Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli
- El pueblo iraní recordará quién le apoyó de verdad jugándose el tipo por encima de riesgos y de conveniencias egoístas
La guerra entre Estados Unidos e Israel y la República Islámica de Irán va a entrar en su sexta semana y, pese a las declaraciones del presidente Trump, no parece que vaya a remitir a corto plazo. La información sobre la contienda es abundante y los medios escritos y audiovisuales occidentales inundan a sus lectores, oyentes y espectadores con todo tipo de detalles sobre su desarrollo. Sin embargo, hay dos aspectos de este conflicto armado que no reciben suficiente atención y que conviene señalar.
El primero es la amplitud de la destrucción de infraestructuras vitales no militares junto con el número de víctimas civiles y el segundo, la ola de ejecuciones sumarias de miembros de la resistencia contra el régimen teocrático. Se supone que esta acción bélica tiene como fin en primer término la eliminación de la capacidad ofensiva de los ayatolás, sus sistemas de misiles, su logística, su red de comunicaciones, su flota, su aviación, sus aliados terroristas en la región y su aspiración a disponer de armas nucleares. También, como consecuencia de todo lo anterior, la caída de la dictadura fanática y asesina que es la principal fuente de inestabilidad en Oriente Medio y una permanente amenaza existencial para Israel para ser reemplazada por una democracia no confesional con separación de poderes, elecciones libres, igualdad entre hombres y mujeres, economía de libre empresa y respeto por los derechos y libertades fundamentales de sus ciudadanos.
Errores luctuosos
De cara a este último objetivo, las fuerzas de intervención norteamericanas e israelís han de esforzarse en que el daño a puentes, vías de comunicación, hospitales, escuelas, universidades, centrales eléctricas, fábricas de materiales ajenos a usos militares, puertos e instalaciones petrolíferas y gasísticas sea el mínimo indispensable. Errores luctuosos como el acaecido en el bombardeo de la escuela primaria femenina “Shajareh Tayyebeh” deben ser evitados porque soliviantan a la población y dan argumentos a la propaganda de las entidades represivas del régimen encubriendo así sus atroces crímenes. La sociedad iraní es mayoritariamente contraria al totalitarismo clerical que la oprime desde hace casi medio siglo, pero un Irán post-islamista totalmente arrasado tendrá mucha mayor dificultad en emprender un nuevo camino de libertad y prosperidad que otro en el que los elementos básicos del funcionamiento económico y social se encuentren disponibles.
En cuanto al recurso al patíbulo tras juicios sumarísimos sin garantías procesales y confesiones obtenidas bajo tortura, se ha intensificado hasta extremos alarmantes. En la madrugada del pasado 31 de marzo Pouya Ghobadi, de 34 años, y Babak Alipour (33), fueron ahorcados por ser miembros de la organización MEK, opuesta a la tiranía de los turbantes. El día anterior, Mohammad Taghavi (59) y Akbar Daneshvarkar (60) habían sido ejecutados por el mismo motivo. Más recientemente, el 2 de abril, Amir Hossein Hatami (18) ha sido asimismo colgado por haber participado en las protestas callejeras que tuvieron lugar en enero. Quince prisioneros políticos se encuentran en el corredor de la muerte a la espera de la cuerda.
La tibieza de la UE
Todos estos nombres eran conocidos desde hacía tiempo, así como el fatal destino que les aguardaba. La Unión Europea, que se ha cuidado mucho de mantenerse al margen de la guerra en una muestra de pusilanimidad deplorable, se supone que es la campeona global de los derechos humanos y la democracia. Conociendo de antemano la situación de estos condenados a la pena capital, sus identidades y circunstancias, se ha limitado a declaraciones genéricas y blandengues, sin anuncio de medida concreta alguna, actitud que los ayatolás interpretan como aquiescencia y siguen con la matanza. Europa tiene a su alcance fuertes instrumentos de presión sobre la República Islámica, sanciones a individuos directamente a cargo de las ejecuciones, ruptura de relaciones diplomáticas, denuncias de estos asesinatos con cita del nombre y apellidos de los infortunados por las máximas autoridades comunitarias, actuaciones en foros internacionales exigiendo contención al régimen iraní, bloqueo financiero, supresión de visados y otras muestras de interés real que frenen el frenesí homicida del islamismo radical de Teherán. Nada de esto se ha hecho. Retórica vacía, frases rituales, buenos deseos inanes, la completa inutilidad.
Si al final se produce el derrocamiento del tinglado corrupto, terrorista y totalitario que hoy mantiene bajo su bota sangrienta al pueblo de Irán, sin duda éste recordará quién le apoyó de verdad jugándose el tipo por encima de riesgos y de conveniencias egoístas y quién flojeó de remos mientras valientes jóvenes, hombres y mujeres de toda condición eran aplastado por la Guardia Revolucionaria y las milicias Basij. Entonces los encopetados burócratas de Bruselas aprenderán amargamente que hay circunstancias en la historia en las que el silencio equivale a la colaboración.