Amaia Fano-El Correo

Hay pocas imágenes más potentes en el imaginario colectivo vasco reciente que la de una multitud corriendo día y noche, sin descanso, ‘tipi tapa’ a favor del euskera. Eso es la Korrika. O eso pretendía ser cuando se creó. Una celebración de carácter reivindicativo y pedagógico, que buscaba aglutinar a los euskaltzales y atraer a los castellanoparlantes en la feliz idea de que «el euskera es de todos».

Pero todo degenera. Y por lo que hemos visto este año la Korrika ha degenerado bastante en manos de quienes, lejos de sensibilizar a favor de la lengua vasca, intentan patrimonializar su defensa, como si ideológicamente el euskera perteneciera a una determinada sensibilidad política y no a quienes hacen uso de él, voten a los colores que voten y recen al Dios en el que crean.

La Korrika no es —o no debería ser— el escenario de ninguna controversia. Es, o era, un punto de encuentro. Pero cuando una iniciativa que nació para sumar empieza a establecer líneas de exclusión –como han hecho este año sus organizadores aprovechando el viaje para recriminar a CC OO su política de recursos judiciales contra las exigencias lingüísticas de las administraciones vascas–, a exhibir el retrato de los presos de ETA serigrafiados en las camisetas de los corredores o a lanzar determinadas consignas que estrechan el perímetro, deja de ser un espacio compartido para convertirse en un territorio acotado donde no todos caben. Y eso, en una lengua que necesita crecer, es un lujo que el euskera no pueden permitirse.

Si este ha sobrevivido hasta hoy es gracias al compromiso militante de quienes lo rescataron de la discriminación sufrida durante el franquismo, pero también a quienes lo adoptaron, una vez restaurada la democracia, desde tradiciones y posiciones política y socialmente transversales. Convertirlo en patrimonio ideológico y darle un carácter doctrinal no solo es injusto, sino profundamente ineficaz. Porque el amor a la lengua no se impone, se contagia. Y para que esa seducción funcione necesita espacios amplios y plurales, no trincheras que solo generan rechazo.

Lo ocurrido este año con la Korrika debería servir como aviso. No para deslegitimarla –sería absurdo negar su valor de agente movilizador– sino para recordar qué la hizo grande en el pasado. Reducir lo sucedido a la anécdota, diciendo que se trata de una simple chiquillada de gente demasiado joven o desmemoriada, que poco o nada tiene que ver con su organización, no cuela. Basta comprobar la alineación política de los siete chavales que leyeron el comunicado final en Bilbao, todos ellos de la órbita de EH Bildu y de Ernai. Por no hablar de los que directamente acusan de euskarafobia a quien ose poner la más mínima pega al uso y abuso de la reivindicación lingüística mezclándola con intenciones de otra índole.

Si se convierte en el escaparate de una sola sigla, la Korrika perderá aquello que la convirtió en un fenómeno popular exitoso: la capacidad de interpelar y atraer a quienes no estaban previamente convencidos de que el euskera no tiene dueño.