- Ellos solitos han construido su actual realidad. Cuando se independizaron, perdieron gran parte de su territorio y pasaron de ser la zona más rica del continente, por delante de Estados Unidos, a generar el mayor número de ciudadanos pobres de toda América
Solo cuando viajas por Hispanoamérica logras dimensionar la magnitud de lo que España fue y de lo que sigue siendo. La huella de los españoles en el continente americano –Estados Unidos incluido– es tan notable y trascendente y, al mismo tiempo, tan desconocida por los propios españoles, que merece la pena detenernos en ella una y mil veces. Entre los errores del pasado, el autoodio de los independentistas, la interesada y falsa leyenda negra, el menosprecio de la historia de España por parte de la izquierda para denigrar al régimen de Franco y, finalmente, la baja autoestima de la sociedad española actual explican en gran parte la incapacidad que hemos tenido como nación y sociedad civilizada de poner en valor lo que España aportó al mundo a través de América. No fue un genocidio. Muy al contrario: fueron los conquistadores más benévolos de toda la historia.
Estos días he tenido la oportunidad de cruzar un océano, recorrer miles de kilómetros, llegar a otro continente, cambiar de hemisferio y hasta de estación del año y, gracias a nuestro idioma, el español, y a nuestra cultura, he podido entenderme perfectamente con argentinos y paraguayos y comprobar que la semilla aquí plantada, con sus luces y sus sombras, ha aportado una sociedad digna de elogio. ¿Cómo vamos a pedir perdón por ello?
Lo que tenemos que hacer los españoles es estudiar más nuestra historia y la de Hispanoamérica. También deberíamos poner más en valor la extraordinaria obra de siglos que en tierras americanas ha hecho España. Es más, si tuviésemos un Gobierno sensato, deberíamos dotar de más medios a todos aquellos que se dedican a estudiar la herencia que dejamos allí y fomentar la cooperación. En su día existió el Instituto de Cultura Hispánica y hoy sigue su trayectoria la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo), que en manos de Napoleonchu, ese gigante de la estulticia diplomática, está más orientada a denigrar a la nación española que a defenderla. No olviden que padecemos un Gobierno que actúa contra su propia ciudadanía.
Pongamos un buen ejemplo en el que podría trabajar un organismo bien orientado en la defensa del bien común y de la verdad histórica, no la que nos quiere reescribir la extrema izquierda que nos gobierna. Ese ejemplo es el de las Misiones Jesuíticas. Nada menos que casi cuarenta lugares que levantaron los jesuitas, fundamentalmente españoles, en tierras de Paraguay, Brasil, Argentina y Uruguay. Cuarenta lugares donde los nativos –principalmente guaraníes– aprendieron a leer, a tocar instrumentos, a vivir de manera organizada y colaborativa y llegaron a poner en marcha acciones que podríamos considerar el mayor precedente de la revolución industrial. Antes que los ingleses –cien años antes–, los españoles ensayaban en ese territorio un embrión de industria nueva. Todo ello en un ambiente colaborativo, de respeto a sus leyes y donde convivían los idiomas guaraní y español. Es cierto que Carlos III, en una especie de amortización de Mendizábal adelantada, expulsó a los jesuitas de esas tierras por considerar que iban acumulando un gran poder, tanto social como económico. Podemos lamentar lo que hizo el gran rey Carlos III, pero no reprochárselo a estas alturas. Es como si a Julio César le pidiéramos cuentas por degollar a miles y miles de iberos. O a los traidores lusitanos, a los que Roma no pagó por entregar a Viriato.
Lo cierto es que no hay nada por lo que pedir perdón a los países del continente americano. Menos al México del corrupto López Obrador y de la amiga de los narcos, la presidenta Sheinbaum. Ellos solitos han construido su actual realidad. Cuando se independizaron, perdieron gran parte de su territorio y pasaron de ser la zona más rica del continente, por delante de la nación vecina, los Estados Unidos, a generar el mayor número de ciudadanos pobres de todo el continente. Arreglen sus problemas y no levante, doña Claudia, cortinas de humo para tapar su ineficiencia, clamorosa en todo el concierto internacional. Pregúntele, tal vez, a la esposa de López Obrador qué tal se vive en Madrid, por si quiere también usted terminar exiliada en esta tierra de acogida, llamada España.
Hoy es Viernes de Dolores, día tradicionalmente de confesión y penitencia. Jornada también, y sobre todo, de perdón. A pesar de ello, yo no voy a pedir perdón por la extraordinaria hazaña de los españoles en América. En mi nombre, que tampoco lo haga el Gobierno. Como yo piensa la mayoría de los españoles. Que México y sus tormentas emocionales arreglen su pasado y nos dejen a nosotros en paz. La ciudad más peligrosa del mundo sigue siendo México DF. Cuando hagan algo para solucionarlo, que nos llamen.
Nota final: merece, eso sí, que destaquemos aquí la extraordinaria labor que a favor de la Hispanidad y su puesta en valor viene realizando con sus películas el cineasta José Luis López-Linares y un buen número de intelectuales que le acompañan.