Carmen Martínez Castro-El Debate
  • La pregunta que debemos hacernos es si es posible hacer políticas ambiciosas sin señalar a una parte de la sociedad como un enemigo contra el que legitimarse

Estoy deseando leer con calma la entrevista que Bieito Rubido le ha hecho al presidente argentino Javier Milei. De momento los he visto a ambos posando frente a la famosa motosierra que Milei ha convertido en símbolo de su lucha contra el ingente despilfarro público del kirchnerismo. Pero la motosierra, los insultos y su peinado indescriptible no deberían distraernos, Milei, al igual que Trump, es un personaje mucho más interesante de lo que dicen tanto sus detractores como sus hagiógrafos. Negar los valores políticos de este tipo de dirigentes resulta absurdo, pero ignorar sus excesos y los riesgos que entraña su manera hacer política, también.

A Milei, como a Trump, debemos reconocerle un instinto muy superior a la media. Son comunicadores natos, intuitivos, arriesgados y ágiles. Tienen el don de la frescura y no temen al ridículo ni a la hipérbole; de hecho, la buscan porque saben usarla a su favor. Se ríen de los aliporis que provocan sus salidas de tono y no se arrugan ante los dicterios de los sumos sacerdotes de la corrección política; viven precisamente de desafiar esos consensos. Eso es fácil hacerlo desde la oposición, pero en el caso de Milei, Trump y algunos otros, lo interesante es comprobar como encajan esas formas populistas con la obligación básica de la política que consiste en gestionar con acierto los intereses de la sociedad y mejorar su bienestar.

Milei tiene el reto colosal de sanear la economía argentina, que iba camino de la desastrosa realidad que estamos viendo en Cuba o Venezuela. Macri intentó revertir la situación a la manera de un conservador clásico, con institucionalidad y buscando equilibrios, pero le faltó tiempo y fracasó. Milei entendió que solo la motosierra podría permitirle la terapia de choque que se necesitaba y pocos pueden negar que su apuesta económica está dando frutos. Su equipo es el mismo tenía Macri, pero paradójicamente el populismo Milei les anima a desarrollar todo lo que no pudieron hacer en su día con el moderado Macri.

También Zelenski era poco más que un payasete cuando llegó a la presidencia de Ucrania rompiendo los moldes de la comunicación política clásica. Y ahí le tienen, convertido en un líder providencial e imprescindible sin el cual Ucrania sería un protectorado de Putin hace ya bastante tiempo. Bukele es otro político de hechuras más que discutibles, pero está claro que los salvadoreños agradecen de forma abrumadora sus éxitos innegables en la lucha contra la criminalidad que ahogaba el país.

La pregunta que quienes nos consideramos moderados debemos hacernos es si es posible acabar con las maras sin exhibir a los detenidos semidesnudos y hacinados como ganado, si se puede recortar el gasto sin enarbolar la motosierra a modo de trofeo o si se puede luchar contra la inmigración ilegal sin necesidad de hacer discursos xenófobos o dar carta blanca a siniestros grupos de estética paramilitar como el ICE de Bovino. Si es posible, en definitiva, hacer políticas ambiciosas sin señalar a una parte de la sociedad como un enemigo contra el que legitimarse.

Resulta muy saludable desafiar los cánones de lo políticamente correcto que el progresismo ha venido dictando durante años, pero la democracia liberal no es un producto de la hegemonía cultural de la izquierda sino un modelo de convivencia que no debe ser víctima del pendulazo ideológico. No se puede hacer política sin ciertas dosis de propaganda o demagogia, pero no se debe triunfar en política sin acreditar unos resultados objetivos de buena gestión y, sobre todo, no se debe gobernar en democracia sin entender que la concordia no es un criterio ideológico sino el sustento de la convivencia en paz.

¡Feliz Pascua de Resurrección a todos!