Marisol Oviano-Vozpópuli

  • “Desvivir”, dijo su madre perfectamente maquillada ante las cámaras mientras no podíamos dejar de mirar el terror desorbitado en los ojazos de su hija

Noelia era joven, guapa y pobre; sufría TLP (Trastorno Límite de la Personalidad), TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) y discapacidad intelectual. Alguien con ese perfil padece, por definición, miedo al abandono; qué no sentiría cuando pasó a estar bajo la tutela del Estado tras el divorcio de sus padres, que no supieron estar a la altura de las circunstancias. Y, por si eso fuera poco, a raíz de su penúltimo intento de suicidio —se arrojó desde un quinto piso— tras una agresión sexual múltiple, sufría incontinencia fecal y urinaria y dolores neuropáticos paliados con morfina, fentanilo y Citalopram.

Pero lo peor fue el calvario emocional que sufrió hasta llegar, con las pupilas dilatadas por las drogas analgésicas, a la férrea voluntad de matarse. De “desvivir”, dijo su madre perfectamente maquillada ante las cámaras de televisión mientras no podíamos dejar de mirar el terror desorbitado en los ojazos de su hija. “Quizá Noelia haya nacido en la familia equivocada”, aventuró sacudiéndose cualquier responsabilidad como un perro mojado se sacude el agua.  Como si Noelia hubiera podido elegir nacer en una familia mejor, se hubiera confundido de puerta y hubiera llegado el momento de que pagara por ello.

Alienación parental y pésimos progenitores

Otro que va a pagarlo bien caro va a ser “el medallitas”, ese pobre desgraciado al que hemos visto en algunos vídeos animando a Noelia en sus ejercicios de rehabilitación y que, después de todo lo que ha pleiteado para que su hija no se matara, ve como al final su exmujer se ha alzado con la victoria de su muerte. Tampoco él es inocente, pues para las niñas la pesadilla comenzó cuando perdieron la casa por culpa de sus adicciones. Noelia fue víctima de unos pésimos progenitores y sospecho que, también, de alienación parental; eso que el feminismo ha decretado que no existe a pesar de que todos conocemos madres que han envenenado a sus hijos contra el padre. “Mi padre me vio caer, me vio en el aire y no pudo hacer nada”.

Como madre, sé que no hay nada peor que ver sufrir a un hijo y no poder ayudarle, por eso entiendo que ante un terrible sufrimiento pueda llegar a aceptarse su eutanasia. Lo que no me cabe en la cabeza es que, horas antes de su muerte, esa madre amantísima esté concediendo entrevistas para seguir hablando mal del padre como si acabaran de divorciarse cuando, en realidad, llevan más de una década separados. En todo este desolador espectáculo encuentro un cierto regusto a venganza; si el caso hubiera sido al revés, probablemente las feministas habrían impedido esta eutanasia calificándola de violencia vicaria.

El equipo de Y ahora Sonsoles no le dio tantas vueltas al asunto, sólo valoró que la corta biografía de Noelia, marcada por la pobreza, los excesos, las drogas y los abusos sexuales atraería a la clientela. Y, tomando el relevo de aquella Nieves Herrero que inauguró el periodismo inmoral en España con el caso Alcasser, Sonsoles Ónega metió la basura en nuestras casas fingiendo que no dudaba de la veracidad y el equilibrio mental de las protagonistas de esta historia. Quizá no sea consciente de que se delató a sí misma cuando, al ver que a la madre parecía afectarle más la cuestión económica del entierro que la propia muerte de su hija, se puso a hacer aspavientos histriónicos para convencernos del dolor de la entrevistada: “¡Estás destrozadísima!”.

El fraude del pucherazo digital

No obstante, entiendo que Sonsoles no es Isabel Durán, la periodista que ha prestado un impagable servicio a los españoles destapando el fraude que Sánchez nos quería colar con lo del DNI digital. El trabajo de Isabel ha conseguido que la Junta Electoral lo prohíba para identificarse en elecciones hasta que no ofrezca garantías. Garantías de las que no disfrutaron hace un par de semanas los votantes de Castilla y León donde, como si fuera un ensayo general, el PSOE tuvo más escaños de los previstos. El trabajo de Sonsoles, en cambio, es utilizar el entretenimiento para que vayamos encontrando normal que se eutanasie a los enfermos pobres aunque sean muy jóvenes.

Yo no soy quién para decir si Noelia debería haber seguido viviendo o no, quizá para ella ya era demasiado tarde y no encontró otra salida. Debe de haber sido agotador ser el campo de batalla de tus padres, “no puedo más con esta familia”. Tampoco me atrevo a minimizar el sufrimiento físico, “no puedo más con estos dolores”. La presidenta de Abogados Cristianos dijo que no tomaba nada para el dolor, pero la medicación que dilataba sus pupilas parecía demostrar lo contrario. En cualquier caso, por muy sagrada que yo crea que es la vida, no me parece cristiano obligar a sufrir a otros en nombre de mi Dios. La fe es algo personal que no debería imponerse a los demás.

Noelia quería morir y ha muerto, quien crea, que rece por su alma y su descanso eterno. A mí me gustaría poner el foco sobre por qué a los enfermos pobres al final sólo les queda el recurso de la eutanasia, sobre el oscuro negocio de la tutela de menores y sobre cómo el Estado protege a los verdaderos vulnerables. Descansa en paz, Noelia.