Luis Herrero-ABC
- No es distinta su forma de reclamar lealtades irracionales que la que gastan sus pares de otros partidos. No quiere iguales, quiere súbditos
Dicho a lo bruto, el personal está hasta las narices de la gente que le gobierna. Y, en la medida que los conocen, también de los que aspiran a gobernar. Se vota el mal menor para librarse de un mal mayor sin ninguna certeza de que esa distinción vaya a perdurar en el tiempo. Unos y otros, a derecha e izquierda, ya han dejado noticia de su impronta. Poca cosa. Pero el ser humano no está diseñado para vivir sin esperanza. Por eso, en cuanto surge en el panorama alguien que suena a novedad resulta inevitable concederle el beneficio de la duda. Pasó con Ciudadanos, luego con Podemos y ahora con Vox. ¿A la tercera irá la vencida? ¿Abascal colmará la expectativa de un verdadero cambio? Naturalmente la pregunta interpela a quienes se abren a la posibilidad de confiarle su voto, que según los chamanes de las encuestas rondan ya el 20 por ciento. Son jóvenes que aún no han sufrido demasiados desencantos por apuestas fallidas y que escuchan con agrado discursos alejados de lo políticamente correcto. Por fin alguien con un par, piensan algunos. Se acabaron los pasteleos, las medias tintas y los complejos de la derechita cobarde. También las mangancias, las vergüenzas patrióticas y los pactos vomitivos de la izquierda separadora. El futuro no está escrito, desde luego, y no se puede asegurar que se equivocan. En el Ejército, a un soldado que no ha entrado en combate el valor se le supone. Sin embargo, basta con analizar su manera de ejercer el liderazgo y el impacto que ha provocado en él la radiación del poder para hacerse una idea de que en realidad solo ofrece más de lo mismo. No es distinta su forma de reclamar lealtades irracionales que la que gastan sus pares de otros partidos. No quiere iguales, quiere súbditos. Tampoco parece más inmune que los demás al brote de soberbia que provoca el éxito. En la entrevista de ABC dejó claro que si quiere entrar en los gobiernos autonómicos no es porque le parezca lo mejor, sino por el ataque de orgullo que le produce verse acusado de falta de compromiso. Ni en capacidad autocrítica ni en laboriosidad parece mejorar a sus predecesores. Pero, con todo, lo peor es la facilidad que ha demostrado para jubilar afectos personales en cuanto le han supuesto un incordio para sus planes de futuro. Política y amistad son conceptos incompatibles. Suárez rompió con Abril, González con Guerra, Aznar con Rato, Iglesias con Errejón y Casado con Ayuso. Ahora Abascal ha roto con Ortega Smith, que además de haber sido su fiel escudero en los momentos duros es su compadre. Añádase lo que van contando los cadáveres que se amontonan en las cunetas sobre la financiación del partido, los sueldos conyugales y los negocios oscuros y el retrato quedará completo. ¿Abascal un ejemplo de político renovador? ¡A otro perro con ese hueso!