terreno estratégico es mucho más complejo. En España hay una izquierda que está dejando de existir. La lógica sostiene históricamente que socialismo y liberalismo son antagónicos. La ‘realpolitik’ y las escalas en gris entre lo blanco y lo negro demuestran por el contrario que ese principio es falso. Aquel mito de la ‘socialdemocracia liberal’ no es nuevo. Tiene ya un siglo, y quedó demostrado, entre otros ejemplos, con el legado intelectual de auténticos luchadores contra el fascismo como Carlo Roselli, en Italia, o Gustav Müller, en Suecia. Sánchez ha conseguido que la socialdemocracia haya dejado de existir en nuestro país para transformarla en un pseudosocialismo extremista populista, intervencionista… y corrupto. Y es exactamente lo que la izquierda ha empezado a pagar.
La pregunta sin respuesta es por qué un modelo de socialdemocracia compatible con el liberalismo, económico e ideológico, ha dejado de tener cabida en nuestro sistema. Por qué no es posible que emerja una izquierda moderada que no manipule sus procesos de primarias, que no contrate prostitutas en empresas públicas, que no llame ‘chistorras’ a los billetes de 500 euros, que no falsee las cifras del paro y que no engañe a sus votantes con el metalenguaje de los “escudos” sociales, energéticos, antifascistas y demás protecciones tan virtuales como falsas. Por qué no es posible un socialismo racional que asuma la lógica del mercado con la vivienda, que no se apropie de las instituciones hasta desnaturalizarlas, que no incurra en un intervencionismo de control absoluto sobre cada rincón de la esfera pública, que no asalte consejos de administración de empresas privadas o que no marque a jueces y fiscales desde la mesa del Consejo de Ministros. Por qué ha dejado de existir una izquierda que no desprecie al Congreso y al Senado como si fuesen apéndices sumisos del BOE, o que no trafique con la presidencia de empresas públicas y privadas para fomentar el cortijismo que tanto debería deplorar por principios esa izquierda, o que proteja al campo, al autónomo, al trabajador. ¿Por qué imponer un socialismo obsoleto cuyo modelo fiscal es desfalcar al ciudadano sin miramientos?
¿No es posible una socialdemocracia que no desguace a la clase media con un atraco sistémico a su bolsillo? Que no privilegie al nacionalismo y al separatismo, que sepa y asuma que en España hay una soberanía nacional y no una soberanía popular, que no amnistíe al golpistas a cambio de unos pocos escaños, o que no sea una izquierda identitaria, que es exactamente lo contrario de lo que defendió siempre antes. Una izquierda que no mienta, o al menos no lo haga con un descaro obsceno, que entienda que las cuestiones de Estado -defensa, política exterior, inmigración o justicia- se pactan y no se imponen. Una izquierda que no se mimetice con el extremismo okupatorio, que tenga mínimos conocimientos legislativos para no tener que excarcelar a violadores por incompetencia manifiesta, o que no se compre a base de talonarios ideológicos un Tribunal Constitucional, un CIS o la televisión pública. O una izquierda que no haga negocio recaudatorio a base de destrozar las infraestructuras, o que no censure la libertad de información y expresión en una democracia.
El futuro de la izquierda ya no va a poder pasar por financiar un Estado subsidiado basado en la compraventa de votos a cambio de paguitas, sino por un convincente y realista sentido de la igualdad, sin necesidad de falsear ideas y estadísticas, o de crear farsas cuyo único resultado es la discriminación real. Esta semana, un agricultor, apicultor para más señas, ha cambiado de sexo solo para poder acceder a unas ayudas que el Estado solo concede a mujeres. Y eso se llama permisividad con el fraude, negligencia legislativa… y sucesión de fracasos en las urnas. ¿Hay una izquierda capaz de defender lo afirmado? Sí. Pero está agazapada, es cobardona y, sobre todo, tiene miedo de que la tilden de ‘facha’. Y sin embargo, es la única que podría rescatar al PSOE del marasmo al que le ha condenado el sanchismo. El espacio a su derecha está libre como un taxi.