“Fight the good fight every moment, every minute, every day”. Rick Emmett.
Qué cómodo es decir “No a la guerra” cuando tus vecinos son Portugal y Francia, y no un país que lleva la “aniquilación” de tu nación en su política de Estado y “muerte a América” como “política, no eslogan”, señor Sánchez. Qué fácil es ser activista cuando te protegen, financian y apoyan Estados Unidos, la OTAN, la UE e Israel.
Qué beneficioso políticamente es hablar de paz y neutralidad cuando sus hechos siempre sesgan la acción política hacia lo que perpetúa a las dictaduras comunistas y terroristas. Y qué sencillo es invocar el derecho internacional y la Carta de la ONU mientras se mira hacia otro lado ante las violaciones sistemáticas por parte del régimen de Irán.
Sánchez no es un ejemplo de neutralidad y pacifismo; es el arquetipo del marketing político. No hay nada más cómodo –y más hipócrita– que la política exterior del sanchismo: constantemente blanda con las dictaduras comunistas y terroristas, y muy “dura” con las democracias.
Su supuesta “neutralidad” siempre inclina la acción diplomática a facilitar que las dictaduras que le convienen permanezcan en el poder. Un “No a la guerra” hipócrita y muy dañino.
El Gobierno de España ha financiado con dinero de “cooperación” el órgano judicial de la dictadura cubana encargado de castigar a la disidencia, ha acordado con el régimen iraní acciones para sortear las sanciones de Estados Unidos, ha enviado millones de euros en material de “doble uso” (civil y militar) a Irán mientras el régimen asesinaba a decenas de miles de ciudadanos en las protestas.
Además, ha transferido decenas de millones a Hamás y Hezbolá bajo la excusa de una “ayuda humanitaria” que se pierde sin el más mínimo control. La acción exterior del Gobierno es siempre amable con Irán, Hezbolá, Hamás o los hutíes, y de confrontación y hostilidad con Estados Unidos e Israel. Por eso le felicitan.
La prueba de la falta de escrúpulos de Sánchez es el decreto de medidas contra la crisis, en el que más de la mitad de las disposiciones no tienen nada que ver con ayudar a familias y empresas. Ha colado un mecanismo para saltarse el presupuesto y disparar el gasto sin control parlamentario, intervenir el mercado eléctrico, amordazar a las empresas, facilitar la okupación y acelerar el cierre de las nucleares.
Ese decreto no es más que humo, propaganda y otra excusa para aumentar el poder económico del Gobierno saltándose límites y contrapesos democráticos. Lo mismo que hizo durante la Covid-19.
El paquete anticrisis por la guerra de Irán vuelve a usar el mecanismo del “decreto ómnibus” para introducir medidas que ya intentaron aprobar antes y que responden a la agenda ideológica del Gobierno y sus socios, no al shock concreto de la guerra. Es un decreto que erosiona la seguridad jurídica y esconde marketing e hipocresía.
Sánchez se presenta como defensor de Ucrania mientras mantiene una dependencia del gas ruso
Moncloa lo ha presentado como el “mayor escudo de toda Europa”. En realidad, es otra estafa antidemocrática, comparable a su negligencia durante el Covid-19 y la DANA.
En vivienda, desempolva las medidas que facilitan la ocupación y el intervencionismo: congelación de alquileres durante dos años, prórrogas obligatorias de contratos y freno a desahucios que ya se intentaron aprobar en el anterior decreto ómnibus del “escudo social”, tumbado por PP, Vox y Junts en febrero.
Sánchez utiliza la guerra para reintroducir un paquete de política de vivienda estructural, intervencionista y antimercado, ya rechazado en otro contexto parlamentario. Añade extensiones de supuestas protecciones laborales, prórrogas de prohibición de cortes de suministros básicos y otras medidas ya rechazadas en el ómnibus previo.
A Sánchez le da igual perder una votación. Cuando la pierde, reempaqueta medidas permanentes y profundamente intervencionistas dentro de una respuesta “urgente” a la guerra, haciendo imposible el debate pieza a pieza y fabricando la coartada perfecta: acusar a la oposición de estar en contra de las ayudas.
La consecuencia de este diseño ómnibus es que se fuerza al Congreso a votar en bloque elementos muy distintos e incluso contradictorios. Si un grupo parlamentario quiere las rebajas de la gasolina pero rechaza la arquitectura de políticas que facilitan la okupación, queda atrapado.
Luego, la propaganda de Sánchez les acusará de antisociales y de negarse a ayudar a los ciudadanos. Es profundamente inmoral.
Sánchez utiliza la guerra para reintroducir un paquete de política de vivienda estructural, intervencionista y antimercado, ya rechazado en otro contexto parlamentario
Sánchez utiliza la guerra como coartada para reintroducir medidas ideológicas sobre vivienda, subvenciones, mercado eléctrico e intervención en la actividad empresarial que ya fueron discutidas y rechazadas.
Al mismo tiempo, aumenta la discrecionalidad del Ejecutivo mediante real decreto-ley, evitando la tramitación ordinaria y el debate detallado de cada medida.
El decreto anterior del falso “escudo social” ya incluía medidas a favor de la ocupación, moratoria antidesahucios y prohibición de cortes de agua y luz para vulnerables.
Gran parte de ese contenido se “copia y pega” ahora dentro del paquete anticrisis por Irán, lo que permite al Gobierno presentar la negativa al decreto como un “no” a la protección frente a la guerra en lugar de un desacuerdo sobre el contenido real de las medidas.
Las consecuencias de esta estrategia de propaganda, táctica política e hipocresía van mucho más allá de otro decreto ómnibus que no ayuda y solo estropea.
España llega a la guerra de Irán con una posición energética ópticamente cómoda, pero extremadamente vulnerable a una crisis diplomática con Estados Unidos.
Estados Unidos se ha consolidado como segundo suministrador de gas, con alrededor del 30%, y además es ya el primer proveedor de crudo, con en torno al 15% de las importaciones de petróleo.
La posición irresponsable del Gobierno, buscando el roce diplomático con Washington, es un problema directo de seguridad energética, de inflación, que ya es superior a la media de la eurozona, y de impacto en PIB per cápita.
El Banco de España ha elevado al 3% su previsión de inflación para 2026, pero advierte de que podría irse al 5,9% si se alarga la guerra. Adicionalmente, rebaja la
previsión de crecimiento al 2,3% este año, y al 1,7% el próximo, tres décimas menos, pero en caso de que la guerra continúe, alerta de que podría quedarse en el
1,9% este año y el 1,1% el próximo.
Teniendo en cuenta que el 80% de nuestras necesidades de energía primaria son importadas, según el MITECO, y que Eurostat ha certificado que entre 2018 y 2025 el PIB per cápita ajustado por poder adquisitivo de España se ha quedado estancado y no converge a la media de la Unión Europea, la debilidad de nuestra economía es evidente.
Un choque serio con Estados Unidos pone en peligro cerca de un tercio del gas natural licuado que hoy llega a las plantas regasificadoras españolas, justo cuando la capacidad de Qatar y Emiratos Árabes se ha visto dañada de forma significativa.
Eso obligaría a competir con China y Japón, a precios mucho más altos, por cargamentos flexibles en el mercado global.
Si parte de ese 30% de gas estadounidense desaparece o se encarece, España tendría que cubrir el hueco con GNL “spot”, hasta tres veces más caro y con mucha mayor volatilidad, justo cuando los ataques de Irán a los grandes productores del Golfo empujan al alza las cotizaciones internacionales.
Las empresas privadas de Estados Unidos pueden vender su gas en cualquier mercado con altos márgenes y no necesitan el mercado español para nada.
No tienen por qué seguir las recomendaciones de la Administración Trump, pero, dado que disponen de todas las alternativas que deseen y a mejores precios, tampoco tienen por qué asegurar el suministro a España.
Los propagandistas del Gobierno afirman que Estados Unidos “pierde” en un conflicto diplomático porque tiene superávit comercial con España. Es una visión tan miope que da vergüenza.
Todavía más ridículo es sostener que las renovables nos van a proteger cuando España importa alrededor del 70% de su energía primaria. Solo miran el precio mayorista de la electricidad, que es una parte pequeña del coste energético total del país.
Sustituir el alrededor del 15% del crudo que suministra Estados Unidos encarecería la factura energética, los costes de refino y, a medio plazo, la gasolina y el diésel. El impacto sería directo y negativo en los márgenes de las empresas exportadoras, intensivas en energía y en transporte y logística.
Ese agujero se suma a una fiscalidad y unas políticas antiempresa que ya han dejado a nuestras compañías en una situación de extrema vulnerabilidad.
A nadie se le escapa que la política de Sánchez –suave con Irán hasta el punto de no mencionar su autoría cuando “lamenta” los ataques a los países del Golfo– no convierte a España en un socio fiable para la Liga Árabe.
Sánchez lanza órdagos en economía y energía sabiendo que la factura la pagan empresas y familias. Su posición de equidistancia entre la Liga Árabe e Irán puede llevar a sustituir gas barato y contractual por cargamentos mucho más caros e incluso a afrontar cortes de suministro, como ya alertan las grandes operadoras globales. El resultado es un coste medio del gas y del petróleo más alto, con impacto inmediato en la competitividad de la industria.
La paradoja es que Sánchez sabe que, si se tensan los vínculos con Washington, la salida fácil es volver a abrir el grifo a Rusia justo cuando la Unión Europea quiere cerrarlo.
España fue el quinto mayor comprador de GNL ruso en 2025, que sigue aportando algo más del 10% del total y ha llegado a superar el 20% en algunos meses. Más hipocresía: Sánchez se presenta como defensor de Ucrania mientras mantiene una dependencia del gas ruso que envía cientos de millones de euros a la máquina del Kremlin.
Sánchez es muy duro con el presidente Trump pero blando con Putin. Según el Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio (CREA), España pagó por el gas ruso en 2025 casi 1.000 millones de euros, y entre marzo de 2022 y septiembre de 2025 ha transferido casi 10.000 millones de euros a Rusia por gas.
¿No resulta, como mínimo, curioso que la “neutralidad” y el “pacifismo” de Sánchez terminen siempre beneficiando a Rusia, China, al régimen iraní y a sus socios ideológicos?
La falsa neutralidad de Sánchez es solo una estrategia de marketing que le sirve para absorber votos de la ultraizquierda y ganarse el aplauso de la izquierda proiraní mundial. El coste real lo pagan los ciudadanos y las empresas. Él, mientras tanto, está bien.