Mikel Buesa-La Razón

  • Se conserva la guitarra con la que el guipuzcoano José María de Iparraguirre interpretó por primera vez su «Guernicaco Arbola». Lo hizo en Madrid, en el Café de San Luis, un día de 1853. Guernica y Madrid están, desde entonces, espiritualmente unidas. Por ello, es en Madrid donde debe permanecer la obra de Picasso

Lo malo de las guerras civiles es que no se acaban nunca, principalmente porque cuando la memoria se ha desvanecido llegan los que la tergiversan para su provecho político. La española no fue una contienda contra los vascos –como sostienen los nacionalistas al reclamar el cuadro de Picasso exigiendo, según Pradales, una «reparación política y simbólica»–, pues éstos se alinearon en uno y otro bando, dividiendo familias –como la mía– y sembrando odios perdurables. Guernica fue bombardeada en 1937 por la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria italiana. Tenía algún valor militar, aunque fueron sobre todo civiles quienes sufrieron sus estragos. Por cierto, unos cuantos militares de la Legión Cóndor se alojaron en Vitoria, en el caserío que mi abuelo construyó para su extensa prole y al que dio el nombre de Guernica. Tenía anexa una construcción menor a la que denominó Luno. En Guernica y Luno nací yo muchos años después cuando mi padre ultimaba la construcción del ferrocarril de Pedernales a Bermeo. ¡Cuántas veces subí yo a aquellos trenes de vapor para llegar al pueblo en cuyo cementerio reposan los restos de Sabino Arana! Ese ferrocarril lo inauguró, en 1955, Franco, que llegó a Bermeo en el Azor mientras los arrantzales salían al mar, haciendo sonar sus sirenas, para recibirle. Mi padre contó que, acabado el ceremonial, el generalísimo se retiró en automóvil de nuevo hacia la villa pesquera para no pasar por Guernica. Ésta, en aquel momento, aunque había sido reconstruida en gran parte por Regiones Devastadas, aún conservaba las ruinas de algunos de sus edificios –como la iglesia de San Juan Ibarra, el viejo frontón o los de Azoquecalle–. En esos escombros transcurrieron, en buena parte, mis juegos de infancia y adolescencia. Pero la iglesia de Santa María, el Convento de Santa Clara y la Casa de Juntas permanecieron incólumes. En ésta, además del roble, símbolo del fuero de Vizcaya, se conserva la guitarra con la que el guipuzcoano José María de Iparraguirre interpretó por primera vez su «Guernicaco Arbola». Lo hizo en Madrid, en el Café de San Luis, un día de 1853. Guernica y Madrid están, desde entonces, espiritualmente unidas. Por ello, es en Madrid donde debe permanecer la obra de Picasso.