Juan José Solozábal-El Imparcial
Catedrático
martes 24 de marzo de 2026, 20:30h
Hace tiempo que pienso que estoy en deuda con los amigos disidentes del PSOE: les debo un artículo de elogio y reconocimiento. Dejé pasar la ocasión cuando el verano pasado desapareció Juan Manuel Eguiagaray, y no quiero que ocurra lo mismo ahora que también falta Francisco Fernández Marugán. Es un pensamiento que me acompaña en cualquier ocasión, por ejemplo en la presentación de un libro como el de Luis Fajardo sobre la contribución del PSOE al Estado autonómico, o, más directamente, en el homenaje a Fernández Marugán recientemente celebrado en el Congreso. Allí veo a muchos compañeros de los personajes referidos y reparo en que comparten una actitud preocupada y, me atrevería a decir, de decepción.
En estos actos lo primero que se detecta es un sentimiento de extrañamiento. Puede que en ellos no falten palabras de enaltecimiento hacia los socialistas desaparecidos, pues es difícil ocultar su brillantez y el aprecio por la labor que desarrollaron. Eguiagaray y Fernández Marugán fueron dos brillantes parlamentarios y, además, su experiencia profesional como economistas acreditados dejó huella en las responsabilidades que se les encomendaron, tanto en los ministerios como en las portavocías que ocuparon, tareas nada fáciles de desempeñar.
Sus trayectorias se completan con dedicaciones muy relevantes: en el caso de Eguiagaray, su implicación en los asuntos del País Vasco, ya fuera en las conversaciones con ETA o en la comprensión de la Ley de Territorios Históricos; y en el caso de Marugán, además de su intervención innumerable en las leyes de presupuestos, su contribución a diversos informes muy relevantes de la Defensoría del Pueblo. Sin embargo, lo que yo he detectado es que su significado parece agotarse en su consideración como socialistas de una determinada época histórica, la de la Transición, que poco tendría que ver con el momento presente. Se trataría así de figuras relevantes en la historia del socialismo, pero con escasa capacidad de interlocución en la actualidad.
Ello se refleja en la limitada presencia de figuras actuales del socialismo en los actos que me dan ocasión para la rememoración, y en los que aprecio una cierta sensación de marginación e injusticia con que los socialistas mayores perciben la influencia de su generación en el momento presente.
A mi juicio, esta discontinuidad en el Partido Socialista tiene que ver con dos circunstancias. La primera se refiere a la visión de las relaciones entre la derecha y la izquierda en el sistema político español, que en la nueva situación parece no admitir momentos de colaboración o entendimiento. Se trata de un enfoque político propio de una democracia confrontativa, que solo concibe la anulación y la expulsión del adversario del tablero político.
Estamos ante algo más que una táctica para acrecentar el peso electoral propio aprovechando la polarización. En el fondo, lo que hay es un desconocimiento de los presupuestos de la propia democracia, que, al subrayar los elementos de oposición, descuida los argumentos para la colaboración entre las fuerzas del sistema, que siempre estarán más próximas entre sí que respecto de quienes no aceptan el orden constitucional. La subordinación constitucional de Gobierno y oposición, así como su aceptación de los principios institucionales del régimen parlamentario, implican una cierta solidaridad —incluso cordialidad— que debería anteponerse a la confrontación sin cuartel.
Pero donde las diferencias entre el viejo y el nuevo socialismo se hacen más difíciles de sobrellevar es en lo que se refiere al problema territorial. Muchos socialistas lo ven planteado en términos problemáticos, pues consideran que asumirlo como una cuestión exclusivamente táctica —dependiente de cálculos parlamentarios— supone una dejación doctrinal o ideológica incompatible con posiciones firmes de principios.
Estamos, sin duda, ante una cuestión decisiva, difícil de evaluar. Algunos piensan que el Partido Socialista, a través del PSC, ha asumido las tesis del nacionalismo catalán —que no ha renunciado a sus objetivos y ve los acuerdos con el Gobierno como instrumentos para reforzar sus posibilidades de alcanzar la independencia—; mientras que otros sostienen que la presidencia socialista de la Generalitat representa una valiosa normalización institucional con gran valor simbólico. El viejo socialismo tiende a pensar, quizás algo exageradamente (Ramón Jáuregui) , que el dilema se está resolviendo a favor de la primera opción.
En cualquier caso, lo interesante es trascender el relieve meramente ocasional del dilema y estudiarlo en profundidad. Esto es lo que pretende el excelente libro de Luis Fajardo mencionado al principio, presentado hace unos días con gran brillantez en un acto en el que intervinieron, además, Josep Borrell y Javier Fernández.
Los autores, tras resaltar la contribución decisiva del Partido Socialista a la configuración de la Constitución territorial de 1978 —y, sobre todo, a su desarrollo posterior mediante los estatutos de autonomía y las leyes autonómicas—, subrayan el carácter dinámico de nuestro sistema territorial, una tesis en la que ya insistieron con razón académicos destacados como Jordi Solé Tura y Gumersindo Trujillo.
A su juicio, la visión actual del sistema autonómico apunta a un desequilibrio notable a favor de los elementos centrífugos frente a los centrípetos. La diversidad —esto es, la insistencia en lo que nos diferencia dentro de España— prima sobre la unidad, es decir, sobre los elementos que compartimos. Como advierte Borrell, hay que ponerse en guardia frente a las desviaciones, esas “ramas torcidas del árbol autonómico” que apartan y debilitan el objetivo genuinamente socialista, que debería ser completar la federalización del Estado.
La tarea, sin duda, consiste en expresar y representar lo común integrando, al mismo tiempo, lo diverso.