Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli

  • Ha bastado la necesidad de votos de este gobierno corrupto para dar el poder a los sucesores de los asesinos y poner en libertad a 700 de ellos

Nadie tenía derecho a ignorarlo: Otegi lo ha dicho claramente infinitas veces: su acuerdo con Sánchez es de votos a cambio de liberación de terroristas presos. Y ambas partes están cumpliendo: Bildu vota escrupulosamente las cosas del gobierno, y éste va soltando sigilosamente a los etarras presos, todo con la colaboración necesaria del PNV y Gobierno Vasco, más la Junta de tratamiento de la cárcel y el Juzgado de vigilancia penitenciaria. El procedimiento ha servido para otorgar el segundo o tercer grado penitenciario a más de 700 etarras presos. Es una amnistía silenciosa que ha soltado a asesinos con condenas, burladas, de centenares de años, y sin necesidad de ninguna condena del terrorismo ni de colaborar con la justicia. La última, Anboto, fue una de las jefas históricas de la banda.

Matar, inversión rentable

Y puesto que nadie informado podía ignorarlo, habrá que preguntarse por las expresiones de sorpresa y del sempiterno “no se podía saber”. La explicación tampoco es complicada: si descontamos a los tontos de alma cándida, el “no se podía saber” con la amnistía encubierta es otro ejercicio de blanqueado de las cotidianas aberraciones del sanchismo, ese sindicato de oportunistas y corruptos sin fronteras formado por los socialistas y sus socios de extrema izquierda y separatistas, ETA incluida.

Esta vez las víctimas no son solo las ya asesinadas o heridas y sus familiares, sino conceptos básicos del Estado de derecho y la justicia, por ejemplo los de reinserción y reparación: se han convertido ya, quién sabe si de modo irreparable, en simple monedas del cambio del cambalache político. Y, sobre todo, han convertido al terrorismo en una inversión rentable, un camino criminal al poder que merece la pena iniciar en un país donde las concesiones a la injusticia y la corrupción no parecen tener límite ni auténtica contención, más allá de la penal. Que además puede anular la amnistía encubierta, como esta (o como la concedida a los golpistas catalanes con presunción de ley), disparate que sin duda lamentaremos más pronto que tarde.

La victoria póstuma de la banda

El cuento de la feliz autodisolución voluntaria de la banda (la propia Anboto leyó el comunicado de la farsa) es desmentido en cada homenaje y suelta de estos terroristas contumaces, el pago de Sánchez y PNV a los imprescindibles siete votos de Bildu (los de Sabino Arana lamentarán amargamente haber cedido su progenitura por el plato de lentejas del gobierno Sánchez, pero esa es otra historia). Estos días la farsa ha escalado un poco más la pendiente de la abyección con ocasión de la Korrika, una carrera por relevos que empezó en la Transición para apoyar a las apoyadísimas ikastolas; continúa con el pretexto pueril y populista de la defensa del euskera. ¿Qué “defensa” necesita una lengua oficial omnipresente y obligatoria en multitud de ámbitos? ¿no servirá en realidad para encubrir y negar preventivamente las cotidianas agresiones de la exclusión lingüística? ¿no será una carrera de intimidación para suprimir el pluralismo y la realidad del 75% de vascos hispanohablantes cotidianos?

La Korrika es, en realidad, un ejercicio simbólico y práctico de ocupación del territorio, de la información y de las instituciones. Este año, los héroes y protagonistas de la carrera han sido algunos de los terroristas sueltos en la autoamnistía encubierta, jaleados como modelos ejemplares de homo basquensis -rama marchita del árbol sapiens- por centenares de escolares con camisetas, carteles y demás parafernalia apologética. Este año, es una apología descarada de ETA, financiada con dinero público y jaleada por los medios de comunicación públicos y concertados. Por qué no.

En el país del mito de las victorias póstumas del Cid contra los agarenos, la banda ha conseguido una parodia humillante de victoria posmorten, con resurrección incluida. Es verdad que estuvo casi muerta, al borde de la desaparición por la presión policial y judicial más el rechazo civil. Pero simplemente se transfiguró en el complejo político Bildu-Sortu, y al PSOE le pareció buena idea salvar los restos para hacerse con un socio político, y sobre todo salvar al nacionalismo vasco en su conjunto, quizás arrastrado por la banda a la derrota del rechazo social.

Pero no se trata solo de la negociación de Zapatero Eguiguren con la banda, que para variar Mariano Rajoy respetó como todo lo malo del sistema. En realidad, nos han arrastrado hasta aquí todos aquellos que ni imaginan ni quieren un sistema de partidos distinto al de la Transición, con los árbitros nacionalistas catalanes y vascos dando y quitando mayorías de gobierno, y con sus territorios convertidos en feudos exclusivos privilegiados, intocables y eternos, sin más vida pública que la tolerada por el nacionalismo. Por salvar su precioso sistema estamos ahora soportando una degradación política sin precedentes ni parangón en Europa.

La paz de los cementerios

Naturalmente, las reacciones insisten en primer lugar en la solidaridad sentimental con las víctimas, victimizadas otra vez como nos recordó la senadora María Caballero al ver la efigie del asesino de su padre paseada en triunfo por Pamplona. Pero la factura irá bastante más allá de esta crueldad política, del regreso impune y tolerado de las amenazas a la universidad vasca, y la práctica supresión de la pluralidad ideológica y cultural en una sociedad laminada por el rodillo abertzale, tras el abandono a su suerte del constitucionalismo con la complacencia de las élites locales y españolas.

Estos días, con ocasión de la trágica eutanasia de Noelia Castillo, las cámaras de televisión buscaban por los pasillos del Congreso a la diputada bilduetarra Mertxe Aizpurua para que nos instruyera con su opinión acerca de la Ley de Eutanasia. O de Etanasia, como sugirió con acierto un tuitero. ¿Hay mayor normalización del crimen que convertir a esa diputada en guía ética, jurídica y política sobre el campo de minas que es la regularización legal del suicidio? ¿A ella, otra terrorista condenada y contumaz que considera el asesinato un modo honorable de carrera política?

Si vuelve a la actividad terrorista alguna secuela de la banda normalizada, nadie debería esperar, a la vista del presente, gran cosa del Estado de derecho y los instrumentos constitucionales para garantizar la democracia. Eso ya lo hicimos (y fuimos la admiración del mundo), pero ha bastado la necesidad de votos de este gobierno corrupto para dar el poder a los sucesores de los asesinos y poner en libertad a 700 de ellos. Pero tengamos cuidado, porque el fracaso de la legalidad invoca a la fuerza pura para restablecer el derecho. Y no solo en el mundo de los conflictos internacionales.