Ignacio Camacho-ABC

  • En el universo digital el votante es una mercancía estratégica que ignora su verdadera condición de producto en oferta

Resulta que los jugadores de Pokémon, que hoy suena a antigualla, cuando cazaban muñecos virtuales en escenarios reales estaban creando gratis un mapa tridimensional del mundo. Y al instalar la aplicación habían dado en la letra pequeña una licencia de uso para que la propietaria utilizara los paisajes a su gusto. Sorpresa: nada es de balde en la red, y si no sabes dónde está el precio es que tú mismo eres el producto. Hay un debate ético y jurídico sobre los derechos de autor en internet, pero la realidad es que todo lo que publicas allí deja de ser tuyo. Y, bueno, lo del videojuego de marras no deja de ser algo inocente, apenas una geolocalización entregada inadvertidamente como bien de consumo, pero en otros muchos casos nuestros datos sirven para fines más oscuros.

Hay una política Pokémon, que se vale de la información digital para recopilar perfiles ideológicos a partir de los cuales resulta posible orientar y manejar las preferencias de los votantes. El algoritmo te clasifica para agruparte en conjuntos de afinidades y te ofrece un espejo de realidad aumentada con el que te hace creer que mucha gente comparte tus preferencias personales. Luego vienen los fiascos, las decepciones cuando compruebas –en las urnas por ejemplo– que esa comunidad de criterios retroalimentados no era tan grande y que sobre ese intercambio de ideas y sentimientos había alguien construyendo segmentos de opinión pública manipulable. Por lo general, el descubrimiento del truco suele llegar demasiado tarde.

Cada ‘like’, cada meme, cada respuesta, cada vídeo recibido o reenviado deja una huella. Las corporaciones dueñas de las plataformas de ‘social media’ elaboran con ese material paquetes de datos susceptibles de venta, y con frecuencia desarrollan también herramientas para programar mensajes específicos dirigidos a cada tipo de clientela. Todos los partidos las emplean; las campañas convencionales, las de los mítines y debates televisados, son sólo la espuma de una marea mucho más profunda e intensa donde el elector constituye una mercancía en oferta cuyo historial de interacciones dibuja las líneas básicas de una planificación estratégica capaz de darle la vuelta a las encuestas si se aplica con la precisión correcta.

Por esos cibercanales circulan las auténticas mentiras –valga la redundancia– que funcionan como munición de la contienda democrática. La abolición de los referentes colectivos con capital simbólico –instituciones, prensa, ciencia, intelectuales– ha generado el espejismo de una libertad falsa, gobernada por intermediarios sin control que operan a distancia. La revolución tecnológica sólo ha sustituido unos poderes por otros, con la diferencia de que los antiguos al menos eran visibles, representativos, y daban la cara. Algunos son los mismos, aunque con otra apariencia, pero ahora somos los propios ciudadanos quienes les hemos entregado las llaves de nuestras casas. Al fin y al cabo, los dueños de Pokémon sólo se han quedado con las imágenes de las fachadas.