- Si el Gobierno vasco y los partidos que lo sustentan callan de nuevo ante esta vergüenza y continúan respaldándola, serán corresponsables del blanqueamiento de una iniciativa despreciable que solo sirve para dividirnos y ensuciar una lengua que debiera ser de todos
Hace una semana finalizó en Bilbao la 24 edición de la Korrika. Probablemente muchos lectores desconozcan qué hay detrás de esa denominación, por eso en primer lugar explicaré su origen y objetivos. Korrika significa en castellano carrera, y en eso consiste, en una marcha que cada dos años recorre cientos de kilómetros uniendo las provincias vascas y el sur de Francia para la promoción del vascuence. La organiza desde 1980 AEK, una coordinadora privada de alfabetización en esta lengua que, gracias a la venta de los relevos del testigo que portan los participantes, obtiene financiación extra para la enseñanza del vascuence en sus centro.
Hasta aquí todo parecería loable, si no fuera porque esta iniciativa ha sido instrumentalizada siempre por el brazo político de ETA. Desde el principio utilizaron el vascuence como un elemento crucial para la construcción nacional y decidieron controlar su promoción. En todas y cada una de las ediciones de la carrera, las pancartas en favor de esta organización terrorista y las fotos pidiendo la libertad de sus presos, copan la marcha en cada uno de los pueblos por los que discurre la misma. Esta es sin duda la percepción de cualquier observador imparcial, pero por si no fuera suficiente conviene recordar un dato, en noviembre del año 2000 el juez Baltasar Garzón instruyó diligencias contra cuatro dirigentes de AEK por pertenencia a banda armada y fraude fiscal, ordenando además la administración judicial de la coordinadora.
Este año otras tres circunstancias han devuelto el protagonismo a esta carrera evidenciando su clara utilización partidista. La primera, la prohibición de participar en la misma al sindicato CC.OO. pese a haber pagado el precio correspondiente por la compra del kilómetro del recorrido. La razón de su exclusión, los recursos presentados contra algunas convocatorias públicas de empleo en las que el nivel de exigencia del vascuence era considerado desmesurado. La segunda, el hecho de que tres expresos de la banda terrorista –Sáenz de la Maza, San Argimiro y Aristrain– portaran entre aplausos el testigo por las calles de San Sebastián, y, en tercer lugar, la imagen de un niño, de apenas ocho o nueve años, corriendo en Pamplona junto al testigo, enfundado en una camiseta impresa –la llevaban más participantes– con el rostro del terrorista Patxi Ruiz, asesino del exalcalde y concejal de UPN en la capital navarra, Tomás Caballero.
Año tras año, escenas como las comentadas han sido el pan nuestro de cada día sin que ninguna institución pública, que anualmente financian generosamente las actividades de la coordinadora AEK, criticara este oprobio. ¿Habrían guardado silencio si se exhibieran fotografías de pederastas o se mostraran pancartas pidiendo la libertad de violadores o maltratadores de género?. Un idioma o sirve como elemento de comunicación o se convierte en otra cosa. En el caso vasco, ETA y el nacionalismo apostaron porque fuera otra cosa, tenían que convertirlo en una seña de identidad disgregadora y excluyente al precio que fuere. Sin idioma propio la ficción de ser un pueblo distinto y los privilegios que de ello se han derivado, no tendrían sentido y por tanto había que exprimirlo hasta la náusea, aunque el resultado fuera envenenar el vascuence. Prueba de ello es que, tras casi cincuenta años de imposición y miles de millones de dinero público invertidos, continúa siendo una lengua minoritaria entre los vascos.
El Gobierno vasco haría muy bien en replantearse su relación con AEK y la Korrika. En vez de comprar su participación y enviar a la carrera, como ha hecho este año, a su vicelehendakari y al consejero de seguridad, podría debatir en consejo de Gobierno la oportunidad de separase y dejar de financiar una iniciativa contaminada por la violencia. Si así fuera su socio socialista tendría la ocasión de atreverse a plantear, al menos de boquilla, una posición discrepante. Si el Gobierno vasco y los partidos que lo sustentan callan de nuevo ante esta vergüenza y continúan respaldándola, serán corresponsables del blanqueamiento de una iniciativa despreciable que solo sirve para dividirnos y ensuciar una lengua que debiera ser de todos.
- Carlos de Urquijo fue delegado del Gobierno en el País Vasco