- El hecho de que un exterrorista como Otegui llame nazi a Ayuso por la polémica sobre el Guernica muestra la degradación a la que hemos llegado
El País Vasco, antaño muy industrioso y creativo, vive hoy en el autoengaño, pues su alto nivel de vida es ficticio. Reposa sobre la bicoca del concierto fiscal y sobre las rentas de empresas del siglo pasado, pues hoy apenas se crea allí nada y su economía está fuertemente subvencionada.
El victimismo es un componente esencial del separatismo. Solo dejarán de dar la murga el día en que logren fundar sus estados independientes a costa de mutilar España. Así que en lugar de darnos las gracias al resto de los españoles por hacer posible el espejismo vasco con una constante transfusión de fondos, los nacionalistas viven en la reclamación perpetua. Y está vez le ha tocado al Guernica de Picasso.
En uno de esos actos litúrgicos de «la patria vasca», el soporífero PNV ha reclamado al Gobierno que «traigan el Guernica». Ayuso, que no se pierde lío, ha terciado y les ha llamado «catetos».
Recuerdo una comedieta del gran Alfredo Landa llamada Cateto a babor, pero es de 1970. Hoy el adjetivo ha caído en desuso. Pero según la Academia dícese de alguien «paleto, palurdo, pueblerino». Parece por tanto que Ayuso no ha errado. Reclamar que el Guernica sea llevado al País Vasco es una paletada propia de quienes no entienden que hay vida más allá de sus tres provincias y de su «hecho diferencial» (otra coña: el lendakari es de origen burgalés, el líder del PNV, soriano, y las estrellas del identitario Athletic vienen de África).
Picasso tampoco era exactamente de Basauri. El gran pintor español nació en Málaga y a los diez años se trasladó a La Coruña. De allí pasó en su adolescencia a Barcelona, donde vivió hasta 1904, cuando se instala en Francia. Ya no volvería a vivir de manera permanente en España. Lo siento, pero no encuentro al Picasso vasco por ningún lado.
El Guernica fue un encargo del Gobierno de la República. Pero no de una mítica República de Euskalerría, sino de la española, que le encargó el mural al malagueño apoquinándole 200.000 francos de la época. Un dineral, equivalente a once millones de euros, cuando hasta entonces su cuadro más caro estaba en 17.000 francos. En cuanto al fervor de Picasso por la II República, pues es relativo. Antes de su llegada, declaró en una ocasión: «Soy monárquico, porque en España siempre ha habido rey». Tras la proclamación de la República nunca quiso regresar, ni siquiera para tomar posesión del cargo que le concedió el Gobierno republicano como director honorario del Museo del Prado.
El Guernica fue un encargo para la Exposición Internacional de París de 1937. Pero con el objeto de exponerlo en el Pabellón de España, que no en uno vasco.
El Guernica se encontraba en Estados Unidos desde 1940. Las gestiones para su regreso a España en 1981 tampoco fueron fruto de ningún esfuerzo vasco, sino del Gobierno de España, de la UCD, para más señas. El avión en que regresó tampoco era de Arzalluz Airlines. Se trataba de un jet de Iberia, hoy expuesto en el Museo Nacional de la Ciencia, en su sede de La Coruña. Si nos lo pide el PNV para rellenar un poco la quincalla abstracta del Guggenheim, que no atrae a nadie, pues el público acude por el edificio, podríamos avenirnos a prestárselo (un rato).
El Guernica es una alegoría que denuncia el bombardeo de los alemanes e italianos del bando nacional sobre el pueblo vasco del mismo nombre, por entonces de 5.200 vecinos. Pero también es cierto que el cuadro se basa en unos bocetos que había hecho previamente Picasso sobre tauromaquia (horror, ¡otra españolada!). El terrible bombardeo de Guernica también trasciende lo vasco. Se trata de un bárbaro lance bélico de la Guerra Civil Española, que no vasca; como el de los republicanos sobre Cabra, que dejó 109 civiles muertos, pero que no ha sido mitificado por la izquierda y por eso es ignorado por el gran público. Durante décadas circuló la cifra inflada del Gobierno vasco de 1.654 muertos en Guernica. Los estudios actuales la han reducido 126.
El comentario de Ayuso sobre la catetada del PNV ha recibido una desmedida respuesta de Otegui, que la viene a tachar de nazi. El hecho de que un exterrorista de ETA se permita ese insulto, y el hecho de que su partido, Bildu, tenga posibilidades de ganar las próximas autonómicas, muestra dos cosas: 1. La degeneración de nuestra vida pública. 2. La enfermedad moral todavía no curada que sufre el País Vasco, con mucha gente dispuesta a votar al partido de los asesinos.
Arnaldo, si ha habido en España algo parecido a los nazis es lo vuestro. Por un ideal político supremacista, y contigo en la nómina de encapuchados, mantuvisteis una ola salvaje de violencia desde 1968 hasta 2010, con 856 asesinados, 2.600 heridos y provocando el éxodo de 180.000 vecinos, tan vascos como vosotros, pero que no aceptaban que machacaseis sus libertades y su aprecio por España. No habéis pedido perdón en serio jamás. Todavía hay más de 300 asesinados de vuestra banda sin resolver. Hacéis homenajes a unos sicarios que Sánchez está soltando a cambio de que lo mantengáis en el poder. Jaleáis a los asesinos y es normal, porque erais, y sois, el partido político de ETA.
El Guernica, obra de un universal pintor español, pagada por el Gobierno español y que habla de una tragedia española, está muy bien donde está, en Madrid, la capital de España. Un país infinitamente mejor que la «república socialista, laica, feminista y ecologista» que tú pretendes construir, que sería más parecida a la tétrica Albania de Enver Hoxha que a la maravillosa España de ciudadanos libres e iguales, de la que para su fortuna forma parte el magnífico País Vasco.
El pendiente, la americana con camiseta y el soniquete altivo y regañón no engañan a nadie. Catetos, en efecto. Y con unas ideas, una moral y un pasado pestilentes.