Jon Juaristi-ABC

  • Lo que tiene que sufrir una por España, ya te digo

Jaime Mayor Oreja acaba de publicar ‘Una verdad incómoda. Testimonio de una época: contra el silencio y la mentira’ (Espasa), sus memorias políticas de militante de UCD en Guipúzcoa y miembro del Consejo Preautonómico vasco, diputado en el Parlamento de Vitoria durante los años de plomo, ministro del Interior con Aznar entre 1996 y 2001, candidato por el PP a la presidencia de la Comunidad Autónoma Vasca en ese último año, y, tras ser derrotado en el intento, cabeza del grupo popular en el mencionado parlamento. Tuve el honor entonces de apoyar públicamente su candidatura a la presidencia del gobierno autónomo y he tenido ahora el de escribir el epílogo de su libro, una impecable historia del terrorismo abertzale y de su blanqueo por el Frente Popular que detenta hoy el poder en España.

Jaime Mayor dejó Interior para presentarse como candidato a las elecciones autonómicas vascas de 2001. Nadie le obligó a ello. Su ejecutoria en la lucha contra ETA fue siempre limpia y brillante. Ha sido, sin duda, el mejor ministro del Interior de toda la historia de la democracia española. No hizo la menor concesión a los asesinos ni a sus aliados. Volvió de Madrid al País Vasco movido por un imperativo ético. Sabía que la posibilidad de alzarse con la Lehendakaritza era remotísima y que su supuesta alianza electoral con el Partido Socialista de Euskadi no pasaba de ser una incipiente cercanía personal a Nicolás Redondo Terreros, hostigada y reventada desde las filas de este último por la inmunda camarilla de Chomin de Amorebieta, ingeniero industrial de Arrigorri. Sabía, en fin, que entraba de nuevo en un territorio batido por los etarras, tanto por los pistoleros en activo como por los que ejercían, en comisión de servicios, como diputados autonómicos de Herri Batasuna (luego, de Euskal Herritarrok, su marca blanca). Sabía, en fin, que durante la campaña autonómica los etarras iban a pedir el voto para el candidato del PNV y que el PSE había comenzado a conchabarse, en secreto, con ETA (vía Eguiguren y Otegi). Sabía todo eso y, sin embargo, volvió a la que Pérez Galdós había llamado, siglo y medio antes y con toda razón, «tierra del martirio español», porque creía que ese era su deber como líder del Partido Popular vasco, y lo hizo sin alardear de sacrificios, porque Jaime Mayor Oreja es un señor. No un hortera.

Y es que hace falta ser hortera con avaricia para jactarse, por ejemplo, de ser la española-abanícame que más poder ha acumulado desde Isabel la Católica y que todo lo deja una por Andalucía. A los horteras se les conoce porque van de quiero y no puedo. O sea, de algo así como «mírame, soy (o pretendo ser) un avatar del Rey Juan Carlos I, que tenía todos los poderes del Estado y renunció a ellos por España». Hortera, o lo que es lo mismo… pues eso.