Juan Carlos Viloria-El Correo
- El feminismo avasallador se ha vuelto en su contra no solo por intransigente sino por tartufo
El extravío en que está inmersa la galaxia política a la izquierda del PSOE tuvo su punto de apogeo en el momento en que a su dirigente más mediática, Yolanda Díaz, no se le ocurrió otra cosa que darse una vuelta por Hollywood para la ceremonia de los Oscar, ofreciendo una imagen de gauche caviar el mismo día en que sus siglas se estrellaban contra las urnas en las elecciones de Castilla y León. Década y media después del movimiento 15-M en que surgieron liderazgos fallidos como Pablo Iglesias, Errejón, Monedero, Montero, Alberto Garzón, Yolanda, las urnas han ido dejando en la cuneta a una vanguardia que decepcionó principalmente por la antítesis entre su discurso y su praxis. Se han quedado sin ideas y la paradoja es que hemos pasado de las luchas cainitas por ocupar el poder a un vacío que ahora nadie quiere llenar y al dislate de pedir a la izquierda independentista que les aconseje la unidad.
Pero el problema tiene, sin embargo, todos los síntomas de un derrumbe de credibilidad de la izquierda extrema y sus banderas. El feminismo avasallador se ha vuelto en su contra no solo por intransigente sino por tartufo. La promesa de barrer la casta política y su ventajismo social ha quedado en evidencia por la velocidad con que algunos de sus miembros se acostumbraron a la moqueta y el aforamiento. La memoria histórica y la conciencia de clase se convirtieron en armas arrojadizas en lugar de bases de convivencia. Lo que Pablo Iglesias, con un descaro garibaldiano, llamó cabalgar las contradicciones pensando que la opinión pública lo perdonaría todo a cambio de echar a los fachas del poder, se volvió en contra de todo el movimiento. El chalet de Galapagar, los desvaríos machistas, las prebendas de Caracas, no solo desprestigiaron a sus protagonistas directos sino que contaminaron todo el movimiento.
En medio del ocaso anunciado, la izquierda nacional, increíblemente, cree haber encontrado un salvavidas en la izquierda nacional independentista, que representa Rufián. Es cierto que, en medio del desprestigio de la izquierda, sin líderes y con su espacio achicado por el sanchismo del PSOE, las izquierdas nacionalistas vasca, catalana y otras resisten gracias al chute identitario que añade un componente anti-centralista al conflicto de clase. Efectivamente, la izquierda se derrumba menos Bildu y ERC, pero las performances que está representando Rufián con cabezas visibles de Sumar o Podemos solo podría tener un efecto práctico de unidad si el independentismo de izquierda aceptara diluirse en una marca española, y eso parece imposible. El guión no está mal, pero esto no es Hollywood.