Ignacio Marco-Gardoqui-El Correo

  • Yolanda Díaz anuncia que no concurrirá a las próximas elecciones tras un recorrido político cuando menos accidentado

Llevo unas semanas ausente, desnortado, como ido. Ya no veo la luz que iluminaba mi caminar. Ocurrió exactamente cuando la señora vicepresidenta anunció, sin contemplaciones, sin piedad, sin recabar antes nuestra opinión, que no sería candidata en las próximas elecciones. Menos mal que solo dijo candidata, no ministra, porque eso hubiese sido completamente insoportable. Nos queda la esperanza de que vuelva transfigurada, bajo otro ropaje, con otras y seguro más altas responsabilidades, con nuevas obligaciones, pero con la misma determinación para salvarnos.

Hace exactamente tres años que inició un «fructífero» periodo de escucha que fue el sustento sobre el que se edificó el proyecto de Sumar, previsto inicialmente para salvarnos del mal, sacarnos del infierno y llevarnos a la luz.

Iba a ser la primera presidenta del Gobierno de España. Tras un periodo inicial de éxito, en el que los acuerdos con la patronal se convirtieron en costumbre y ganó fama de gran componedora, llegó el marasmo, la desorientación. En el proceso de escucha se oyeron ruidos y los ruidos se convirtieron en caos. Ahora, y tras unos resultados electorales finales malos de solemnidad, nos deja. ¿Nos deja? De momento sí, luego ya veremos si vuelve.

Su historia política es, cuando menos, accidentada. Todo empezó en las juventudes comunistas del BNG de Anxo Guerreiro, con quien enseguida riñó por quedarse con las siglas de IU. Con ellos llegó a teniente de Alcalde de El Ferrol. De allí se fue tras una polémica subida de sueldos. La política municipal se le quedó corta y se pasó a la autonómica, con Xosé Manuel Beiras desde donde amenazó de cerca al PSOE. Pero lo dejó. «Yolanda me ha traicionado», dijo Beiras, y se fue con Marea donde logró su mayor éxito, al conquistar cinco escaños en el Congreso.

Hoy no existe nada de ese pasado esplendor y no tiene representantes en el Parlamento gallego y en su pueblo, Fene, ni siquiera consiguió el porcentaje mínimo de voto necesarios para optar a representación parlamentaria, a pesar del cable que le echó Iberdrola al adjudicar un pedido de torres eólicas marinas al astillero local. Deslumbró a Pablo Iglesias de quien fue su heredera ‘ab intestato’, pero solo el tiempo justo para romper con él y con Podemos, en una nueva trifulca que no cesa y parece no tener fin.

A pesar de ser ministra de Trabajo, lo cierto es que el trabajo no le gusta (¿ha visto el vídeo en el que enseña alborozada un libro que se titula ‘La abolición del trabajo’?) y por eso sube salarios, reduce horarios e incrementa controles. Todo lo que hace es bueno para quienes lo disfrutan y lo reciben, pero no tan bueno para quienes los pagan.

Últimamente ha reñido con el vicepresidente Cuerpo, siempre preocupado por los efectos negativos de sus propuestas y por eso ella lo calificó de «mala persona». Pero hoy él manda más y ella obedece menos. Su última propuesta relativa a la vivienda, incluida en el real decreto que está pendiente, no la apoya ni Junts, ni probablemente el PNV ni, desde luego, el PP y Vox. Así que tiene menos posibilidades de salir que el Gordo de Navidad.

Su final esta siendo espectacular. Fue en ‘business’ a la alfombra roja de los Oscar, allí donde desfilan los menesterosos, donde se agolpa la famélica legión y todos los descamisados. También hizo pira del pasado Consejo de Ministros, pues estaba descansando en una playa mexicana. Menos mal que es ministra, porque si trabajase en una empresa privada estaría posiblemente despedida. ¡Qué duro! Con lo que nos quiere y se desvela por nosotros…