Tonia Etxarri-El Correo
La presión que vuelve a ejercer el lehendakari Pradales para que el ‘Guernica’ de Picasso se traslade temporalmente al País Vasco, en el marco del 90 aniversario del bombardeo, se ha convertido para los nacionalistas en una cuestión de Estado que bien puede ser aprovechada para que Pedro Sánchez siga cediendo a sus exigencias. Pero no es una cuestión fácil ni tan simple. La causa va envuelta en un gesto de «reparación» política que vuelve a topar con la realidad, como ha venido sucediendo desde que el cuadro viajó del MoMa de Nueva York a Madrid. La obra se conserva en un estado delicadísimo, según alega el Museo Reina Sofía, depositario del lienzo. Bien es verdad que la joya de la corona de esta pinacoteca es admirada por dos millones de visitantes al año y reporta grandes beneficios. Pero su frágil estado desaconseja más traslados, según los expertos que saben de arte y desconocen las motivaciones políticas de este movimiento. Las vibraciones inevitables en los transportes pueden provocar nuevas grietas y pérdida de la capa pictórica. Las explicaciones van más allá de un simple ‘no’ como ha llegado a recriminar la vicelendakari primera y consejera, Ibone Bengoetxea.
Pero este es un pulso entre el Gobierno vasco y el central de turno que ni es nuevo ni se libra en el mismo carril ¿Las cuestiones políticas deben primar sobre las técnicas? ¿La reclamación del cuadro por «reparación simbólica» debe tener prioridad sobre la conservación de la obra pictórica? ¿Debe exhibirse en Bilbao por su alegoría al bombardeo? Esa es la cuestión. El Museo Reina Sofía desaconseja «rotundamente» mover el cuadro mientras los nacionalistas vascos desconfían de que ese sea el verdadero obstáculo para que experimente otra mudanza.
Independientemente de que la obra es propiedad del Estado español (el Gobierno de la República encargó y pagó casi 200.000 francos a Picasso en 1937), este pulso lleva librándose desde los gobiernos de UCD, en tiempos de Javier Tusell, hasta ahora. La memoria prodigiosa de Iñaki Anasagasti nos transporta al año en que el PNV y el PP pactaron la investidura de Aznar en 1996. Él reclamó el cuadro y Aznar le respondió que si lo trasladaba al Guggenheim y posaba en una foto, significaría pasar la página de la Guerra Civil española. Pero toparon con la técnica. Y la reclamación del ‘Guernica’ sigue ahí. El lienzo que, por cierto, no levantaba pasiones entre los nacionalistas de la época que no entendieron la obra vanguardista del artista malagueño, se convirtió en un símbolo que trascendió fronteras geográficas e ideológicas.
Este alegato genérico contra la barbarie de la guerra es, en realidad, un cuadro embarazoso para todos. Así lo reconoció Miguel Zugaza, exdirector del Museo del Prado y del Bellas Artes de Bilbao, al pronunciarse en contra de su traslado a Gernika, como se llegó a reclamar en su día. «Es una obra del Estado y la voluntad de Picasso era que formara parte de la cadena de la historia del arte que representa El Prado». Dicho queda. Ese fue el deseo del artista. Acabar en El Prado. Cabe imaginar que, además de las razones técnicas, habría que respetar sus últimas voluntades que, hasta la fecha, no se han cumplido.