Ignacio Camacho-ABC

  • Pedro y la verdad se profesan mutuamente poco respeto. Su relación es más o menos como la de Garzón con el Derecho

Una de las grandes ‘boutades’ de Baltasar Garzón, durante su etapa de juez estrella, consistió en solicitar el certificado de defunción de Franco y otros militares de su bando para asegurarse de que no podía procesarlos. En aquel tiempo también la pifió al empeñarse, de la mano del historiador Gibson, en abrir la fosa de Alfacar en busca de los restos de Lorca, iniciativa de gran impacto mediático que terminó en clamoroso fiasco cuando ya se veía en las portadas de los grandes periódicos norteamericanos. Aquella investigación retroactiva sobre la represión de la posguerra le ocasionó una causa por prevaricación de la que salió exonerado antes de ser expulsado de la carrera por grabar conversaciones de unos detenidos con sus defensores en un centro penitenciario. No le ha ido mal desde entonces; ha ganado mucho dinero como abogado de dirigentes venezolanos relacionados con el blanqueo y el narcotráfico, y dirigido en la sombra la política judicial del Gobierno de Sánchez durante varios años.

Nadie le puede negar, sin embargo, los méritos en la persecución de los GAL y de ETA, aunque sus métodos no siempre resultaron conformes a las reglas, lo que provocó el fracaso de algunos sumarios y la revocación de varias condenas por el Tribunal Supremo y por la Corte Europea. Se puede decir que a menudo su forma de instruir, además de polémica, no fue tan escrupulosa como cabría esperar en un magistrado de su experiencia. Éste es el hombre al que el presidente ha encomendado la `Comisión de la Verdad´, proyecto cuyo cometido real no es el de esclarecer la violencia de la dictadura sino el de armar con ella un relato de deslegitimación retroactiva de la actual derecha. Es decir, usar la (mal) llamada memoria democrática para cavar un poco más honda la trinchera de la polarización, ahora con una vaga –y tendenciosa– cobertura académica. El franquismo como recurrente fetiche ideológico al que practicar vudú cada vez que se empinan las encuestas, por más que no acabe de funcionar la estratagema.

Sucede que el concepto de verdad, sin necesidad de ponerlo en mayúscula, y el nombre de Pedro conforman un oxímoron, una paradoja, una palmaria contradicción de términos. Un sintagma fraudulento al que la añadidura de Garzón, ese paradigma de imparcialidad, aporta un toque esperpéntico. Si alguien metiera un polígrafo en la Moncloa es bastante probable que se fundiesen sus circuitos eléctricos; allí lo que no es engaño es enredo y lo que no es propaganda es encubrimiento. El jefe del Ejecutivo y la sinceridad se profesan poco aprecio y si alguna vez se lo tuvieron la relación se ha deteriorado con el tiempo. Más o menos como la del célebre ex juez con el Derecho, entendido no como ámbito profesional sino como ejercicio jurídico ecuánime y recto. Tal para cual, con el estrambote añadido de unos teóricos expertos de conocido sesgo pero al menos reales, no como aquellos fantasmas del confinamiento. Cuando el sanchismo entra por la puerta, la verdad busca una ventana para salir corriendo.