Gabriel Sanz-Vozpópuli

  • Iglesias es otro ‘turista del ideal’ que, con tal de que nadie desmonte sus prejuicios, no dudaría en condenar a Cuba a otros 60 años de miseria y represión

Aterricé por primera vez en La Habana  un 24 de enero de 1993, durante aquel primer periodo especial en Cuba -cuándo no-, decretado por un ya entonces cada vez más verborreico y malhumorado Fidel Castro, tras el anuncio por parte de la entonces Unión Soviética en desintegraciòn de que se le acababa el chollo: adiós al suministro de petróleo y de productos básicos como pienso para ganado, sostén durante los treinta años anteriores de la inoperante dictadura comunista impuesta por la familia en la vieja ex provincia española.

La verdad, no nos hizo falta demasiado tiempo para comprobar la terrible precariedad y desazón a poco que rascamos en una sociedad tremendamente amable, el que transcurre entre el aeropuerto José Martí y el hotel Habana Libre, rebautizado que fuera el Hilton en tiempos de Fulgencio Batista, otro sátrapa, derrocado en enero de 1959. Cualquier español que baje a la mañana siguiente a su llegada y no sea uno de esos odiosos nuevos ricos que se atiborran en los bufet libre del hotel ante la angustiosa mirada de los camareros y demás personal, se da cuenta de lo que tiene ante sus ojos y opera como lo que somos, miembros de un pueblo solidario donde los haya.

Uno primero observa atónito, incrédulo, luego comprensivo, a esa camarera que retira disimuladamente viandas cuanto antes para llevar a casa y darle de comer a sus hijos; y cuando el corazón se le ha encogido lo suficiente para que se le corte la digestiòn, la mayoría se convierte en traficante de los sueños de todos esos cubanos que pululan alrededor de las tiendas exclusivas -en dólares y haces uno, diez, veinte encargos de produtos a las que ellos no tienen acceso en sus economatos con cartillas de racionamiento.

Delcy Rodríguez, la ‘puntilla’

Esa es la dura realidad que nuestro comandante Pablo Iglesias y la «flotilla» (sic) en la cual también participa el británico Jeremy Corbin pretende blanquear a ojos del mundo, so pretexto de que el presidente estadounidense, Donald Trump, y el cubano americano secretario de Estado, Marco Rubio, intentan asaltar la isla y acabar así con él paraíso imaginario de tanto izquierdista de salón; acabar con un decrépito régimen comunista -menos para su dirigencia- que, so pretexto de contener la rapiña del capitalismo a tan sólo cien kilómetros, Miami, ha sometido a su pueblo a seis décadas de oprobio.

Seis décadas de sometimiento a la familia Castro y adláteres -ese Ernesto Che Guevara persiguiendo con saña a los homosexuales ante la mirada ausente, cuando no hacia otro lado, de tanto desnortado a este lado del Atlántico-, ha convertido la vida diaria en una suerte de juegos del hambre incompatibles con cualquier sentimiento de dignidad humana. No nos engañemos, muerto políticamente Nicolás Maduro, sin el envío gratuito de 30.000 barriles de petróleo diario a la isla por parte de Delcy Rodríguez -por la cuenta que le trae-, la suerte está echada con o sin las bravuconadas del presidente naranja inquilino en la Casa Blanca.

Quien mejor ha retratado hasta la fecha todo ese aquelarre, la repugnancia que produce ese cúmulo de sepulcros blanqueados europeos, bien comidos y mejor vestidos, es el escritor Ignacio Vidal Folch; lo hizo hace dos décadas, en el imprescindible Turistas del Ideal (2005), con Fidel todavía vivo y beneficiándose el tirano de la corrección política de una izquierda europea y mundial más preocupada por el anti americanismo que porque los cubanos y sus hijos tengan algo que llevarse a la boca tres veces al día.

Yo, por mi parte, voy a echar mi cuarto a espadas relatando 33 años después, a salvo ya de posibles represalias propias, lo que vivi en primera persona. Resulta que como viajamos en el mes de enero, fuera de temporada de turismo español en la isla, a mi pareja, a mi y a dos hermanas de Menorca -a quienes les había tocado en suerte el viaje en un concurso de la desaparecida cadena de almacenes Simago, así se escribe la historia- nos terminaron asignando una furgoneta con chófer y guía propia; nada que ver con esos cientos de canadienses que atestaban los autobuses de los touroperadores y se enteraban malamente de lo que les iban explicando.

Marxismo, del de Groucho

Bastaron tres semanas para que el roce de desayunar, comer y cenar juntos hiciera el cariño, que dice el refrán, y al final confesé a Marlene, así se llamaba nuestra guía, mi condiciòn de joven periodista. Y ella también se sinceró, a su manera, en voz baja, que no era cuestión de poner en riesgo su seguridad. Quedará para siempre en mi memoria aquella frase que pronunció una noche tras la cena y que resume mejor que nada lo que nos pasa en y con Cuba, y el por qué de este desahogo que estoy practicando 33 años después: “Mira, Gabriel, ser comunista en Alicante es cojonudo, como dicen ustedes, pero hay que vivirlo”, parece que todavía oigo su son dulce.

Marlene me confesó que conocía Alicante y sus gentes, pero nunca llegó a entender el empeño de no pocos que intentaron convencerla, como el mítico Groucho Marx, que no se creyera la falta de penurias que estaban viendo sus ojos sino lo que ellos le decían; que lo importante era que mantuviera ese espíritu revolucionario que producía imágenes tan distópicas como que, por ejemplo, en un trayecto entre Camagüey y Trinidad, quien esto les escribe viera cómo cientos de vacas en los huesos en medio de verdes prados tropicales se negaban a comer pasto porque, sencillamente, toda su vida habían comido pienso soviético; que su sacrificio antiyanki, el de Marlene, digo, y ahora el de Pablo Iglesias y Jeremy Corbin alojados en un hotel de lujo en La Habana, era y sigue siendo necesario para que no decaiga la ficción.

La infamia y los apagones

El problema es que ella luego tuvo que volver de Alicante a la dura realidad de su país y hoy es el día en que todavía debe acordarse de que, tanto mi pareja como yo, volvimos con lo puesto a Madrid por su culpa, bendita culpa. Le dejamos a ella y a los suyos de todo, incluidos productos de higiene femenina, los más demandados entonces y ahora.

Concluyo, estimado lector; este rollo que le acabo de soltar, este desahogo, con su permiso, tiene un único objeto: denunciar la impostura, el insulto -insultó, si- que supone ver a todo un ex vicepresidente del Gobierno de España acudiendo en socorro de la dictadura comunista terminal de los Castro y su títere, Díaz Canel, que mantiene a un pueblo hermano muerto de hambre y sometido a continuos cortes de luz. Nunca volvimos a saber nada de Marlene, pero no me cabe ninguna duda de que, de haber podido ver esta semana el infame posado de Iglesias en el monumento al libertador José Martí en La Habana que ilustra esta opinión, habría exclamado sin dudarlo: “¡Que cojonudo es ser comunista en Galapagar!”