Ignacio Camacho-ABC
- Los testaferros políticos de ETA se han subrogado su proyecto en una sociedad vasca cada vez más parecida a ellos
Esa minerva política que es Patxi López estalló de cólera el otro día en el Congreso porque la oposición le echó en cara a su jefe la excarcelación prematura de Anboto y otros colegas no menos siniestros, evidente contrapartida del apoyo de Bildu a este Gobierno. El antiguo lendakari socialista se quejaba de que la derecha no se alegrase del fin de ETA, como si eso tuviese algo que ver con la exoneración penal de los presos, que se debe como él bien sabe a ciertas cláusulas nunca publicadas ni reconocidas del acuerdo de Sánchez con los testaferros del terrorismo ahora convertidos en sus más fieles escuderos. Ese pacto tiene un precio, y no sólo es la liberación anticipada de los pistoleros sino el permiso para que el brazo institucional de la banda se subrogue su proyecto mediante un simulacro de reinserción en una sociedad vasca que, como ha dicho Fernando Savater, cada vez se parece más a ellos. Y más que se va a parecer: su expectativa de voto entre los jóvenes roza el 35 por ciento.
Siguiendo con Savater, cuya lucidez no mengua con los años, «ETA mataba para algo y ahora vivimos en ese algo». Dicho de otra manera, los terroristas obtienen por dejar de asesinar lo que no lograron asesinando. Más allá del cese de la violencia, que no es poca cosa y desde luego hay que celebrarlo, no han cedido en ninguna de las exigencias que impuso en su momento el consenso democrático: ni han pedido perdón, ni se han arrepentido –más bien al contrario– ni han colaborado con la Justicia ni han renunciado al objetivo programático de la destrucción del Estado. La petición de perdón da igual porque no se lo íbamos a otorgar pero el resto de las condiciones ha sido flagrantemente olvidado en una normalización obtenida sin ofrecer nada a cambio. Bueno, a Sánchez sí, por supuesto, pero no a los ciudadanos, y menos aún a unas víctimas condenadas al destino trágico de convivir con los victimarios sin poder siquiera cerrar el luto con un castigo adecuado a la sádica inhumanidad de aquellos actos.
Todo eso lo conoce bien Patxi, porque él mismo lo sostenía cuando desempeñaba una responsabilidad distinta, cuando acudía a los entierros de sus compañeros socialistas y cuando aceptaba los votos del PP para ascender a la Lehendakaritza. Lo conoce porque creció en una atmósfera opresiva donde los atentados, los secuestros y la extorsión estaban a la orden del día y donde la militancia en un partido constitucionalista entrañaba riesgo para la propia vida. Porque sufrió la agresión criminal entre sus filas, porque prometió combatirla y porque defendió muchas veces el aislamiento de los cómplices etarras y el cumplimiento de las penas íntegras. Y aunque esa parte honorable de su trayectoria –como la de Marlaska– haya quedado relegada en su actual función de subalterno sanchista, cabe suponer que le quede algo de conciencia remordida al ver en la calle a Anboto, Txeroki y compañía. El cargo de portavoz obliga (?) a decir muchas mentiras pero tampoco resulta imprescindible traicionar una biografía.