- Los verdaderos responsables de la cosa cultural en Francia siempre han sido los presidentes, convencidos por lo general de que el Estado son ellos. Subsiste un absolutismo cultural que, como tal, aspira a la eternidad. Mitterrand es el caso más claro, el más eficaz y fraudulento de todosal en
No creo en los ministerios de Cultura. En ninguno. Jack Lang fue durante décadas el modelo de ministro de Cultura que los socialistas leídos de todos los partidos (parafraseando a Hayek) aspiraban a emular. Incluyendo al diplomático pijoprogre que ahora mismo ostenta el cargo en España, el que detesta la tauromaquia, el que abomina de la Conquista, el que no cree en España sino como Estado plurinacional, el que acaba de auspiciar una fantochada en el Museo de América en forma de exposición fotográfica y con el título ‘Nación trans’. Se trataría de denunciar que «los europeos» («los españoles» es expresión que les repugna) liquidamos cruelmente las formas libres de autodeterminación de género en el Nuevo Mundo, donde antes, por lo visto, se habían respetado.
Jack Lang nunca se habría atrevido a tanto porque la pijoprogresía gala era patriota e intentaba no quedar como una pandilla de ágrafos. Recientemente, casi nonagenario, el icono cultural ha caído en desgracia por su relación con Epstein el contaminador. Forzado o no, ha renunciado al bonito cargo que ostentaba desde hacía trece años: presidente del Instituto del Mundo Árabe en París. Una institución cuyos principales logros son su biblioteca y su sede a orillas del Sena, arabizante genialidad de Jean Nouvel. Los verdaderos responsables de la cosa cultural en Francia siempre han sido los presidentes, convencidos por lo general de que el Estado son ellos. Subsiste un absolutismo cultural que, como tal, aspira a la eternidad. Mitterrand es el caso más claro, el más eficaz y fraudulento de todos.
Guardo una recuerdo en particular de El ladrón en la casa vacía, libro de memorias de Jean-François Revel: el estupor con que salía de palacio después de cenar con Mitterrand. Me ha quedado la sensación de que Mitterrand y Revel representan dos modos opuestos de contemplar el mundo, y dos sentidos inversos en el tránsito de la propia biografía. Revel venía de la izquierda y, con esta en el poder (reinando), dejaba constancia de su desagrado. Los izquierdistas lúcidos dejan de serlo y se arrepienten. Mitterrand venía del colaboracionismo. Había trabajado para el Gobierno de Vichy, nada menos que en el comisariado encargado de los prisioneros de guerra. Elogió repetidamente y por escrito a Pétain, quien además de recibirlo le concedió la más alta condecoración del régimen.
Testimonios como el de Merguerite Duras en El dolor lo sitúan sin más en el círculo de la Resistencia. Lo anterior lo omite o lo desconoce. Mitterrand se enfrentó a Mitterrand de repente. Pudo caer del caballo, claro, pero fue tenaz enterrando su pasado. Salvo en un extremo: mantuvo su amistad con René Bousquet, jefe de la policía de Vichy, organizador y ejecutor de las redadas de judíos, incluyendo la del Velódromo de Invierno, cuando 13.152 personas fueron detenidas en sus casas, familias enteras, para ser enviadas a Auschwitz en trenes de pesadilla. El amigo de Mitterrand, financiador de su primera campaña presidencial, insistió en incluir a los niños judíos, extremo no demandado por los alemanes. Apenas hubo supervivientes.