- Si el PP deja de jugar a adivinar qué botón emociona hoy al algoritmo y se acepta como lo que es (un follón de sensibilidades en guerra permanente), igual descubre que ahí está precisamente su encanto.
Mi género periodístico preferido consiste en 1) un periodista 2) explicándole al PP 3) cómo ganarle las elecciones a Pedro Sánchez.
El elemento 1, el del periodista, abarca la profesión periodística española al completo. De hecho, todos los periodistas españoles le han explicado en algún momento al PP, con gran seguridad en sí mismos y de forma totalmente altruista, cómo derrotar a Pedro Sánchez.
El 2 es el elemento fijo de la ecuación. Porque el objeto del sermón siempre es, claro, el PP.
En cuanto al punto 3, el de la fórmula de la Coca-Cola demoscópica, ancha es Castilla. Aquí cada cual tiene sus ocurrencias. Y ya les digo yo que no hay dos ocurrencias iguales.
Yo mismo, lo confieso, he practicado este género una y otra vez.
Menos la socialdemocracia, se lo he recetado todo al PP. El arco ideológico de mis recomendaciones tiene en un extremo a Juan Manuel Moreno y en el extremo contrario a Gengis Kan.
Y como yo no me juego nada en las elecciones, puedo recomendarle al PP verdaderos harakiris demoscópicos. A fin de cuentas, la hostia en las urnas se la van a llevar ellos.
En lo que no había caído hasta que leí este artículo de Ezra Klein en el New York Times es en la posibilidad de escapar del algoritmo demoscópico.
Ese algoritmo que dice que la solución está en irse la derecha, o a la izquierda, o al centro, o al techo, o adonde se le ocurra al iluminado de turno, en vez de romper la baraja.
La palabra antialgorítmico se empieza, de hecho, a escuchar cada vez más. En Estados Unidos sobre todo, que es donde se sientan a pensar acerca de estas cosas mucho antes de que lleguen a España.
Pongo un ejemplo ajeno a la política, pero luego se entenderá el por qué.
El ejemplo es el periodismo de hoy.
La IA está acabando con los medios tradicionales. ¿Por qué? Porque los usuarios ya no necesitan entrar en ellos para informarse. La IA de Google, o la que cada uno tenga instalada en el móvil, le proporciona al lector toda la información que necesita, sin remitirle a ninguna web externa.
A esto, Google lo llama clic cero. Su objetivo es que ningún usuario (literalmente ninguno) llegue a los medios desde Google.
Un caso práctico. Si tú tecleas en Google «hazme un resumen del partido Real Madrid-Atlético de Madrid» y la IA de Google te proporciona en un segundo ese resumen detallado y sin anuncios intrusivos, ¿para qué necesitas irte a un periódico deportivo a leer lo mismo, generalmente después de cerrar tres docenas de ventanas emergentes publicitarias?
A esto en la prensa hemos reaccionado mortificándonos por los errores pasados.
«Lo hemos fiado todo al clic y a la cantidad de lectores y eso nos ha convertido en yonquis enganchados a la metadona de Google. Pero la heroína se la quedaban ellos. Y ahora Google nos ha quitado también la metadona. Así que el remedio es volver al periodismo tradicional, el de calidad, y abandonar el periodismo de SEO. El que pretende complacer al algoritmo de Google y no al lector».
Así que ahora los periodistas españoles hemos decidido romper con el algoritmo de Google, pero seguimos intentando complacerle igualmente, además de a los de TikTok, Instagram y YouTube.
En los medios estadounidenses, sin embargo, la tendencia es exactamente la contraria a lo que estamos haciendo en España: ellos están dejando de jugar al periodismo según las reglas de las plataformas y están empezando a ofrecer contenidos antialgorítmicos.
Es decir, periodísticos.
Y eso implica trabajar para el lector y no para Sundar Pichai, Adam Mosseri, Shou Zi Chew y el Partido Comunista chino.
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¿Y qué tiene que ver esto con el PP y Pedro Sánchez?
Lo que le está diciendo Ezra Klein en su artículo al Partido Demócrata es que no debe elegir entre ser «más populista», «más moderado» o «más socialista».
La respuesta es ser más cosas a la vez.
Para construir mayorías duraderas y derrotar al trumpismo, los demócratas deben (según Klein) adoptar un enfoque pluralista: asumir las diferencias internas como una fortaleza que hay que cultivar, no como un defecto que purgar en beneficio de un corpus ideológico común.
El problema de los demócratas, como el de la izquierda en España, es que caen mal porque se han convertido en unos amargados que se pasan el día levantándole el dedito a los ciudadanos.
Así que los votantes han acabado pensando que el partido no los escucha. Y que si les escucha, es para reñirles. Como ocurre con la izquierda en España, que se ha convertido en una institutriz de internado.
Un encuestador le contó a Klein que los votantes describen a los republicanos como crazy («locos») y a los demócratas como preachy («predicadores moralistas»).
Y luego, una votante le dijo a Klein: «Prefiero a un loco que a un predicador. Al menos el loco no me mira por encima del hombro«.
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Y aquí es donde conecta todo esto con lo que decía antes sobre el periodismo de algoritmo.
La rendición de los medios tradicionales a la lógica de unas plataformas diseñadas para el clickbait de mentecatos con déficit de atención ha hecho que la clase política viva en una burbuja donde los eslóganes, el victimismo y el miedo a los escándalos virales premian el extremismo.
La realidad es que ningún político, medio de comunicación o periodista les ganará jamás en su terreno a quienes trabajan día y noche, veinticuatro horas al día, para complacer el algoritmo de esas plataformas.
El periodismo no le va a ganar nunca a Google jugando a Google, ni a TikTok jugando a TikTok.
Pero sí le va a ganar a Google y a TikTok jugando al periodismo.
Quizá no tenga cien millones de clics. Pero tendrá los diez millones que importan.
Los otros noventa son sólo masa. Clics idiotizados.
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¿Y qué tiene que ver esto con el PP?
Klein sostiene que el Partido Demócrata no debe escoger entre radicales y moderados. Los demócratas deben permitir socialistas en Nueva York (Zohran Mamdani) y moderados en Iowa (Rob Sand).
No se trata de moverse a la izquierda o a la derecha. Se trata de hacerse más grande.
Aplicado al PP. Alberto Núñez Feijóo no tiene que escoger entre Juan Manuel Moreno e Isabel Díaz Ayuso. Tiene que acoger a ambos sin complejos y darle la razón a ella en Madrid y a él en Andalucía.
Debe darle visibilidad a diputados radicalmente antiabortistas y también a quienes defienden la actual ley de plazos. Si no puedes evitar el debate, ponlo sobre la mesa, a la vista de todos.
Debe contar con un portavoz radicalmente antiokupación que defienda medidas a la derecha de Vox.
Y a otro como Carlos Hernández Quero que defienda la protección del comprador nacional y el aislacionismo económico.
Pero también debe dar cabida a libertarios en la onda de Milei y Daniel Lacalle y a otros que defiendan un Estado social fuerte, pero racional y racionalizado para evitar la tentación del parasitismo.
Debe contar con un perro de preso à la Bukele en materia de seguridad ciudadana e inmigración ilegal.
Pero también con otro que matice el discurso y diga lo que el IBEX y la SER quieren oír.
Y si un barón popular dice que Pilar Alegría es más guapa que María Jesús Montero, que saquen a otro que diga que María Jesús Montero es más guapa que Pilar Alegría.
Y así contentan al centroderecha liberal, que considera que no tener opinión sobre nada, o tener todas las opiniones a la vez, es una virtud.
El problema del PP no es Borja Sémper. El problema es que el votante del PP crea que el PP es sólo Borja Sémper. O sólo Ayuso. O sólo Guardiola. O sólo Feijóo.
El PP debe romper el algoritmo. Ser antialgorítmico. Dejar de obsesionarse con cuál debe ser su «personalidad» y creerse su propio discurso. Ese que dice que el PP es un partido transversal que abarca desde la socialdemocracia hasta el conservadurismo y la derecha populista.
Y dejar que todos ellos hablen, y se pisen, y se peleen (claro que sí) y generen la sensación de que en el PP caben todos. Pero no como eslogan publicitario. Sino como realidad constatable.
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Hace poco me contaron la historia de una pareja de ancianos de Cuenca.
Él no puede valerse por sí mismo y ella es la que cuida de él y le da su medicación cuando toca.
Pero ella debe tomar también su propia medicación.
Así que la montaña de pastillas que se reparten entre ambos en un solo día volvería loco al farmacéutico más dotado para la logística.
Un día, el farmacéutico le preguntó a la mujer cómo se las apañaba con tantos medicamentos, con dosis tan diferentes y con frecuencias tan diversas.
«Las pastillas de colores bonitos me las quedo yo y las feas se las doy a él» respondió ella.
Y cuando el farmacéutico le dijo que eso era peligroso porque las pastillas se recetan para enfermedades concretas, ella respondió «¿qué te crees, que ellas no saben hacia qué parte del cuerpo tienen que ir?».
El votante español es un poco como esta mujer.
Tú recétale la botica de pastillas entera, que él sabrá quedarse con las de colores y descartar las aburridas. Y una vez dentro, su cuerpo decidirá adónde va cada una de esas pastillas.
Si el PP deja de jugar a adivinar qué botón emociona hoy al algoritmo y se acepta como lo que es (un follón de sensibilidades en guerra permanente), igual descubre que ahí está precisamente su encanto.
[Y si me equivoco en este diagnóstico, la hostia se la pega el PP y la culpa es de Ezra Klein].