Ignacio Camacho-ABC
- La ventaja autonómica del PP es menor cuando se extrapola al Congreso porque el embudo provincial se vuelve más estrecho
Lo primero que hace el gabinete de estrategia de la Moncloa tras unas elecciones parciales es extrapolar el resultado a las generales, aplicando al número de votos de cada partido la fórmula de atribución de escaños en el Congreso. Es lo único que interesa al presidente; ya sabe que sus candidatos autonómicos van al despeñadero. Y la deducción que infieren los gurús es que la distancia que le está sacando el PP en las regiones, en términos de diputados, deviene mucho menor cuando se traslada al escenario nacional porque el embudo provincial se vuelve más estrecho. La izquierda sigue perdiendo, por descontado, pero la correlación de fuerzas se comprime… siempre que el PSOE conserve el segundo puesto o, como en algunas circunscripciones de Castilla y León, consiga el primero.
Así, por ejemplo, con los datos de la encuesta de GAD3 para ABC, los aproximadamente 25 diputados de ventaja que los populares obtendrán en Andalucía se transformarían, con los mismos porcentajes proyectados en las Cortes, en cinco o seis, una diferencia bastante más reducida. Un dato para albergar un cierto optimismo de expectativas, sumado a que la crecida de Vox se quedaría en un solo nuevo congresista. El problema de Sánchez sigue siendo el desplome de sus socios, una caída consolidada que le impide soñar con la mayoría y en la práctica reduce su perspectiva de supervivencia política a la posibilidad de aferrarse al liderazgo del partido si las urnas le obligan a desalojar el palacete monclovita.
Conclusión: el triunfo de las derechas agregadas es a día de hoy un pronóstico robusto, si bien el margen puede ser bastante más apretado de lo que sondeos vienen vaticinando. Porque hay que contar también con la facturación favorable que el PSC y sus aliados separatistas obtendrán en Cataluña, un factor compensatorio del presunto descalabro. La tendencia general del desplazamiento de voto tiene poca pinta de cambio; el muro se ha desplazado y ahora el sanchismo advierte que hay más gente en el otro lado, pero aún se ve en condiciones de achicar el campo a sus adversarios. Una cosa el sufragio bruto y otra su alcance parlamentario después de que los cocientes de la ley D’Hont y el sistema de reparto por provincias obren su efecto matemático.
A ello hay que añadir un fenómeno constante en casi todas las elecciones (menos dos) celebradas desde la restauración de la democracia: el PSOE siempre sube en campaña y el PP siempre baja. Pedro confía además en su tirón personal en una contienda final de características plebiscitarias, planteada a cara de perro con una intensidad dramática que se encargará de amplificar su eficaz aparato de propaganda. Y todos los trucos que estén en su mano, como la nacionalización masiva de sudamericanos descendientes de la diáspora republicana. Las derrotas territoriales como la que espera a Montero le duelen al partido, arrasado en su estructura orgánica, mientras a él le resbalan. Lo tiene en chino pero no se piensa rendir sin disputar a fondo la última batalla.