• Acusan al PSOE de haber dejado de ser socialdemócrata y al PP de serlo

Cuando se pregunta a personas que «fueron» de izquierdas o que al menos votaban a formaciones políticas que en la práctica ocupaban ese espacio y que ahora se abstienen de votar al PSOE e incluso llegan a votar al PP, argumentan que no es que ellos hayan cambiado sino que es la izquierda política o el partido que representaba a la izquierda oficial, o sea, el PSOE, el que ha cambiado, al haber asumido posiciones de extrema izquierda y haber abandonado la centralidad y la sensatez. Y a continuación, como complemento argumental que explicaría su «cambio» político y electoral, añaden que el PP actual no es una cosa muy distinta de lo que fue el PSOE de Felipe González al que ellos votaban, al menos en lo que se refiere a la idea de España que el PSOE tenía y la que el PP tiene ahora mismo de ella y, además, en lo que son las ideas económicas que ambos han venido defendiendo en la práctica más allá de lo que dijeran sus respectivos programas electorales: una especie de mezcla de socialdemocracia y liberalismo, unas veces más socialdemócratas y otras más liberales, lo que vendría a representar el carril moderado y central de las políticas que han venido defendiéndose en Europa durante décadas.

Y es precisamente por ahí por donde a unos y a otros los han acusado o acusan sus respectivos críticos: al PSOE de haber dejado de ser socialdemócrata (razón por la cual ha absorbido a toda la izquierda extrema al mimetizarse con ella) y al PP de serlo (razón por la cual ha surgido Vox, su escisión por la derecha). El PSOE sería la excepción, que acusa al PP de ser de extrema derecha y haberse mimetizado con Vox, lo cual no parece que tenga el menor sentido, dado que ubicaría a más de la mitad de los votantes españoles en el espacio de la derecha extrema, cosa extravagante y sin parangón en ninguna parte del mundo. Y es que la crítica socialista no es científica sino de conveniencia electoral: lo que pretende es alejar al PP del centro político que el PSOE ha abandonado al asumir las posiciones de sus socios de extrema izquierda para alcanzar primero y permanecer después en la Moncloa.

Proceso de travestismo

Si observamos el panorama político español de la manera más objetiva posible y los resultados electorales que ya se están produciendo, llegamos a la conclusión de que el PSOE ocupa ahora el espacio que va de la izquierda a la extrema izquierda, razón por la cual los partidos ubicados a la izquierda de la izquierda no sólo no han crecido sino que han menguado hasta casi su desaparición, y han sido absorbidos o están siendo absorbidos por el PSOE de Sánchez. Tanto es así que Podemos no sólo no ha podido sustituir al PSOE tal y como en sus prometedores inicios se prometía sino que el propio Podemos ha sido sustituido por el PSOE de Sánchez, en uno de los más llamativos procesos de travestismo político que se recuerdan y que ha llevado al PSOE a dejar de ser lo que un día fue para convertirse en aquello que prometió no ser nunca: un partido populista que ha traicionado algunos de sus principales ideas. Y, sin embargo, a pesar de esta absorción y al crecimiento socialista por la extrema izquierda, este PSOE no sólo no crece sino que se escuchimiza, por cuanto no hace más que perder voto por el centro y el centro izquierda (más de los que gana por su izquierda), justo aquellos votos que le permitieron ganar todas las elecciones que ganó durante el periodo democrático.

Y este es precisamente el principal problema del PP… y a la vez su gran oportunidad. O la gran oportunidad… y el principal problema al que se enfrenta el PP y que deberá solventar antes o después: cómo ocupar el espacio que ha abandonado el PSOE sin abandonar (o recuperando) a sus votantes ubicados más a la derecha, bastantes de los cuales ya están en Vox y son supuestamente irrecuperables, y sin dejar de pasar la oportunidad de que el PSOE le haya regalado el centro. Si tratara de atraerse a los izquierdistas desencantados o incluso a los votantes no ideologizados que pululan habitualmente por el centro, podría beneficiar y engordar a Vox, el cual seguiría creciendo a pesar de sus crisis internas, el cual parece ser capaz de incluso atraer al votante obrero perjudicado por la globalización y el agravamiento de la crisis de la vivienda. Si se acerca a Vox (por acción o por omisión), dejaría pasar la oportunidad de atraer a los huérfanos políticos que la traición sanchista ha generado, votos que podrían ser fundamentales para acercarse a una mayoría absoluta que le permitiera alcanzar la Moncloa y gobernar con cierta solvencia y tener las manos suficientemente libres para hacer y deshacer a su antojo sin provocar a continuación, por reacción, el crecimiento de Vox.

No han sido tan distintos

Afirmar que el PP es un partido de izquierdas es una provocación sólo a mano de los partidarios de Vox más ufanos que, sin embargo, esconde el problema al que se enfrenta el PP desde hace algunos años. Porque afirmar que el PSOE y el PP no han sido históricamente tan distintos o incluso se han intercambiado los papeles en ciertos temas no es una extravagancia, especialmente en épocas pasadas pero no demasiado lejanas: al fin y al cabo, Rajoy no tomó medidas para contrarrestar lo perpetrado por Zapatero y Montoro subió impuestos, al contrario que Zapatero, que los bajó, intercambiándose los papeles que suelen desempeñar un liberal y un socialdemócrata. Si a esto añades que determinados temas se encuentran descatalogados y no pesan lo que en su día pesaron (matrimonio homosexual, aborto, eutanasia) y que las políticas económicas las marca Europa, únicamente quedan la unidad de España, la inmigración y la globalización como principales temas que ocupan la conversación pública. Y es ahí donde cada cual deberá posicionarse y jugar sus cartas.

No, no es que el PP sea o tenga que ser de izquierdas para ocupar el espacio que el PSOE ha abandonado. Es que, independientemente de lo que el PP haga, hace falta una izquierda española, limpia, decente, democrática y socialdemócrata, en contraposición con la izquierda indecente, demagoga, identitaria, podemizada, corrupta y vendida a los independentistas que padecemos ahora. O, por simplificar, que es como a veces mejor se entienden las cosas: mientras el PP resuelve su problema o aunque no lo resuelva, lo que es urgente es que haya una izquierda normal como la hay en otras latitudes. Millones de huérfanos políticos y la propia España en su conjunto lo agradecerían.