Mikel Buesa-La Razón

  • Está claro que a la Euskadi pacificada de ahora se le puede aplicar eso que escribió Mick Herron: «el pasado se desploma sobre las ruinas del presente». En esas ruinas nos ubicamos las víctimas del terrorismo sin que nuestro clamor sea escuchado

Pues ahora resulta que en este país hay dos sistemas para atender las necesidades de los reclusos que salen de la cárcel. Uno es el de todo quisque –que deja mucho que desear y que apenas acoge a la cuarta parte de los interesados– y el otro es el de los etarras a los que la consejera socialista de justicia va dejando en libertad sin atender a lo reglado en las normas penales y penitenciarias. Para estos la susodicha ha autorizado a Harrera Elkartea (HE) para que gestione desde las cárceles de Zaballa, Martutene y Basauri el acompañamiento a los gudaris que, como recientemente Txeroki y Anboto, dejan atrás la puerta de la prisión. Naturalmente, HE es un tinglado asociativo montado por los «abertzales» fieles al partido que dirige Otegi –en el que se guardan las esencias políticas del movimiento que fundó ETA– y gestionado básicamente por antiguos militantes de la organización terrorista para que todo quede en casa. Sus servicios ofrecen apoyo económico, empleo, vivienda, asistencia sanitaria y tratamiento psicológico. Eso sí, sólo a los exreclusos del movimiento, porque para los otros, aunque procedan de la misma chirona, está lo del Estado, no vaya a ser que nos confundamos y pensemos que los maketos son iguales a los patriotas vascos, aunque a lo mejor alguna excepción pueda hacerse si fueran palestinos. Lo que no sabemos todavía es si la consejera pone también dinero, porque HE aún no ha sido declarada de utilidad pública. Dicen que, de momento, se bastan con sus cinco mil socios, aunque, desde que la consejera ha apretado el acelerador, empieza a haber dificultades «ya que la cantidad de etarras liberados crece constantemente».

En resumen, en el País Vasco hay que haber sido asesino no sólo para que te abran la celda antes de tiempo, sino también para que te den cobijo, curro, salario y antidepresivos. Y, de paso, para que te organicen un homenaje de agradecimiento por los sufrimientos patrióticos. Está claro que a la Euskadi pacificada de ahora se le puede aplicar eso que escribió Mick Herron: «el pasado se desploma sobre las ruinas del presente». En esas ruinas nos ubicamos las víctimas del terrorismo sin que nuestro clamor sea escuchado.