Víctor Lenore-Vozpópuli
- Los partidos socialpatriotas ya han ganado la batalla, saquen lo que saquen en las urnas
Uno de los mejores chistes políticos de Woody Allen se encuentra en su afilada comedia musical Todos dicen ‘I love you’(1996). El protagonista es Alan Alda, padre de una familia burguesa de Nueva York, deprimido porque su hijo se ha hecho republicano. Después de unas delirantes tramas sentimentales, la historia se encamina a un final feliz, donde el hijo vuelve de un examen médico abrazando de nuevo el credo de los demócratas. Su giro republicano había sido efecto de un coágulo, que una vez curado le devuelve a la ‘normalidad’. Pienso a menudo en esta gracieta porque gran parte del sistema político-mediático piensa así: ven a Trump, Vox, Meloni, Alternativa por Alemania y el lepenismo como patologías pasajeras condenadas a morir tarde o temprano.
Como chiste, lo del coágulo tiene mucha gracia, pero como análisis político deja bastante que desear. Tomemos el ejemplo de las elecciones húngaras del próximo domingo, que decenas de ‘expertos’ consideran cruciales para la Unión Europea. Se describe a Péter Magyar como candidato antiorbanista, cuando en realidad es un Bruto que ha decidido apuñalar por la espalda al César de Fidesz. Curtido en la admiración por Viktor Orban, y educado dentro de su partido, aprovechó que Bruselas le detesta para articular una alternativa política domesticada, destensando la relación con la Unión Europea. Quien mire el combate con frialdad, concluirá que se parece más a las primarias de un partido que un choque de antagonistas. Si Orban gana, será una gesta; si pierde tendrá un descanso para afinar una apisonadora electoral que ha gobernado casi dos décadas, inspirando a las derechas soberanistas de Estados Unidos, España y El Salvador, entre otras.
La sensatez de Meloni
El filósofo izquierdista José Luis Villacañas, asesor destacado de Iñigo Errejón en Más Madrid, concedía esta semana una entrevista donde advertía a sus camaradas de que estaban infravalorando gravemente al líder del mundo libre: “Trump no es un loco, ni un improvisado, ni un accidente histórico. Es un síntoma del declive estructural de Estados Unidos y, al mismo tiempo, un estratega capaz de actualizar las líneas maestras de la doctrina geopolítica estadounidense para un mundo cada vez más hostil y competitivo”, explica. Además no está solo, cuenta con delfines tan potentes como Marco Rubio y J.D. Vance, este último favorito del billonario tecnológico Peter Thiel, uno de los señores de Silicon Valley. Enfrente tienen un partido demócrata hecho pedazos, donde aún no asoman líderes de altura. Guste o asuste, hay MAGA para rato.
La vieja derecha liberal hace equilibrios sobre un alambre muy frágil: los mismos que hiperventilaban cuando Giorgia Meloni fue elegida presidenta, proclamando que era un regreso del fascismo, hoy la presentan como ejemplo de sensatez y guía hacia el futuro. Tanto Trump como ella han demostrado que un presidente socialpatriota —los de ‘Dios, patria y familia’— pueden gestionar un país sin que se arruine, incluso mejorando lo que ofrecía el bipartidismo clásico. En España se está intentando meter miedo con el mantra de ‘Vox no está preparado para gobernar’, pero eso es exactamente lo que dijeron de Meloni, que hoy es referencia europea. El fantasma del colapso político ya no funciona para frenar el cambio.
Una verdad incómoda para los detractores de las nuevas derechas occidentales es que éstos ya han ganado la batalla política, más allá del resultado de las urnas. Hemos pasado décadas sin poder debatir sobre inmigración porque sonaba racista, pero hoy es el conflicto político central. Daban por ganados asuntos como el aborto y la eutanasia, hoy reabiertos contra todo pronóstico. Pensaban que habían enterrado el patriotismo, un sentimiento que consideran rudimentario y zafio, que hoy mueve a los votantes más que nunca desde la primera mitad del siglo XX. Tampoco saben cómo procesar el rebrote religioso entre la gente joven de todo Occidente. Les resumo el diagnóstico: malas noticias para la derecha globalista, parece que este coágulo vino para quedarse.