Ignacio Camacho-ABC
- Sánchez ha forzado la candidatura de Montero como Felipe forzó la de Chaves. Pero el desenlace será mucho más desagradable
A principios de los noventa, Felipe envió a Andalucía a Manuel Chaves, a la sazón ministro de Trabajo, como candidato para sustituir a un Rodríguez de la Borbolla recién defenestrado. El interesado se resistió hasta el final todo lo que pudo y no se preocupó de ocultarlo, por lo que tras confirmarse la designación fue bautizado por la prensa como «el candidato a palos». Ganó por amplia mayoría –el PSOE era entonces imbatible en cualquier lado– y tras un período de reticencia el cargo le acabó gustando; se quedó en el palacio de San Telmo casi veinte años durante los que convirtió la autonomía en una especie de virreinato sostenido a base de clientelismo –ay, los EREs– y una imagen átona que suscitaba poco rechazo. Juanma Moreno no ha reproducido aquella red clientelar basada en la hegemonía del aparato orgánico, pero ha aprovechado el peso institucional de la Junta para consolidar un liderazgo personal que explota una herencia sociológica de fuerte arraigo: el miedo histórico al desamparo.
María Jesús Moreno tampoco quería volver –en Madrid dicen ‘bajar’– a su tierra nativa, aunque al igual que su predecesor haya acatado el encargo con resignada disciplina. En su momento rehusó la posibilidad de relevar a Susana Díaz, su mentora política y adversaria interna de Sánchez, sin ocultar su escaso entusiasmo por la vida partidista. Más tarde, sin embargo, tuvo que aceptar su desembarco como única vía para cerrar una crisis en la organización andaluza que tras el fracaso de Juan Espadas había dejado muchas heridas. En los mentideros de la Corte corre la hablilla de que el jefe apreció en ella aspiraciones sucesorias durante los famosos cinco días de excedencia reflexiva; sea como fuere, la ya exvicepresidenta ha apurado la estancia en el Ministerio hasta el último día con el dudoso pretexto de su candidatura salía favorecida con el relieve mediático de un puesto de primera fila en el Ejecutivo sanchista. No lo parece: sus opciones demoscópicas de éxito son más nulas que mínimas.
La nueva candidata a palos sabe que su andadura no va a tener, al menos a corto plazo, un resultado tan grato como la de Chaves. Quizá por eso ha reservado su escaño en el Congreso hasta conocer el desenlace, decisión susceptible de interpretarse como síntoma de seria desconfianza en sus posibilidades; en este momento nadie sabe si se quedará en el Parlamento regional para ejercer la oposición, tarea que para alguien capaz de proclamarse la mujer con más poder de la democracia debe de constituir una perspectiva bastante desagradable. En realidad, la operación sólo está diseñada para asegurarle a su jefe, con la mira puesta en la muy probable salida de la Moncloa en las próximas generales, el respaldo de la agrupación territorial más numerosa e importante. Aquella formidable maquinaria electoral que desde la llegada de Pedro ha perdido el Gobierno autonómico, seis diputaciones y más de 160 alcaldes, entre ellos los de la práctica totalidad de las grandes ciudades. Como para sacar pecho del balance.