Carlos Souto-Vozpópuli
- Ambos operan con lógica electoral en un escenario que no responde a elecciones. Todavía
Hay líderes que no resisten un archivo. Y hay líderes que se contradicen en tiempo real. Donald Trump y Pedro Sánchez, en estos últimos días, ya pasaron de la primera a la segunda categoría: la de quienes dicen una cosa y hacen la contraria sin respiro, sin solución de continuidad, en un santiamén. Aquí no estamos frente a diagnósticos equivocados sobre una guerra compleja. Estamos frente a algo más elemental: dos dirigentes que han perdido la línea entre lo que dicen, lo que hacen y lo que efectivamente está ocurriendo mientras hablan. Dos errores de cálculo que no son militares, sino políticos.
Trump le lanzó a Irán un ultimátum clásico. La amenaza de atacar infraestructuras energéticas si no había respuesta positiva en 48 horas. Hasta ahí, una lógica reconocible. El problema vino solo 24 horas después, cuando explicó que, en realidad, hacía días que las conversaciones avanzaban muy bien. O estaba negociando en serio o estaba amenazando en serio. Las dos cosas a la vez no son posibles. Una de las dos versiones es falsa. Y cuando un presidente introduce la duda sobre cuál de sus propias palabras es la verdadera en cuestión de horas, el problema ya no es el curso del conflicto: es el valor tangible de su palabra.
Irán lo desdice de inmediato. Entonces la escena se vuelve aún más extraña cuando Trump afirma que ha recibido de Irán un regalo “muy valioso” y que eso confirma que está negociando con las personas correctas. Es difícil encontrar un criterio más invertido: si le regalan mucho dinero, son interlocutores válidos. El indicador de calidad diplomática pasa a ser el valor del obsequio. No es solo una torpeza. Es una forma de entender la política internacional que roza lo inaudito.
Jugando contra noviembre
Ojalá le hayan enviado un libro de historia. No por refinamiento, sino por utilidad: cualquiera con una noción básica habría anticipado que ese lugar geográfico no se toca sin consecuencias. El Estrecho de Ormuz no es una novedad. Ya en tiempos de los sumerios, hace miles de años, ese corredor era clave para el comercio. Y en los siglos XX y XXI pasó a ser una arteria energética vital. La navegación en el Golfo Pérsico ha sido siempre un asunto estratégico de primer orden. No hay margen para la improvisación bélica por allí. Pero el problema de Trump —como el de Sánchez— no está afuera. Está adentro. Trump no está jugando contra Irán; está jugando contra noviembre. Las elecciones de medio término en Estados Unidos tienen una regularidad implacable: el presidente pierde. Le ocurrió a Obama, a Biden y al propio Trump. No es una excepción, es un patrón. Sin embargo, él actúa como si el ruido internacional corrigiera una tendencia doméstica estructural. Que sean dos libros de historia los que vengan de regalo.
Pedro Sánchez ha cometido errores distintos, pero igualmente reveladores. Para empezar, ha subestimado el conflicto al incorporarlo a su lógica política con una naturalidad impropia del escenario. Luego, cualquier día por la mañana, reafirma su posición de “no a la guerra”. Pero por la tarde, se reúne con Zelensky, compromete mil millones de euros y acuerda avanzar en la producción conjunta de drones. Es difícil encontrar una forma más clara de intervención en un conflicto que esa. Sin embargo, convive con el discurso contrario en el mismo día, sin transición ni explicación. No es ambigüedad. Es contradicción. Y como toda contradicción expuesta, deja de ser una estrategia y pasa a ser un síntoma.
Dentro del conflicto
La idea de que se puede estar simultáneamente dentro y fuera de dos conflictos bélicos, participando y negándolos a la vez, es más un yerro narrativo que una realidad operativa. En ese terreno, la elasticidad que puede funcionar en la política doméstica se convierte en un problema que rebota en el mapa global y entra por la ventana de la Moncloa sin permiso. Hay además un detalle que parece menor, pero que condensa la situación con una claridad brutal: no hay misiles norteamericanos con la cara de Donald Trump. Pero sí, hay misiles iraníes con la cara de Pedro Sánchez. No es una metáfora. Es una imagen. Y como toda imagen política, fija una posición más allá de cualquier declaración. España ya ha sido colocada dentro del conflicto, independientemente de lo que su presidente diga por la mañana o por la tarde.
Lo llamativo es que ninguno de los dos está leyendo bien su propio momento. Trump cree que puede ordenar el tablero global mientras desordena su frente interno. Sánchez cree que puede sostener su equilibrio doméstico jugando en los márgenes de un conflicto que no admite márgenes. Ambos operan con lógica electoral en un escenario que no responde a elecciones. Todavía. Y ahí aparece el verdadero error de cálculo. No es Irán. No es Ucrania. Son ellos. Porque cuando empiezan a contradecirse en minutos, ya sin necesidad de explorar la hemeroteca; cuando su palabra pierde incluso su valor mínimo de referencia, el problema deja de ser lo que enfrentan y pasa a ser lo que proyectan. Deberían recordar que en política, luego de perder la vergüenza y antes de perder el poder, hay algo que se les pierde: el respeto.