Teodoro León Gross-ABC

  • Ciscarse en la bandera, humillar al Rey, bien, pero si allí quitabas un lacito amarillo, parecían la niña del Exorcista

Más allá de que corear «musulmán el que no bote» saque un detestable instinto de las entrañas, en el escándalo hay matices silenciados por los golpes de pecho condenando esa expresión coral «de odio». Va de suyo que está prohibido en los estadios, y punto, pero ¿por qué algo así es peor que la procesión del Santo Coño Insumiso, que un grupo feminista sacó por las calles de Sevilla parodiando la Semana Santa con el paso de una gran vagina emulando un palio de la Virgen? Es evidente que aquel grupo de mentecatas buscaba un mensaje ofensivo para llamar la atención, con el máximo escarnio y un nivel difícilmente superable de mal gusto. Pero la crítica de la religión, más o menos artística, más o menos chusca, ha sido consustancial con la conquista moderna de la libertad de expresión. Las propias costaleras del llamado Santo Chumino Rebelde gozaron de un notable apoyo por su astracanada feminista.

Una cosa es descalificar a alguien por su raza o por una tara física, que son cosas que uno no elige sino que van unidas a su dignidad personal, y otra hacerlo por una creencia electiva. Se puede ridiculizar sañudamente a alguien por ser del Opus o Testigo de Jehová, o ya puestos del Real Madrid, ya que el fútbol es otra forma de religión contemporánea… ¿pero no por ser musulmán? A algunos les convendría recordar que musulmán no es una raza o una característica física, sino quien se adhiere a la religión islámica. Y los que coreaban en Cornellá, con la alegría descerebrada de los estadios, sin duda también son un hatajo de mentecatos, pero la reacción conecta con la respuesta histérica en Occidente con las caricaturas de Mahoma que la redacción de ‘Charlie Hebdó’ pagó con un brutal atentado terrorista. Todavía hay quien cree que no hay libertad para caricaturizar a Mahoma.

La ofensa selectiva está muy marcada por la dinámica ‘woke’. Precisamente en Cataluña, las expresiones de odio contra lo español se han normalizado. Gritar «Puta España» y humillar sus símbolos nacionales al parecer es progresista. A ver si esto no va de valores sino de ventajismo ideológico. En Euskadi aún se festeja a los asesinos de ETA que el sanchismo se ha sumado a blanquear; y en San Mamés hay unos cuantos expedientes por cánticos a favor de la banda terrorista, silenciados por el entorno gubernamental sin ningún escándalo. Con qué maravillosa naturalidad llevan todo esto los que se rasgan las vestiduras por los botarates que coreaban ese cántico mezquino de «musulmán el que no bote». Ciscarse en la bandera, humillar al Rey, bien, pero si allí quitabas un lacito amarillo, parecían la niña del Exorcista. Entonces lo tienen claro, en las calles y en los editoriales, clamando «facha, facha, facha el que no bote», o más bien, «facha, facha, facha el que no nos vote».