Agustín Valladolid-Vozpópuli

  • Si no es verosímil que Rajoy desconociera lo que hacía Fernández, tampoco que Sánchez nada supiera de las actividades de sus compañeros de travesía del desierto

Recuerdo que allá por el mes de enero de 2012 le pedí a una ministra que me descifrara, hasta donde le fuera posible, las claves del nombramiento de Jorge Fernández Díaz como titular de Interior. No le oculté que me llamó la atención, ni escondí las causas de mi sorpresa. Las opiniones que yo tenía recabadas sobre la trayectoria y capacidades políticas del nuevo ministro eran bastante coincidentes, y no precisamente encomiásticas.

La ministra pareció molestarse, y sin abandonar su consabido buen tono me reprendió por lo que entendía era una opinión poco fundamentada. Accedió no obstante a contestarme, señalando el alto grado de confianza entre ambos, entre Mariano Rajoy y Fernández Díaz, como el motivo que justificaba la elección de este para tan relevante cartera; como argumento supremo que oscurecía cualquier otra capacidad personal, profesional o política.

Éramos varios los colegas que compartíamos mesa y mantel con la ministra (a la que no cito por su nombre porque el off the record no prescribe, salvo permiso de la interesada) y no se trataba de abrir ningún debate, por lo que pasé el testigo a otro compañero y yo me quedé sin decirle que me lo temía, que temía que esa fuera, sino la única, la justificación más plausible de un nombramiento que de otro modo, y desde mi personal punto de vista, por razones que ya no vienen al caso y como el tiempo acabó demostrando, no era fácil de entender.

La confianza: “Esperanza firme que se tiene de alguien o algo” (RAE). Una temeridad si no va acompañada de otros atributos que respalden tal expectativa. ¿Qué atributos atesoraba Fernández Díaz? Sin duda el principal era la adhesión, que es conformidad y apoyo, no lealtad bien entendida. Entre mayo de 1996 y abril de 2004 el exministro fue el cancerbero de Rajoy. Secretario de Estado en tres departamentos: Administraciones Públicas, Educación y Relaciones con las Cortes. Que le cayera un ministerio en 2011 parecía razonable. Pero, ¿por qué Interior? ¿No había otro en el que el recurso a la chapuza fuera más inocuo?

Mirar para otro lado

La historia compartida de Pedro Sánchez y José Luis Ábalos es más reciente, pero su momentáneo desenlace no es muy distinto del que ahora juzga en la Audiencia Nacional a aquella cúpula de Interior: el depositario de la confianza se sienta en el banquillo mientras quien la otorga se sigue llamando a andanas. Y si en algo se parecen ambos casos es precisamente en eso, en lo improbable que resulta la ignorancia.

Con matices, porque mientras Rajoy era un consumado experto en no querer saber, Sánchez ha acreditado en sobradas ocasiones un metódico control de los acontecimientos. Y si no es verosímil que el expresidente desconociera lo que hacía su ministro del Interior, directamente o por persona interpuesta, menos aún lo es que al actual jefe de Gobierno le hayan sorprendido en su buena fe sus dos fraternales compañeros de travesía del desierto.

Y sin embargo, lo que más emparenta a a Rajoy con Sánchez, y a la inversa, es el desdén demostrado cuando de lo que se trata es de la asunción de responsabilidades políticas como mecanismo de higienización democrática. Rajoy pudo y debió dimitir mucho antes de que un renglón torcido de la sentencia de la Gürtel le obligara a evacuar el Palacio de La Moncloa. Lo debió hacer antes, por respeto a la dignidad del cargo, y a pesar de que la moción de censura contra él estuvo construida, como a él mismo le gusta recalcar, y ahí tiene razón, “sobre la base de una enorme manipulación de una sentencia”.

En noviembre de 2023, tras haber sido detenido su jefe de Gabinete en una operación en la que se investigaban presuntos tratos de favor a varias empresas, el primer ministro portugués, António Costa, presentaba su renuncia al presidente de la República. La investigación posterior dejó clara, sin el menor asomo de duda, la total inocencia de Costa, pero el socialista luso decidió que la mera sospecha era incompatible con seguir al frente del gobierno-

La Justicia como único recurso

No sé qué pasaría si aquí aplicáramos el listón portugués de la decencia política. Probablemente habría que reponer urgentemente centenares de repentinas vacantes. Empezando por la que hace tiempo debería haber desocupado el jefe del Ejecutivo. Sánchez no es solo responsable final del más grave repunte de la corrupción de los últimos veinte años; es también el principal beneficiario en términos políticos, y responsable cuando menos por omisión, de un plan que orquestaron sus más estrechos colaboradores para enriquecerse una vez ocupado el poder; y de algo más que aún está por ver.

El último informe de la OCDE sobre corrupción en España, ¡sorpresa!, coloca a nuestro país en el grupo de cabeza de los 38 países de la Organización en lo que se refiere al cumplimiento de los indicadores de anticorrupción e integridad en su sistema judicial. La judicatura y la Fiscalía españolas se sitúan en honestidad y eficacia por delante de las de Italia, Portugal, Países Bajos, Bélgica o Francia, y por encima de la media de los Estados miembros. ¿En qué suspendemos? En transparencia y control de la financiación de los partidos.

El informe de la OCDE es el pálido reflejo de un largo pulso por el poder. El que confronta por un lado a una clase política que se resiste a desmontar densos espacios de impunidad, con los límites que por otra parte impone el Estado de Derecho; el pulso que llevan años pretendiendo ganarle a la Justicia quienes, como estamos constatando, tenían motivos más que sobrados para desacreditar la labor de jueces y tribunales.

Los juicios de la Kitchen y del caso mascarillas solo son el anticipo de una herrumbrosa cadena de episodios judiciales que, al margen de cuáles sean las consecuencias penales, van a evidenciar tres profundas anomalías: la injustificable falta de mecanismos de control de los altos cargos, la opacidad financiera de los partidos y la amarga certeza (aunque también reconfortante) de una Justicia convertida, a falta de otras herramientas eficaces, en el único recurso fiable frente a los abusos del poder político. No quiero ni pensar en qué pozo estaríamos de haber tenido éxito la operación de desacreditar a este fundamental contrapeso.