Ignacio Camacho-ABC

  • La crisis de Indra es un paradigma de injerencia política en la praxis corporativa. Lobistas, purgas, pulsos de hegemonía

La ‘hybris’ del poder sanchista ha transformado las empresas estratégicas en juguetes, artefactos clientelares para pagar favores y colocar pretorianos. Pedro no es el único gobernante que lo ha hecho pero sí el que con más descaro mueve sus peones para tomar el control de sociedades anónimas participadas por el Estado o intervenidas de facto mediante una ley aprobada durante la pandemia cuya vigencia debería ya haber caducado. Si el caso de Telefónica, con su máximo responsable destituido en un despacho de la Moncloa, ya era paradigmático, el de Indra entra en los parámetros del escándalo: reuniones de madrugada en plena Semana Santa y presiones sin recato contra un directivo que se creyó en condiciones de desafiar a quienes lo habían encumbrado.

La fusión con la compañía de los hermanos Escribano no era sólo un conflicto de intereses: era un acto de corrupción político-económica de niveles estratosféricos… que hasta hace pocas semanas contaba con la complicidad y el asentimiento del Gobierno. No fue hasta que el presidente de la compañía, nombrado hace un año, se rebeló contra sus patrocinadores cuando éstos retiraron su visto bueno al insólito proyecto de que las mismas personas fuesen compradores, vendedores y clientes de una firma –semipública, por ende– al mismo tiempo. Esa operación inaceptable no era el motivo del cese sino el pretexto; simplemente habían cambiado las prioridades del Ejecutivo al ver que su teórica marioneta empezaba a moverse con su propio criterio.

En este turbio tejemaneje, que en pocos días ha costado cientos de millones a los accionistas atrapados en una brusca bajada de cotización por el obvio impacto de tanta maniobra compulsiva, confluyen los peores vicios de la siempre problemática injerencia de las autoridades institucionales en la economía. Enredos de los competidores, frenética actividad de lobistas, incompatibilidades éticas, conciliábulos opacos, pulsos de hegemonía. Improvisaciones, purgas, incoherencias, rectificaciones, prisas, decisiones chapuceras, mangoneos sectarios y toda una exhibición de mala praxis corporativa. Una indisimulada demostración de que la política industrial, sea en defensa, en comunicación o en tecnología, está sometida al caprichoso designio sanchista.

Ni la banca –caso del pulso entre el Sabadell y el BBVA– se ha librado de la intromisión gubernamental en la libertad de empresa. El poder se inmiscuye en las decisiones de gobernanza interna, cuando no las sabotea; quita y pone gestores a su gusto con el PSC como principal cantera; introduce un factor de arbitrariedad aleatoria y establece regulaciones de facto al margen de las reglas y con alarmante falta de transparencia. Su mensaje es claro: los cambiantes deseos de Su Persona son palabra de ley para cualquier actividad productiva o financiera. El único derrotero, la única agenda, el único método de trabajo o de planificación, la única estrategia. Y allá el que no lo entienda o se crea con autonomía suficiente para emanciparse de esa tutela.