Editorial-El Correo

 

  • Es necesario compartir un diagnóstico sobre el origen del deterioro en la UPV/EHU para poder atajar con eficacia las coacciones al profesorado

El equipo que dirige la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) ha dado un paso significativo para intentar superar el clima de agitación provocado por grupos radicales de estudiantes, empeñados en atacar los espacios de libertad de profesores y de la comunidad universitaria en su conjunto. Las actuaciones anunciadas por el rector, Joxerramon Bengoetxea, para mejorar la mediación y la gestión del espacio público constituyen la primera reacción a la ola de incidentes que ha elevado al máximo la tensión en varios campus, especialmente en Vitoria. Se trata de un gesto inicial de solidaridad con los docentes injustamente señalados, aunque a todas luces insuficiente para abordar el alcance y origen del deterioro.

La UPV/EHU no tiene un problema de armonía entre sus diferentes integrantes como ha podido deslizar el rectorado al reconocer actuaciones que «afectan a la convivencia», en alusión al uso de botes de humo, listas negras del profesorado y cartelería agresiva. La Universidad pública vasca tiene en todo caso un serio problema con aquellos que no saben convivir con el resto del colectivo y se dedican a imponer un acoso asfixiante sobre los demás, una absoluta anomalía para una institución académica en el siglo XXI.

Pese a las buenas intenciones para corregir la intolerancia, el proceso participativo abierto por el equipo rectoral a alumnos, docentes y administrativos se puede quedar en agua de borrajas si no se ataja con celeridad y eficacia el rebrote violento. El diagnóstico debe ser ampliamente compartido y libre de pulsos. Se puede discrepar sobre la financiación de la Universidad, como ocurrió con el cruce de declaraciones entre Bengoetxea y el consejero de Universidades, Juan Ignacio Pérez. Pero es vital compartir un marco ético de referencia sobre respeto y libertades.

El problema de las coacciones se arrastra en la UPV/EHU, agravado en el pasado por la insufrible presión del terrorismo. El final de ETA en 2011 ha ayudado a superar esa oscura etapa de chantajes, pero obliga a reflexionar sobre la incapacidad para haberlos erradicado y condenado de forma unánime. Euskadi ha dejado atrás pesados lastres para avanzar sobre puentes reconstruidos hacia un mejor porvenir. Por eso es más inadmisible si cabe el latigazo radical de quienes utilizan el campus para ventilar sus diferencias. La Universidad se merece progresar sin ataduras por el bien de su profesorado y alumnado, y de sus avances académicos y esfuerzos en investigación.