Héctor Schamis-ABC
- La Europa que reclama más multilateralismo a Washington no está en condiciones de practicarlo ella misma
Desde el mismo título traigo aquí ‘World Order’ de Kissinger, cuyo argumento es en realidad sobre la ausencia de orden. En sus palabras: «Aunque ahora se invoca a la comunidad internacional con más insistencia que en cualquier otra época, esta no presenta un conjunto claro o acordado de objetivos, métodos o límites. El caos amenaza con una interdependencia sin precedentes». Fue publicado en 2014. Nunca más oportuno, ese año Rusia se anexionó Crimea y ocupó el Donbás, preludio de la invasión de febrero de 2022. El texto enfatiza la necesidad de un orden capaz de equilibrar el poder entre las naciones y negociar sus instituciones antagónicas. Según algunos, el internacionalismo liberal de la posguerra escribió las reglas para la convivencia pacífica. Para otros, fue la creación en la Guerra Fría de una estructura que aseguró la disuasión, la autolimitación y el equilibrio entre las dos potencias con la máxima capacidad destructiva. El estudio de las relaciones internacionales discurre así entre una lectura y la otra, entre el liberalismo y el realismo.
El fin de la Guerra Fría produjo más que un cambio de régimen. Dio lugar a la reconfiguración del propio mapa europeo, lo cual invitó a repensar la teoría. Tres Estados (la URSS, Checoslovaquia y Yugoslavia) se convirtieron en veintidós de la noche a la mañana. Fue en paz con el «divorcio de terciopelo» de Praga y Bratislava, pero también ocurrió con guerra y genocidio en los Balcanes, y con conflictos secesionistas en la Federación Rusa. Kissinger es imprescindible en esto, pues resulta difícil concebir un orden internacional en las antípodas de un sistema westfaliano; es decir, sin Estados soberanos estables. La disolución de estos Estados multinacionales describe las dificultades para diseñar un orden internacional post Guerra Fría. La unipolaridad fue efímera, derivando en un sistema multipolar. La opción de un multilateralismo robustecido –basado en la expansión de la UE y la OTAN– fue neutralizada por el surgimiento de fuertes sentimientos etnonacionalistas, ya sea en Estados al otro lado del Muro (los Balcanes, Hungría y Eslovaquia) como también en comunidades políticas subnacionales en Europa occidental, piénsese en Cataluña, Escocia o el Piamonte, además del Brexit.
El énfasis identitario colisiona con la propia lógica supranacionalista de la Unión. El diseño constitucional (y contradictorio) exacerba dichas inconsistencias. La Unión combina una moneda común con independencia fiscal. Centraliza el control fronterizo, pero descentraliza la política migratoria. Y la burocracia de Bruselas es cada vez más dominante. O sea, la Europa que reclama más multilateralismo a Washington no está en condiciones de practicarlo. La erosión del atlantismo no es obra solo de EE.UU. El reciente intercambio en Múnich ilustra el punto. En tácita respuesta a Marco Rubio, Merz lamentó que «el orden internacional basado en derechos y reglas está siendo destruido». Por ello, «Europa tiene que convertirse en un poder geopolítico», agregó Macron. Según Starmer, «los europeos debemos construir nuestro poder duro, ser capaces de disuadir la agresión y, de ser necesario, luchar». Buena parte de la prensa europea se hizo eco con referencias al supuesto «fin del liderazgo de EE.UU».
Lo paradójico es que, en Múnich, Rubio reafirmó el compromiso de EE.UU. con Europa, destacando la dimensión civilizatoria de la relación. Se refirió a una alianza que «salvó y cambió el mundo», planteando la necesidad de revitalizarla. Subrayó desacuerdos en materia de inmigración, energía y la agenda climática europea, que consideró muy ideológica. También rechazó la idea de que la gobernanza global reemplazaría el interés nacional. Abrió una puerta para la cooperación, pero dejando claro que la pieza fundamental en la construcción del orden mundial seguiría siendo el Estado-nación. Sonaba muy ‘kissingeriano’.
En este desorden del posmultilateralismo, Europa tiene tanta o más responsabilidad que cualquier versión del unilateralismo americano. Las ambigüedades europeas en relación a la OTAN son muy anteriores a la llegada de Trump a la Casa Blanca. En 1966 De Gaulle retiró a Francia del comando militar integrado y eliminó las bases militares en el país. En 2009, Sarkozy regresó al comando militar integrado, pero la ambivalencia francesa ha persistido hasta Macron, quien habla de una fuerza militar europea fuera de la OTAN desde su campaña presidencial de 2017. Alemania y el Reino Unido suscriben hoy dicha idea, la cual es una proposición absurda. Las armas nucleares de Francia y Gran Bretaña nunca han sido relevantes para modificar el equilibrio de poder. De hecho, la seguridad europea está garantizada por ser considerada una extensión de territorio de EE.UU. ante cualquier ataque. Lo admitió el propio Rutte: «Europa sueña si cree que puede defenderse sin EE.UU.», pues ello requeriría un gasto en defensa equivalente al 10 por ciento del PIB (cuando a regañadientes se acercan al 5 por ciento). Putin estaría encantado con una fuerza militar sólo europea.
Europa también es ambigua en relación a Irán y su plan nuclear. Es el caso del Instex, el mecanismo financiero creado en 2019 por Francia, Alemania y el Reino Unido para facilitar el comercio con Irán eludiendo las sanciones de Washington. Con EE.UU. fuera del acuerdo nuclear (plan de acción integral conjunto, Jcpoa), el Instex fue disuelto en 2023. El Jcpoa se acordó en 2015 entre Irán y el P5+1 (Francia, Alemania, Reino Unido, China, Rusia y EE.UU. y la UE). Fue diseñado para garantizar un programa nuclear pacífico a cambio del levantamiento de sanciones. Tras la salida de EE.UU. en 2018, por incumplimiento de Teherán, el acuerdo llegó a su fin cuando la UE volvió a imponer restricciones, solo que recién lo hizo en octubre de 2025.
Los líderes europeos objetaron el ataque a Irán en los mismos términos que lo hicieron con la captura de Maduro: una supuesta violación del derecho internacional. Como en el caso de Venezuela, invirtiendo el sentido del derecho internacional, usado como coartada exculpatoria de tiranos y no para proteger a un pueblo de los crímenes de ese tirano, a su vez el mayor patrocinador de terrorismo del planeta. Macron solicitó una reunión urgente del Consejo de Seguridad. Sería un callejón sin salida, sin embargo, pues Irán tiene allí aliados incondicionales: Rusia y China. Y tal vez Macron olvidó que el mes pasado, mientras la Guardia Revolucionaria Islámica masacraba a miles de iraníes, Guterres felicitaba a los asesinos por el aniversario de su revolución.
La frutilla del postre la sirvió Moncloa al negar a EE.UU. el uso de las bases de Rota y Morón para la operación contra Irán. Ni Macron ni Starmer: es Sánchez, nada menos, quien por su cuenta intenta desmantelar la OTAN. Aunque haya sido solo para consumo interno, retrata acabadamente el desorden: Europa ha extraviado su brújula estratégica y moral.