Editorial-El Español

La «Operación Furia Épica» ha cumplido cinco semanas de vida con el único resultado tangible aparente de una enorme inestabilidad que castiga la economía global y confunde a unos aliados que ya no saben a qué atenerse.

Mientras la Casa Blanca insiste en vender un desarrollo triunfal de los acontecimientos, la escalada y el enquistamiento de la contienda en Irán desmienten de forma tajante la promesa de una victoria rápida.

La realidad muestra, en cambio, un conflicto que ha desbordado todas las previsiones estratégicas de Washington.

Y los indicadores económicos son el primer termómetro de ese fracaso. La mejor prueba de que el relato de Trump ha perdido toda credibilidad no se encuentra tanto en los despachos diplomáticos como en la reacción de los mercados, que actúa como un detector de mentiras.

Porque, si la victoria fuera inminente, el crudo se desplomaría. Sin embargo, el barril de Brent sigue escalando y se consolida por encima de los 114 dólares.

De hecho, la Unión Europea ya contempla una crisis energética «duradera» en Oriente Medio tras el cierre del estrecho de Ormuz, y baraja medidas como el racionamiento de combustible.

La caída de las bolsas internacionales certifica igualmente que los inversores están descontando un atolladero de larga duración.

Ha quedado claro que no basta con que Donald Trump proclame el éxito militar si los mercados no validan ese relato.

Con su cambio de cuento diario, Trump no sólo ha perdido el crédito de los mercados, sino también el de la ciudadanía estadounidense.

El rechazo a la intervención militar ha crecido significativamente a medida que el conflicto se prolonga. Según un reciente sondeo del Pew Research Center, el 61% de los estadounidenses la desaprueba.

En correspondencia, el índice de popularidad de Trump también se ha desplomado hasta el punto más bajo de su presidencia hasta la fecha, situándose en sólo un 33%, según la Universidad de Massachusetts Amherst.

Y, considerando que los porcentajes de oposición a un despliegue terrestre en Irán se disparan hasta el 80% de la población, sólo cabe esperar que la «operación especial» de Trump se haga aún más antipática a ojos de los estadounidenses después del derribo, este viernes, de un caza de combate americano.

Porque el rescate de uno de los dos pilotos de la aeronave ya ha implicado, por lo pronto, poner «tropas sobre el terreno». Algo que, presuntamente, esta operación iba a evitar a toda costa desde el principio.

El discurso triunfalista de Trump se antoja, por tanto, una cortina de papel para ocultar una gestión errática que ha subestimado la capacidad de resistencia de un adversario mucho más correoso de lo que el Pentágono calculó.

La estructura descentralizada de la Guardia Revolucionaria ha permitido que, a pesar de la pérdida de su liderazgo central, Teherán mantenga operativa su maquinaria de drones y misiles móviles. La inteligencia estadounidense maneja informes que alertan de que, a pesar de estas cinco semanas de fuego intenso, Irán aún conserva una importante capacidad militar.

Y el impacto geopolítico de esta cronificación trasciende ya la región. Mientras Estados Unidos se desangra en recursos en Oriente Medio, descuida el frente del Pacífico, permitiendo que una China que se postula como el principal ganador de esta crisis capitalice el vacío de poder.

Todo ello evidencia que Trump carece de un plan para Irán, y que se ha adentrado en un laberinto del que no sabe salir.

La conducta de la Casa Blanca ha sido un compendio de inconsistencias y giros de guion. Se comenzó presentando la operación como una acción humanitaria para liberar al pueblo iraní de la tiranía, para terminar amenazando este miércoles con devolver al país a la «Edad de Piedra».

Esta dirección caótica se manifiesta en el lanzamiento de ultimátums que luego se prolongan o renuevan sin consecuencias reales, o en aquel plan de 15 puntos que pareció quedar en nada apenas una semana después de su anuncio.

La mayor contradicción, no obstante, es proclamar terminada la guerra para, acto seguido, anunciar una intensificación de los bombardeos durante las próximas tres semanas.

Pocos han resumido la «incoherencia sistemática» que emana de la Casa Blanca como Emmanuel Macron, quien ha deslizado que «cuando se quiere ser serio, no se dice lo contrario cada día de lo que se dijo el día anterior».

Porque, en su retahíla de comparecencias cada vez más desquiciadas, el presidente no deja de presumir de un poderío militar supuestamente capaz de doblegar a Teherán en cuestión de horas.

Y todo invita a pensar que esta fanfarronería no es más que palabrería para disfrazar el fiasco que ha supuesto la operación.

Pero ya resulta insoslayable la mala dirección de una operación que Trump se afana en maquillar, intentando evitar que le pase factura en las próximas elecciones de mitad de mandato.

Ante la falta de victorias cuantificables, el presidente ha optado por revestirse (adulado por su círculo de predicadores evangélicos y colaboradores fanáticos) de una extravagante retórica religiosa de guerra santa, tratando de reemplazar con la fe ciega de sus bases el apoyo social que los éxitos militares no le otorgan. Una retórica que, por otro lado, ha llevado la tensión entre Washington y la Santa Sede a cotas nunca vistas.

Aunque, en última instancia, es el propio Trump quien más está haciendo por desenmascarar sus propias trampas retóricas.

Al explicitar, con un lenguaje incendiario, que su objetivo no es una acción libertadora sino la exterminación y la rendición total de la nación iraní, el presidente está admitiendo su propia ineptitud estratégica.

La crueldad de sus palabras es la confesión de impotencia de quien no admite que no sabe cómo ganar la guerra que él mismo inició, arrastrado en gran medida por el arrojo de un Israel cuyos alardes unilaterales de fuerza Washington ya no es capaz de respaldar sin un acusado desgaste.