Chapu Apaolaza-ABC

  • La izquierda es un lujo arquetípico cada vez más cercano al yate. Porque para ser de izquierdas hay que poder

La izquierda ha organizado una flotilla rumbo a Cuba después de aquella otra hacia Gaza que iba con eco de yembé y de kufiya, olor a gasoil de motor viejo y perfume de marihuana con tres haches intercaladas. Ahora navegan hacia el Caribe, porque lo del estrecho de Ormuz parece que está muy mal. Camino de La Habana, como en una canción, avanzan veleros con las cubiertas abarrotadas de gentes con pantalones de tiro largo, rastas y guitarras en las que entonan himnos al Che Guevara mientras alguien prepara tabulé para cenar en cubierta al atardecer de los Alisios. La izquierda es un lujo arquetípico cada vez más cercano al yate. Porque para ser de izquierdas hay que poder. Hay una edad para todo. Dicen que si a los dieciséis no eres comunista, dicen, eres un miserable; no lo sé, pero si lo sigues siendo a los cincuenta, eres un carajote.

También van en avión. A la expedición se han sumado Pablo Iglesias y otros vips de la ‘gauche’ en clase ‘business’, alojados en hoteles de ocho estrellas rojas más iluminados que la estatua de la Libertad mientras gran parte de la ciudad languidece en apagones interminables, entre hospitales exhaustos y cocinas sin gas. Por la mañana los ‘boy scouts’ de la ‘guache’ recorren la ciudad en un tuctuc de safari para fotografiar lo bien que se vive en el experimento castrista, una distopía que ellos contemplan sin padecer y a la que han contribuido desde que cambiaron la utopía por el sueldo. A los locales les dedican el puño en alto, les tiran paracetamoles sobrantes del botiquín de la madre y están a dos tuits de proclamar que los cubanos son pobres, pero felices. Resulta penoso ese turismo ideológico de Ngorongoro de las fantasías revolucionarias. Luego regresarán a sus chalés con tinaja en la piscina y áticos en Malasaña presumiendo de idealismo, agitando consignas como quien trae ‘souvenirs’.

Yo no he estado en Cuba, como Alberti no fue a Granada, y desconozco el sabor exacto del daiquiri de la Bodeguita ni del cubalibre del Malecón que llamamos ‘Mentirita’. No conozco la isla, pero percibo su rastro fuera de ella: las lágrimas del exilio en la noche del 31 de diciembre, las casas abandonadas, las infancias que quedaron detenidas en un calendario que nunca volvió a avanzar.

Mientras tanto, algunos pasean ufanos por La Habana, que es Cádiz con más negritos, que escribió Antonio Burgos, con más represión, más miseria y más cuerpos empujados a sobrevivir como pueden. Hubo quienes visitaban la isla convencidos de que el contacto con aquella mulata era fruto de su encanto personal, ignorando que cuando falta todo, la dignidad se negocia por una comida caliente, una ducha o la promesa de escapar. Durante décadas romantizaron aquella ruina con canciones de Silvio, convertidas en banda sonora de una ilusión que envejeció peor que sus líderes. También repetían que había que visitar el país antes de que cayera el castrismo, como si la falta de derechos fuera una atracción turística más. Yo no pondré un pie allí hasta que llegue la libertad. Prometido.