- Y está, además, la fea historia de las amantes venales, pagadas por el presupuesto público. La memoria de los negocios familiares fuerza al presidente a una exquisita cautela aquí. Alguien podría jugar a los paralelismos
Todo es sórdido en el juicio que reunía desde ayer, ante los jueces del Supremo, a José Luis Ábalos, sus cómplices, sus parientes y sus asistentes sexuales. Cuesta trabajo creer que, en una historia que afecta al vértice mismo del poder ejecutivo en un país europeo del siglo veintiuno, no sea posible atisbar ni un átomo de lógica de Estado, aun cuando se tratara de la más perversa. Lo atroz de Ábalos, Koldo, Aldama, parientes y acompañantes es que todo confluye en un sainete elemental de patanes y chorizos: de truhanes que no buscaban otra cosa que no fuera embolsarse el dinero a puñados y que la administración pagase sus privados alivios.
No, no hay crimen de Estado, como sí lo hubo en sus antecesores de los años ochenta. Hay el tipo de vileza delictiva que prolifera entre deleznables navajeros y proxenetas. A fin de cuentas, el hombre de confianza del ministro Ábalos salió del noble oficio de portero en un burdel. A fin de cuentas, la sombra de Sabiniano Gómez sobrevuela la Moncloa. No mueve a enojo alguno todo esto. Es tan sólo una historia de comedores de fango. Hasta entre criminales hay diferencias. «En esta mierda me has metido con el puto piso», reprocha elegantemente la hospedada a su cortés mantenedor cuando se retrasa en el pago.
Y en estas subespecies cenagosas no existen ni piedad ni camaradería. Pedro Sánchez posee un arma definitiva para burlar la justicia: su control sobre la institución que ha venido usurpando las atribuciones últimas del Tribunal Supremo. Al colocar al frente de ella al hombre de su mayor confianza, el esposo de Begoña Gómez se garantizó la potestad de decidir a quién se aplica y a quién no la ley. Digan lo que puedan decir las instancias jurisdiccionales. Porque, repitámoslo, aunque ya tantas veces lo hayamos escrito aquí mismo: el Tribunal Constitucional no es poder judicial en modo alguno. Y el abuso que lo ha convertido en máquina de anular las sentencias del Supremo incómodas para el jefe del ejecutivo, sella el crepúsculo de la democracia en el cual vivimos. Allá donde no hay división y autonomía plena de poderes no existe constitución, reza la doctrina clásica. Allá donde un organismo nombrado por los partidos políticos opera como instancia correctora de las sentencias del Tribunal Supremo, la democracia es apenas una mala ficción escénica.
¿Podría Sánchez hacer uso de esa misma arma para anular la verosímil sentencia condenatoria de Ábalos? Podría. Como lo hizo en el escándalo de la anticonstitucional amnistía catalana. Como lo hará, sin duda, para salvar a su fiscal favorito. ¿Tratará al enamoradizo exministro con igual gratitud? Es más que dudoso. Ábalos fue el killer predilecto del Doctor monclovita: el hombre de todos los trabajos sucios. Se deleitó demasiado en sus faenas. Verlo fulminar a los «corruptos del PP», en la moción de censura de la que salió muerto Rajoy, da hoy, más que asco, risa. Esa risa a la cual no sobrevive jamás la carrera de un político. Ni la carrera de quienes a él se acerquen. Y está, además, el paseíllo aquel con Delcy por Barajas; y las subsiguientes maletas esfumadas. Y está, además, la fea historia de las amantes venales, pagadas por el presupuesto público. La memoria de los negocios familiares fuerza al presidente a una exquisita cautela aquí. Alguien podría jugar a los paralelismos.
Un hermético muro sanitario se ha cerrado en torno al exministro envilecido. La alternativa se impone en el vértice de la Moncloa: o paga él, o pagamos nosotros. ¿Alguien piensa que en la mente del Doctor Sánchez hay lugar para remordimiento o duda? Ábalos está muerto.