Antonio R. Naranjo-El Debate
  • La obscena liberación de etarras es una exigencia de Otegi que Sánchez aceptó para alquilarle la Presidencia a Batasuna

Apartir de hoy, la jefa de ETA Soledad Iparaguirre, Anboto, puede salir de prisión cada día y vivirá en libertad, sin arrepentirse ni renegar de nadie, pese a tener condenas que no podría cumplir ni aunque resucitara ocho veces. Es la terrorista que ordenó asesinar al Rey Juan Carlos, condenada por varios crímenes, responsable del aparato de extorsión de ETA y cabecilla de la época más cruel, inhumana e intensa de la banda que estuvo a punto de cargarse la democracia en los años 80 y que se disolvió por la contundencia del Estado de derecho y la resistencia de los Cuerpos de Seguridad.

No por Zapatero, desde luego, por mucho que repitan ahora Sánchez y su coro rociero esa infamia: lo que hizo el expresidente, rematado ahora por su sucesor, fue intentar pagar por algo que era gratis, la derrota, regalándole en el viaje una especie de indulto parcial que le permite ahora a Otegi elegir presidentes y le acerca, por la sumisión inmoral del PSOE, a reescribir la historia del horror y consolidar sus objetivos políticos.

Anboto, como hace nada Txeroqui, sale anticipadamente de la cárcel porque el también terrorista Otegi le puso esa condición a Sánchez para hacerle presidente. La frase puede decirse al revés: Sánchez es presidente porque aceptó pagarle el alquiler de sus votos a la nueva Batasuna a cambio de soltar a sus amigos asesinos.

No es una opinión razonable, pero discutible, es un hecho documentado: el Gobierno transfirió las competencias penitenciarias al País Vasco en primer lugar. Y a continuación, tal y como documentó El Debate, trasladó a sus cárceles a todos los terroristas posibles, sin contar con la opinión de sus prisiones de origen, para que al llegar a su nuevo destino se les concediera la libertad, primero parcial y luego total, impulsada por una consejera del PSOE a las órdenes formales del PNV y reales de Sánchez.

La abyección de comprarse así el cargo, nada menos que de presidente, no es debatible: solo un sinvergüenza avaricioso es capaz de lograr un puesto que deben decidir los ciudadanos, sustituyendo la falta de votos por un trueque obsceno con esa coalición de golpistas, terroristas y prófugos que le han votado para tenerlo intervenido y teledirigido y poder darle órdenes bajo amenaza de dejarle caer.

Pero hay algo todavía peor en la impúdica codicia de Sánchez, heredera de la de Zapatero: no solo logra algo que no merece a cambio de conceder lo que no está en su mano, para humillación de quienes se dejaron la vida por defender un Estado ahora en cambalache. Además, ha blanqueado un pasado teñido de sangre y legitimado unos objetivos que debieran estar ya olvidados y vencidos.

El fin del terrorismo no es solo que dejen de matar los asesinos: también es el castigo legítimo por lo que hicieron, la escritura correcta de la historia que alteraron con balas y bombas y la estigmatización de sus fines, hoy más vivos que nunca.

A ETA la derrotaron los jueces, los policías, los guardias civiles, una parte de la sociedad española, otra de la prensa y una más de la política. Y solo debía ser ahora un horrible recuerdo perenne que llenara de oprobio a sus cómplices, los arrinconara en las urnas y les hiciera sentir vergüenza a sus herederos políticos y familiares.

Y eso lo ha evitado este PSOE de Sánchez: hoy los nietos de los etarras sienten orgullo por sus abuelos, ponen fotos del asesino de Tomás Caballero en aquelarres de exaltación de sus biografías, Otegi no está lejos de gobernar en el País Vasco, las víctimas de todo lloran solas, aisladas y desatendidas y desalmados como Anboto o Txeroqui duermen en sus casas y quizá paseen como héroes por las calles de los pueblos que sus muertos nunca más podrán pisar. Todo por un puñado de votos. Que te vote Txapote, Sánchez.