Editorial-El Español

Este jueves se ha celebrado en Londres una reunión de alto nivel entre más de treinta democracias occidentales para coordinar la reapertura del Estrecho de Ormuz, y garantizar la seguridad del comercio mundial frente al bloqueo iraní.

Sin embargo, la silla de España ha quedado vacía.

Esta ausencia no es un descuido de protocolo, sino la última y más preocupante muestra del creciente aislamiento de nuestro país. La política exterior del Gobierno de Pedro Sánchez ha trazado en los últimos meses una deriva que nos aleja de nuestros aliados naturales.

Bajo la retórica de situar a España en el «lado correcto de la Historia», el Gobierno ha mantenido una inaceptable cercanía con el régimen de Teherán. El balance es desolador: España es hoy considerada por los ayatolás como un «país no hostil», una distinción que ningún socio de la OTAN debería ostentar con orgullo.

Los hitos de esta relación son difíciles de justificar ante nuestros socios. Desde el bochornoso espectáculo de ver pegatinas con el rostro del presidente del Gobierno en los misiles balísticos iraníes, hasta el agradecimiento oficial del régimen teocrático y de organizaciones como Hamás a la postura española.

Lo que Moncloa presenta como una «vía diplomática propia» es percibido en Washington y Bruselas como una preocupante ambigüedad frente a una teocracia que, por mucho que haya sido atacada ilegalmente, no hay que olvidar que es uno de los actores más desestabilizadores del tablero global.

La exclusión de la cumbre de Londres tiene una causa directa: la negativa de España a firmar la declaración conjunta del pasado 19 de marzo. Aquel documento, suscrito por 35 naciones, condenaba sin paliativos los ataques de Irán en Ormuz y sentaba las bases para una protección militar del tráfico marítimo.

El Gobierno de Sánchez prefirió no firmar, alegando la necesidad de una «desescalada» y de mandatos de la ONU que rara vez llegan a tiempo. Una decisión que ha servido para que Irán nos trate con benevolencia mientras nuestros aliados asumen el riesgo de la defensa colectiva.

Este episodio no es un hecho aislado, sino la culminación de un alejamiento sistemático del centro de gravedad de las democracias liberales.

España ya fue excluida de reuniones clave sobre el futuro de Ucrania, y sigue siendo señalada como el socio menos comprometido con el gasto en defensa dentro de la OTAN. El Gobierno parece preferir el aplauso del «Sur Global» que la responsabilidad compartida con el eje París-Berlín-Washington.

No cabe ahorrar advertencias sobre el peligro de esta soledad geopolítica. La diplomacia de los gestos ideológicos tiene un precio muy alto.

Al desmarcarse de la condena firme a Irán, España ha dejado de ser un socio fiable para convertirse en un actor secundario y bajo sospecha.

La reunión de ayer en Londres certifica que, cuando se trata de la seguridad de Occidente, España ya no está en la mesa de decisiones. Hemos cambiado el respeto de las democracias por la condescendencia de un régimen que desprecia nuestros valores.

El supuesto «lado correcto de la Historia», en el que tanto se vanagloria Pedro Sánchez de situarse, nos ha colocado, sencillamente, fuera de ella.