Editorial-El Debate

Cumplido un mes de hostilidades abiertas en Oriente Medio, la «Operación Furia Épica» se le está indigestando a sus promotores, después de haber encontrado una resistencia por parte de Irán que desborda las previsiones iniciales.

Lo que se presentó ante la opinión pública como una campaña relámpago para neutralizar al régimen iraní se ha transformado en un conflicto estancado que desmiente cada día, en particular, la narrativa triunfalista de la Casa Blanca.

El arsenal iraní sigue infligiendo un daño estratégico sustancial que la superioridad aérea estadounidense no logra desarticular por completo. Resulta cada vez más evidente que Donald Trump no puede con Irán, y que carece de un plan de salida viable para este escenario.

Y la incapacidad para agotar a Teherán (y para respaldar cada alarde discrecional de fuerza de Israel) no sólo cronifica la contienda, sino que genera una preocupante vulnerabilidad en otros tableros.

Mientras Washington consume sus activos militares en el Golfo, potencias como China observan cómo la disuasión norteamericana se debilita en el Indo-Pacífico, un frente crítico para la seguridad global que hoy queda desguarnecido.

Si bien en un principio parecía que Israel sí manejaba una hoja de ruta más clara para Irán, y unos objetivos militares operativos que estaba cumpliendo con eficacia, incidentes como el de este domingo en Jerusalén amenazan con arrastrar al descrédito internacional también al Estado hebreo.

La Policía de Israel ha impedido al patriarca latino de Jerusalén, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, y al custodio de Tierra Santa el acceso al Santo Sepulcro para celebrar la misa del Domingo de Ramos, en un hecho sin precedentes en la historia reciente.

El bloqueo a los líderes eclesiásticos en una de las fechas más sagradas para la cristiandad constituye una ruptura unilateral del statu quo de los Lugares Santos, que atiza innecesariamente la tensión religiosa en una región ya de por sí inflamada, y la tensión diplomática con los países católicos.

Giorgia Meloni ha calificado el acto de «ofensa para los fieles» y «para cualquier comunidad que respete la libertad religiosa», mientras que Emmanuel Macron ha condenado esta «intolerable» vulneración de la libertad de culto.

Y en una línea similar se ha pronunciado Pedro Sánchez, a quien cabría exigirle una firmeza análoga ante los ataques a la religión católica y las ofensas a los sentimientos de los creyentes que se producen dentro de nuestras propias fronteras.

La airada protesta de algunas de las grandes cancillerías continentales indica que el decurso de la guerra en Irán no está desgastando únicamente a Washington. Está empezando a fracturar de forma preocupante la relación entre los aliados occidentales, espectadores de una campaña que está derivando en excesos difíciles de defender ante sus propias sociedades.

Además de desestabilizar gravemente los mercados energéticos, anticipando una crisis inflacionaria de proporciones mundiales, la prolongación del conflicto en Oriente Medio corre el riesgo de alterar el equilibrio de poder global en una dirección contraria a la que pretendían EEUU e Israel.

Porque la guerra ha entrado en una fase de arbitrariedades y desmesura que sólo puede agrietar la arquitectura de las alianzas occidentales.

La seguridad es una prioridad legítima, pero cuando se emplea para conculcar derechos fundamentales como la libertad religiosa, la reputación de las democracias se erosiona irremediablemente.

Es imperativo poner fin a la escalada antes de que el coste de esta insensata aventura militar sea inasumible para el orden internacional.