- A diferencia del «yo y mis circunstancias» del hombre orteguiano, Sánchez pretende aparentar no ser él y enajenarse de su circunstancia. Faltaría más
Coincidiendo con el arranque del primer juicio a la corrupción sanchista de los muchos que se avizoran este año, el Gobierno volvió ayer a tirar de manual de supervivencia al anunciar una imposible reforma de la Constitución para blindar el aborto que requiere de una mayoría cualificada del Congreso y del Senado cuando el Ejecutivo no acaudala siquiera votos suficientes para sacar adelante los Presupuestos del Estado incumpliendo lo que mandata la Carta Magna. De paso, la ministra-portavoz, Elma Sainz mostraba con gran cinismo su empatía con una ciudadanía desolada por la corrupción como si fuera un fenómeno meteorológico ajeno al Gobierno.
Todo ello en consonancia con un presidente «tiktoker» que se enfunda la camiseta de la selección de futbol mientras hace mojigangas en esta red social china con el dinero del contribuyente para disimular la amputación de quien fue su brazo derecho en el Gobierno y en el PSOE, José Luis Ábalos, y hacer olvidar a aquel a quien tanto quiso y echó de menos, según propias confidencias de wasap. No en vano, con el mantenedor de su moción de censura contra Rajoy intercambiando la bancada azul del Gobierno por el banquillo, escoltado por el aizcolari Koldo Eizaguirre, que atesoró sus avales en las primarias socialistas y ayudó a ganarlas con sendos pucherazos, el juicio a estos dos integrantes de «la banda del Peugeot», con Santos Cerdán calentando en la banda, deja en evidencia al jefe de la misma que se hace el distraído atrincherado en La Moncloa.
A diferencia del «yo y mis circunstancias» del hombre orteguiano, Sánchez pretende aparentar no ser él y enajenarse de su circunstancia. Faltaría más. Pero, al igual que el chavismo llegó al Gobierno para quedarse con el negocio de la corrupción en Venezuela usando la puerta falsa de la supuesta lucha contra la misma, el sanchismo hizo otro tanto para saquear aquello que, por ser de todos, no es de nadie en aplicación de una jurisprudencia que, a la postre, ha empingorotado a la ex vicepresidenta zapaterista Carmen Calvo a presidenta del Consejo de Estado después de lo que hizo sufrir al tribunal de su tesis parida con fórceps.
Si en el tardofelipismo se opinaba aquello de que no sorprendía lo sinvergüenzas que eran los primeros agiotistas, sino lo rápido que habían aprendido, no cabe duda de que la generación sanchista llegó ya cursada. Sin dejar secar la tinta del BOE con sus nombramientos, montó su expendeduría de coimas al por mayor y al detal como si no hubiera mañana, amén de garantizarse el descanso del guerrero merced también al erario y sin luto por las víctimas del COVID a cuya costa enjugaban sus buenas mordidas.
A este propósito, el Gobierno se sirve asimismo de que el caprichoso calendario ha querido, como si se tratara de una carrera de relevos, que coincidan las vistas sobre el último episodio de corrupción del Gobierno de Rajoy, con la cúpula del Ministerio del Interior acusada de espionaje al extesorero del PP Luis Bárcenas y evitar que su documentación sobre la financiación ilegal del partido comprometiera a la dirección, y esta primera entrega de la saga/fuga sanchista. Ello da pie a que PSOE y PP se apliquen a ver la paja en el ojo ajeno y desdeñar la viga en el propio, así como a darse garrotazos con el consabido «y tú más». Ello propicia que, en lugar de extirpar el cáncer, se propague al instrumentalizarse para poner en aprietos al rival y granjearse réditos electorales, pero no para no ir a su raíz.
Ello auspicia que la clase política se gane a pulso su mala fama y evoque aquella anécdota de Romanones cuando el gran cacique de la Restauración viajaba de Madrid a Segovia con su chofer y se quedó sin gasolina a mitad de camino. Dirigiéndose a un pastor que cuidaba ovejas en las proximidades, le preguntó que si le haría el favor -pagándoselo por supuesto- de traerle unas latas de gasolina del pueblo. Ignorando la identidad del interlocutor, el rabadán le contestó que él no podía, pero que el compañero que segaba la parcela cercana seguro que sí. Conforme con ello, le avisó voceando: «¡Romanones!, ¡Romanones!». Aturdido, el conde espetó: «¿Por qué le grita Romanones?», a lo que el requerido arguyó: «¿Qué por qué le apodo Romanones? Porque es un hijo de puta».
Por eso, con relación a estos dos juicios que atañen al PP de Rajoy y al PSOE de Sánchez, aunque sea moneda común denunciar en los demás lo que uno mismo encubre -la indecencia, como el infierno, son los otros- tal descaro no debe impedir la necesidad de depurar responsabilidades por separado y que cada palo aguante su vela. Pero también graduar cada episodio para darle su justa dimensión y que, bajo la apariencia de una cierta equidistancia, no sea igual 8 que 80 entre Kitchen, cuyo hipotético «señor x», siguiendo la terminología que el otrora juez Garzón aplicó a González con el terrorismo de Estado de los Gal, está ya fuera de la política y el rimero de corrupciones de quien ejerce la Presidencia del Gobierno tras ser el número de «la banda del Peugeot» con la que asaltó el PSOE y La Moncloa.
Si el maestro Jardiel Poncela estableció dos sistemas de obtener la felicidad: uno, hacerse el idiota; otro, serlo, hay que exigir a los gobernantes que asuman sus responsabilidades políticas y, desde luego, judiciales sin burlar las sentencias del Tribunal Supremo mediante indultos gubernamentales o favores del Tribunal (in)Constitucional. A este respecto, comienza a ser inquietante el golpe contra el Estado de Derecho de un presidente que se comporta como si estuviera exento de rendir cuentas y se arroga poderes extraordinarios hasta convertir la corrupción en su sistema de gobierno. A este fin, dispone los cargos públicos como si fueran propiedad privada que, lejos de servir al ciudadano, se sirven del mismo en los términos que se escrutan estos días.
Todos ladran ante el espejo, en vez de dejar a los jueces indagar, mientras judicializan la política para ganar tiempo a la par que se torpedea la acción de la Justicia. De hecho, cuando se urge «diligencia» de ésta, lo que, en realidad, se reclama es que vaya al paso de ese antiguo medio de transporte para ver si prescriben sus agios y abusos. Es verdad que la corrupción no se erradica sólo por obra y gracia de los jueces, pero si se portan con coraje y denuedo las cosas cambian sin ignorar que la pasividad y la inhibición de estos favorecen sus ascensos por parte del poder político. Si la Justicia debe ser independiente y parecerlo, como la mujer del César honrada, hay quienes se empeñan en lo contrario al ser el partidismo un ascensor veloz para arribar a la cúpula togada.
De ahí que sea ineluctable aparejar útiles para que, aunque no sean honrados por sí, a los hombres públicos no les quede otra que serlo porque tanto las leyes como sus garantes se lo impidan y, si no se pliegan, que lo paguen ejemplarmente. Si el interés general no tiene quien lo defienda, será realidad aquello de San Agustín de que los reinos que se relegan la justicia, la ley y la moral derivan en bandas de ladrones. Pero, paradójicamente, la profusa publicación de atropellos no provoca vergüenza, sino exhibicionismo impúdico como el del tiktoker Sánchez.