Ignacio Camacho-ABC
- Es más probable que veamos al vicepresidente bajando a la trinchera que a Sánchez modificando un ápice de su estrategia
Carlos Cuerpo tiene desde ahora mismo un reto aún más complicado que el de gestionar con acierto los problemas de la alta economía, y consiste en evitar que su perfil sensato, moderado, se transforme o se diluya en la crispada atmósfera de la polarización sanchista. Como a toda persona que se dedique a la vida pública hay que suponerle una ambición que no sólo es legítima sino que forma parte del equipaje necesario para desenvolverse en la política, y en su caso tiene demostrada una competencia técnica de ciertas garantías. La oposición lleva meses sin dirigirle preguntas en las sesiones de control, hecho que constituye un síntoma de que o bien no hay modo de discutirle las cifras o bien es renuente a entrar al trapo del superficial intercambio de consignas. La incógnita de su nombramiento es si el papel de vicepresidente primero le obligará a cambiar su talante discreto por la impostura combativa que el jefe del Ejecutivo exige e impone a sus colaboradores de primera línea.
Con esa obligación tuvo que transigir hasta Nadia Calviño, su mentora y predecesora en el cargo. Sánchez se caracteriza por jibarizar la personalidad y la trayectoria de sus ministros hasta convertirlos en meros altavoces de un relato que deben recitar con disciplina de pretorianos, sin voz propia ni margen de autonomía por alto que sea su propio rango jerárquico. Sin posibilidad de gobernar por falta de respaldo parlamentario, el Gabinete entero es un aparato de propaganda sometido al férreo guion sincronizado que cada día elabora en Moncloa un equipo de fabricantes de argumentario. El mérito de los responsables ministeriales no se mide en éxitos de gestión ni en capacidad de trabajo, y mucho menos en aptitudes de diálogo, sino en la pasión con que se sumen a la dinámica del enfrentamiento de bandos y acepten involucrarse en la espiral confrontativa impuesta desde el liderazgo. Puente y Montero son el ejemplo diáfano de ese estilo cismático tanto más valorado cuanto más bronco y más zafio.
Pedro es un personaje radiactivo cuyo halo de toxicidad impregna todo lo que tiene cerca. Los análisis que interpretan la remodelación del Gobierno como un giro templado hacia el centro izquierda olvidan la característica fundamental de un mandato basado en la construcción de trincheras. La institucionalidad y los puentes de consenso no le interesan; ha sido incapaz de tenderlos incluso para aprobar el plan de choque contra los efectos de la guerra. Cuerpo le puede servir para suavizar con su buena mano la interlocución con las autoridades europeas, pero en la esfera doméstica es demasiado tarde para porque ya no queda nadie que le crea. Bajo su tutela resulta bastante más probable que el nuevo número dos acabe descendiendo al barro de la pelea ‘cuerpo a cuerpo’ –sí, era una tentación retórica fácil– contra la derecha que el número uno modifique medio grado de su deriva estratégica. Quizá el recién ascendido no tarde mucho en darse cuenta de que el P*** Amo no necesitaba ninguna vicepresidencia.